Memorias de la última vez en Berghain (IV). O cómo al cabo de cuatro meses ansiaba volver a peregrinar al Templo y hacer ofrendas lisérgicas recordando los mandatos del Vinilo Superior y los arañazos en la espalda algo borrosos

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—¿Qué pasa con la crónica, tío? Pareces un reportero rejected, un hater de estar por casa—Dominik se preocupa siempre de mí y de mis asuntos. Quiere que haga los deberes y cumpla con mi crónica de la última vez que estuvimos en Berghain juntos, hará ahora ya más de tres o cuatro meses. Es lamentable, un enorme fallo a la comunidad. Y tiene toda la razón. Es pecado capital, en mi caso, no hacer acopio de las fuerzas espirituales del techno y poner por escrito el viaje que hice a Berlín antes del verano, un par de vidas atrás.
—Lo siento, Dominik, lo arreglo ya mismo, espero que no me caigan los altavoces encima por este inexcusable retraso.
—Te leo cuando termines. Voy a pasear en bici, a comprar sushi y a un par de inauguraciones y luego quizás monto un par o tres de startups.
Hagan una cosa antes de leer las pinceladas ácidas de mis recuerdos berghainianos. Un ejercicio de actitud y carácter, como cuando uno mira al portero a primera hora del domingo, como quien se levanta a comprar el pan porque no ha podido montárselo mejor, y trata de parecer entre un psicótico rehabilitado seguro de sí mismo y un experto en vivir a 140rpm más de 15 horas al día. Escuchemos esto.
Mientras suena el imbatible set de Rodhad en nuestros nutridos reproductores, cierro los ojos y despierto, de golpe, en el sofá de un confortable comedor de una zona bien y hip de Berlín. Entra en gayumbos Dominik, los días de verano suele preferir dormir en el tejado, dice que así puede medir su espesor neuronal con el polvo estelar.
Desenfundamos material, repartimos como dos trileros de reenganche y nos equipamos con ropa eminentemente negra y de tintes militares (más Dominik que yo). Llegamos a casa de Gaus en bici, afincando en otro piso que da a un agradable y verde patio interior. Amanece, ahí nos espera champagne y una deliciosa tarta dulce receta familiar oldschool. El azúcar se funde en la boca, sensible contraste con el ácido que llevo en el bolsillo con ganas de salir ya a conocer mundo. Y bueno, para mantener cierto orden, organizamos visitas guiadas al baño. El ritual del baño, ni que sea en una casa, genera siempre cierto caos y desconexión entre las charlas de los distintos grupos. En casa de Gaus encontramos a RandomRejected, un suizo célebre porque aleatoriamente no le dejan entrar en Berghain y, en cambio, otras veces le dejan entrar sin problema. Seguro que tiene que ver con Suiza, ¿acaso alguien tiene claro de qué lado está ese país? ¿En qué quedamos, vacas inocentes o fajos de billetes farloperos? En función del día, en la entrada del Templo toman su postura.
En la cola habitual hay bastante ajetreo, el camino se ha hecho largo. Siempre, jodidamente siempre, el subidón al ver aparecer la estructura rectangular del edificio con las ventanas de Panorama iluminadas se mezcla con un intenso escalofrío. Las pupilas, ya sea de modo artificial o no, se recrean con sus posibilidades geométricas. Respiro hondo, camino y observo a mis acompañantes. Dominik ya anda con sus pantalones militares aparcando la bici, Gaus, bajito y en forma, avanza el primero. RandomRejected hace cosas con el móvil. Sí, este tipo de personas, quién lo diría, son las que entran directamente por la puerta derecha, únicamente reservada a gente que considera que puede entrar por la derecha (caso tautológico de Guest List). Es decir, tú mismo, no te van a preguntar el nombre, posiblemente ni te miren. Algo hará que te saltes una hora o dos de cola o bien que debas ponerte el último y pagar también las fantas.
—¡NINTENDO!
La música arrolla y los aprovisionamientos ya quedan repartidos en nuestro sistema digestivo. Las pirulas Nintendo me sitúan en la nave de Panorama a eso de las 11 de la mañana. Esa hora en la que la noche no acaba de terminar y el día tampoco comienza: un lugar atemporal al que llegar directamente de la calle te deja bastante loco, en el mejor de los sentidos. Porque los sentidos siempre reaccionan bien cuando las emopro andan ya desmelenadas y entregadas al permeable set que en esos momentos copa la sala superior. Podría dedicarme a buscar quién pinchaba exactamente en ese momento, y cualquier periodista con aspiración a parecerlo lo haría sin duda, pero es que si te tomas la licencia de escribir un texto con cuatro meses de retraso tienes que asumir las consecuencias e imprecisiones pertinentes. Se da por supuesto que en el noble oficio de este blog lo que no se sabe se inventa, y lo que ocurre se tunea, y que incluso lo que no existe puede llegar a tener lugar.
¿Seguimos escuchando el set de Rodhad?
Avanzamos hacia el mediodía y ya voy con bolsita de chucherías pegando lametazos y haciéndome el tipo gentil. Saludo a la gente, muevo la cadera como haciendo estiramientos en la zona de las sillas y sofás en el piso de Panorama...
En Berghain existen varias leyes naturales, es decir, de aquellas que se cumplen como por un dictado escrito en algún vinilo al que solo el Dj de ahí arriba —o en las entrañas, si lo preferís— tiene acceso y puede controlar. Una ley natural es: si tienes coca en el bolsillo izquierdo y a tu izquierda hay una chica que también hace cola para entrar en el baño, da igual lo que digas o no digas o te abalances o disimules: acabaréis los dos dándole al rulo, y encima ella querrá mear, pero sin que te vayas. Esos instantes de sincera y cuerda intimidad, de acercamiento entre un voluntarioso sentimiento por compartir y por ofrecer.
Creo que salí del baño con una polaca rubia como una hora después. No me quedaba nada de coca, y ella apenas se había preocupado en colocarse bien la falda de cuero. Hay que ver, qué confianzas en tan poco tiempo. Obviamente, nunca más la he vuelto a ver.
A eso de las 8 me pega un bajonazo potente. Mis neuronas se debaten entre entregarse al ya muy curtido Berghain o al todavía festivo y relajado —relativamente— Panorama. Decido dejarme caer por los infiernos. Ahí me encuentro a Dominik realizando unos bailes como marciales cerca del altavoz frontal izquierdo, anda realmente colocado y con esa cara de gestos prietos fruto de una extrema concentración en el peso que todo lo que nos rodea nos ofrece. Gaus entra y sale del cuarto oscuro y está de buen humor y lleno de energía. Es lo que tienen esos cuartos, entras y siempre cae algo, aunque por ahora las leyes naturales de los baños de Panorama me siguen pareciendo más interesantes.
A eso de las 10 de la noche del domingo la posesión total alcanza Berghain. Todos los que allí nos encontramos, desde los potentes osos entregados a la causa como una mujer mayor que anda sola y libre mirando a la gente y haciendo muecas, así como dos chicas muy estilo ravers que brincan que da gusto, o las otras trescientas o quinientas —no tenía la vista muy clara, perdonad mi limitado rigor informativo— o setecientas personas, todos ya estamos congregados ante los dictámenes del mejor equipo de sonido del mundo.
Otro flash, me veo a mí mismo sin camiseta brincando en una de las tarimas laterales. Cierro los ojos y dejo que la vibración del puro cemento alcance mis huesos y el latido del corazón. Deep in da heart, baby, oh yeah. Es como si de golpe todo el M que he ido paladeando hubiese estado esperando pacientemente para venir de golpe, y con un súbito cambio de ritmo un temblor recorre mi cuerpo y lanzo un grito ahogado. Entre la humareda distingo la solitaria sombra de Dominik realizando movimientos hipnóticos y marciales. Gaus se apoya en una pared y enciende un cigarro. Rodeado de sombras, poseído por la extrema intensidad y el atronador ritmo que de golpe procede de la cabina, salto de la tarima sin camiseta y dando alguna que otra S me acerco a Dominik. Como si supiese cuál iba a ser mi pregunta, responde:
—Acaba de entrar a pinchar el Dj no anunciado en el cartel. Es DVS1. Pinchará unas cuatro horas más.

Reculo algunos pasos, me siento profundamente mareado y, al mismo tiempo, en el mejor de los mundos. Dejo que mi cuerpo responda ante la bestial apuesta de DVS1, que no para de atraer más gente hacia la cabina.
Alguien me abraza por detrás. Un arañazo. Un lametazo en la nuca.
Aquí acaban mis recuerdos de ese viaje, siento que sean en un punto tan...¿intrigante?. Mañana, cuatro meses después, regreso a las andadas. Espero no tardar cuatro meses más en digerirlo y escribirlo. Todos sabemos que, en realidad, siempre que se pueda, cuanto más cerca del Live, mejor.

• Crónica de mi primera vez en Berghain

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