Me desplazo quieto

Tengo varios utensilios esparcidos por el comedor del piso de arriba de mi casa. Motorola V3 dentro de una funda gris y aterciopelada. Unos altavoces que me regaló el banco por usar a discreción la Visa durante un mes. El Mac encima de mis muslos; escribo mientras escucho last.fm, la radio on-line. Ahora suena Electric President. He terminado la segunda taza de té, Lapsang Souchong, creo que comprado en Nepal hace algunos años. Conserva el sabor áspero y fuerte endulzado moderadamente. Me duele el cuello, con lo que tengo que forzarme para fumar.

El día es gris y distante. Contemplo el sucio cielo a través de las puertas de cristal que dan a la terraza.
Estoy solo, mis padres han salido hacia una de nuestras propiedades. Solo, una vez más. A día que pasa crece mi valoración por el alejamiento voluntario de mi entorno. Estar separado durante un par de días de la vida social, de lo que me rodea, produce un cierto bajón sublime, una posibilidad de reflexión oscura y de lentitud para con la rutina hecha a medida.
Tengo a gente con la que podría estar compartiendo estos días. De hecho, ayer estuve con un compañero de facultad. Estudiando, hablando y vulgarizando debidamente el día y la mitad de la noche. 
Intuyo que estar solo mucho tiempo termina por producir un aislamiento que te convierte en un extraño, en un tipo raro. La gente deja de comprender qué sentido le sacas a pasar tanto tiempo sometido a tu libre albedrío. Se preguntan cómo consigues divertirte, y que es lo que realmente haces. Hay un premio, no tienes por qué darles explicaciones. Mantienes un anonimato calculado y creas una figura fantasmagórica que secunda tu presencia y se ocupa de dejarlo claro por el método de la discreción y la elucubración. 
El sol no saldrá hoy. No creo que suene el móvil. No quiero salir, pero me he vestido, llevo ropa de calle. Quizá llevo ropa que me pondría para quedar con alguna chica; no es el plan. Aun no he comido y creo que lo haré dentro de una hora. 
Me gusta llenar el comedor de humo y no me importa que me duela el cuello por ello. 
El gato descansa en la butaca que tengo al lado. El maldito gato, el personaje ocioso de la familia. El pasotismo personificado. El caprichoso y el impertinente. En este momento, no existe. Forma parte de la decoración que tengo a mi alrededor: La mesa dorada con gravados simétricos, de Turquía. El mueble tibetano. El Buda de Tailandia. El equipo de música Teac apagado. El puff de Habitat. Las flores en un jarrón de cristal de forma bizarra. La alfombra, que no recuerdo de dónde es. No me hablan. Yacen y ocupan lo que les toca. El único que siente soy yo. Apenas pienso. Por ahora vivo, y creo que me desplazo a la velocidad del silencio, de la soledad.
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