'MAUS' de Art Spiegelman * Ojo con trivializar el nazismo si tienes la nevera llena y los trenes de tu ciudad no acaban en el depósito de cadáveres

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Qué no se dijo del cómic de Art Spiegelman en su momento que pueda añadir ahora tras una lectura tardía y sin pretensiones de meterme en un pozo sin fondo llamado hablar del nazismo después del nazismo y sin haberlo vivido. Intentaré ser breve y conciso, ya que prefiero extenderme en posts en los que hablo y me sitúo en el epicentro de mi contemporaneidad y experiencia directa. Maus Art Spiegelman * Vanity Dust

En primer lugar, full respect, en dos dosis, una para Spiegelman hijo (dibujante) y otra, cómo no, para el padre, Vladek. Vladek, el padre de Art Spiegelman, es ante todo una proeza de la naturaleza, tanto física como intelectualmente. Su capacidad de supervivencia, bajo las peores y más humillantes condiciones, demuestra unos genes que muy pocos seres humanos comparten. Soportar hambrunas, cansancio, estrés infinito, enfermedades, ausencia de higiene y demás y poder contarlo es, prácticamente, un milagro. En el plano intelectual, la enorme intuición que posee, la sangre fría para poder tomar decisiones clave bajo presión, es también colosal. Y no solo eso, la integridad moral de Vladek lo convierte en algo más que un patético ser asustado capaz de hacer cualquier cosa para sobrevivir (robar, matar, engañar, traicionar, acatar).

El equilibrio entre supervivencia y evitar joder al otro, incluso en las condiciones más extremas (Auschwitz, ahí es nada), es en el esquema de valores de Vladek Spiegelman una rareza, no importa ni credo ni religión. De hecho, como sabemos, vivir de puta madre y simultanearlo con joder al otro, es un deporte fenomenal con incontables practicantes alrededor del mundo desde el inicio de los tiempos.

Maus Spiegelman * Vanity Dust

La segunda dosis de respeto es, como decía, para el propio Art Spiegelman. Por una sencilla razón: la aparición de sí mismo como personaje, dormilón, egoísta y plagado de vicios contemporáneos es, en realidad, la única vía que existe para que su trabajo no fuese un homenaje más al nazismo, con el valor de estar basado en hechos reales pero sin especial relevancia en el campo artístico. Y que nosotros, lectores, nos demos cuenta de que la aparición de Spiegelman hijo (tirándose piedras en su propio tejado pese a ser el narrador y autor del libro) es magistral, no solo responde a un capricho postmoderno del autor sino que entraña una total conciencia de sí mismo como sujeto contemporáneo que no ha sufrido el nazismo y, como consecuencia, realiza un trabajo de honestidad al asumir que su empatía y sensibilidad, incluso hacia su padre, es limitada. Este gesto, entre la humildad y la autoparodia, es lo que nos sitúa a nosotros en una posición similar ante la lectura: sufrimos por la suerte del padre y nos incomodamos al ver los traspiés morales de Art Spiegelman, a la par que nos alivia el saber que, en efecto, en una situación similar a la de Art Spiegelman tendríamos las mismas contradicciones.

Hecho esta burda reflexión, paso a justificar el título del artículo. La obsesión de Vladek Spiegelman por ahorrar absolutamente en todo, siendo capaz de ir a los hoteles a buscar cerillas de regalo para ahorrar comprarlas (entre muchísimos otros tics y costumbres de ahorro surrealistas para el lector occidental contemporáneo) pone de relieve, fácticamente, las consecuencias en el comportamiento del buen superviviente del Holocausto. Por buen superviviente entendemos a alguien que se ha recuperado lo mejor posible de todo aquello y que, incluso, ha logrado alcanzar posteriormente cierto grado de bienestar psíquico y físico. Como una herida de bala que deja cicatriz aunque ya no duela en exceso, es como si Vladek Spiegelman tuviese en todo aquello que toca, usa y comparte una cicatriz en su conciencia que, en vez de tener forma de delirios y pesadillas nocturnas, se muestra en el exagerado valor que otorga a cualquier objeto o pertenencia.

Maus Art Spiegelman * Vanity Dust

Podría cerrar este artículo con la cantinela habitual y cansina que recuerda que historias como la de MAUS y el padre de Art Spiegelman deberían hacernos más conscientes de la suerte que tenemos de vivir en libertad y con mayores oportunidades y medios que los que sufrieron las consecuencias del nazismo. Pero no, la idea va por ahí pero a la inversa. Un libro como MAUS, que habla tanto del nazismo como de la vida posterior de alguien que ha podido recuperase extraordinariamente, es la prueba que explica que nunca podremos empatizar totalmente con ello, que por mucho que nos empeñemos en ser honestos, buenos y generosos, el valor de la vida y de las cosas, mientras no nos ocurra a nosotros, jamás podrá ser mejor por el mero hecho de compararlo con sus penurias y el dolor que infringió el nazismo. En todo caso, tras la perplejidad que causa asumir esta imposibilidad empática, quizás lo mejor que puede hacerse es, pongamos, dibujar de puta madre, estar dispuesto a escuchar durante horas y no cuestionarse sistemáticamente ni sentirse culpable por ser un sujeto contemporáneo que vive, para bien o para mal, el nazismo como un perturbador exotismo emocional de consecuencias tan visibles como inaprensibles.

Ilustración Art Spiegelman MAUS * Vanity Dust

Nosotros, como simples lectores, sí podemos intentar ponernos en el lugar de Art Spiegelman y, como mucho, sentirnos culpables por haber hecho bolas de papel en colegio en vez de dibujar en ellas. Por otro lado, sin perpetuar el tabú que supone hablar del nazismo, ni tampoco mostrando un afectado pesar al escuchar hablar de ello, sí es bastante razonable detectar al instante cuando alguien hace abiertamente el gilipollas. Eso es como buscar el mechero en el cajón para encenderse la peluca olvidando que lo que realmente prende está en una caja de cerillas polvorienta en la entrada de un hotel. No es ni condenable, es tan ingenuo como el niño de 10 años que afirma saber conducir sin siquiera llegar al volante.