Paris by night. Un experto en declaraciones de amor, un periodista gorrón, la publicista Amélie et...

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Un piso muy parisino con gente muy parisina.

Me tiemblan los dedos y pago 2,5€ por un café que tomo en una terraza del barrio de Le Marais. He comprado en un mercadillo de hipsters, con dj rapero motivado y ropa cara hecha a mano, como bolsos hechos de vinilo y pulseras de piel por 30 napos. Me he llevado por 5€ una camiseta chunga de American Aparato. Una ganga al alcance de cualquier zumbado. He paseado con Kent por el Sena, mucho frío, ayer perdí un guante en la fiesta. Era un piso pequeño, como todos, dos habitaciones, techo con motivos y parquet viejo con carácter. Los parisinos visten regular, pero tienen algo de clase, salvo con la música. Son escandalosamente FAIL. Capaces de escuchar ABBA y Chemical Brothers (básicamente Hey boy, hey girl), en un intervalo de 10 minutos. Eso les quita mucha credibilidad, por mucho que en la ciudad no se note la crisis. La gente compra con el entusiasmo propio de si les fuera la vida, un clásico.

La fiesta no estuvo mal, obviando la catastrófica selección musical. Hablé con un tipo de Niza que había estudiado linguística, y ahora se dedicaba a estudiar el lenguaje de los ordenadores para que comprendieran el lenguaje humano. El día en que un robot sepa preparar clenchas por petición de un yonkie por fin podremos respirar tranquilos. Fumo mi cuarto cigarro del día. El linguista no para de fumar porros de hash. Otro elemento que resta credibilidad a esta gente, muy low profile. Lleva el pelo rizado y muy largo, rubio, los ojos rojos, y toca punk-grunge. Una pérdida de tiempo como cualquier otra. Me encuentro a la amiga publicista que va a trabajar ahora a Londres para una gran empresa, contratada por Apple. Su nuevo trabajo será kafkiano: elegir las aplicaciones de iPhone que se mostrarán en los anuncios. Cada país tiene su propia idiosincrasia. Por ejemplo, no puedes poner la aplicación de la bolsa en España, no puedes humillar de esta manera a los consumidores del tercer mundo. Suele pasar. Mola trabajar en un escalón tan concreto del engranaje Apple, gracias Steve. Ella está contenta y de parece a Amélie, pero no se lo tengo en cuenta.
La fiesta.
Luego está otro amigo que trabaja para un periódico de izquierdas. Lleva la sección digital de sexología. Me hs contado que la semana que viene publicará una entrevista a un profesional especializado en "declaraciones de amor". Por ejemplo, los aviones que escriben cosas con el humo, o restaurantes en que los camareros cantan. A esto le llamo yo un emprendedor. Vive cerca de Disneyland, y no está casado.
Bebo vino blanco, cerveza, whisky, jagerfucker, y fumo. El periodista no para de pedirme tabaco. La noche se alarga hasta las cuatro, momento en el que decidimos ir a un bar, de los pocos abiertos toda la noche, a beber más birra y a comer patatas fritas. Discutimos con un imbécil que cuestiona nuestro concepto de burgués. Y luego regresamos a casa a eso de las seis. Duermo en casa de la hermana de la novia de Kent, solo, y leo y juego a Tintín.
Ahora, a comer crêpes y a comprar livres de pôche.
Compro poesía de Carver traducida, y nos vamos de bares, un autre fois. Como si no hubiera mañana, ni pasado.
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