Masseratti para minusválidos / Paris Set Week I /

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Son las 12 de la mañana. Tomo un café au lait en una terraza que queda en mitad de una calle peatonal. El bar se encuentra situado en lo alto del barrio de Montmartre. Por entre los edificios de la calle se vislumbran los tejados de la ciudad. Impasibles, centenarios, burgueses. París es una ciudad burguesa venida a menos. O más bien una ciudad moderna disecada, sumida en la posmodernidad sin haberse renovado, conservando su esplendor con orgullo, algo deslucido, tremendamente seductor. Leo algunas páginas de Georges Perec, La vida instrucciones de uso. Su profunda capacidad de descripción me abruma. La camarera, simpática y tratable, me trae una chucherías que no he pedido. Me las como y el sabor dulce se entremezcla con el regusto del tabaco. Si tuviera que poner una banda sonora a este momento, elegiría Portishead, no sé por qué. El día oscila entre las nubes y el caluroso sol. Mi camiseta corta permanece inmune a los suaves golpes de viento.
Tomo el metro dirección Concorde. Quiero estar cerca del Louvre para observar los ondanadas de turistas que se merecerían ondanadas de ostias. Curiosamente, la útil palabra ondanada no se encuentra en el diccionario de la RAE. En mi tiempo libre, le comentaré al niño brasileño que me lía los cigarros que escriba una carta a sus autores académicos para que creen la acepción, combinable con ondanadas de pasta, drogas, cachetes.
You won't be young forever, cantan Lou Reed y John Cale. Es posible, razón por la cual siento que mi karma, en esta estancia de media duración en París, transpirará por mis poros como el gas de la cerveza cuando sube a la superficie. Mi firme convicción literaria deberá pulirse cual marco de puerta de una choza barata (para que cierre bien). Escribir nunca es suficiente para escribir bien del todo.
You won't be young forever. Parece casi una advertencia, un aviso proveniente de la experiencia. No es momento de acatarlo, ni tampoco de rebatirlo.

Salgo del metro y me encuentro con un Jardín. Jardin des Tuileries. Un tranquilo espacio verde en el que no es posible sentarse en el césped (quizá sí fumarlo). Pero hay unos bonitos bancos individuales que miran al estanco con surtidores. Le saco una foto a una chica fumando un cigarro. Luego le recito un par de poemas a viva voz. Unas rimas de hip-hop junto a un par de toques de breakdance. Ella me da 1 euro y sonríe. Me acuerdo del niño de ayer que pedía en el tren de cercanías. Nadie le daba nada, pero su extrema ansiedad humorística distraía a los viajeros.
Cruzo el parque y llego a los pies del Louvre, hay ondanadas de turistas que se merecerían una buena ostia. Los turistas son aburridos, previsibles, pesados, sosos, grises y sudorosos. Muchos viajan con niños que tienen una media sonrisa congelada, tosca, seca, acomodada. La mayoría de niños turistas llevan gorros baratos y sandalias con calcetines. Si estuviera al mando de un país (a poder elegir, república bananera como Ezpaña) esto estaría penado con trabajos forzados para la comunidad.

Llego al Sena, veo que no se puede pasear por esa zona. Yo quería nadar un poco desnudo, pero opto por seguir a unas japonesas con shorts que van hacia el Musée D'Orsay. Cuando llego a la entrada veo una cola de turistas, quizá 200 visitantes. Están esperando pacientemente su momento para entrar al museo, previo pago de un hígado y algunos euros. Ni se me pasa por la cabeza entrar, prefiero buscar en Google los cuadros más famosos, imprimirlos y luego repartirlos por la calle como hacía Sartre con los periódicos comunistas en el 68. La subcultura del arte fotocopiado merece un respeto, ni que sea por la firme voluntad de degradación.
Sigo caminando rumbo a una calle grande. Antes de comer algo entro en una librería y estoy a punto de comprarme un libro de Céline en edición de Pôche. No lo hago, primero tengo que comprar un boli para poder escribir versos improvisados. Todo a mi alrededor se merece ser escrito o fotografiado. No quiero sacar fotos de estatuas, monumentos y cuadros famosos, quiero fotografiar locales cerrados, tiendas imposibles y chicas guapas.

Alcanzo una calle en la que veo una agradable terraza, pequeña (como todas), incrustada en la acera. Es un restaurante ecológico. Pido cosas para comer: una Quiche Lorraine y una ensalada verde. Très bon, le digo a la camarera. Me voy sin dejar propina y veo como un hombre entrado en su madurez aparca delante con su deportivo viejo, descapotable pero con la capota puesta. Supongo que prefiere llevarlo descapotado cuando va con una mujer rubia más joven que él.
Sigo caminando y encuentro la tienda de bolis y plumas. El señor que la lleva no parece demasiado preocupado por la evidente bajada de ventas debido a la crisis mundial. De hecho, silba relajado. Compro un boli negro hecho en Japón. Japón, gracias a Mitsubishi, es uno de los grandes proveedores de bolis por el mundo.
Paro a mear en una esquina. Si un perro puede hacerlo, un buen habitante de París también. Veo un bello Masseratti aparcado en la acera. Entonces pienso que estoy en el barrio administrativo. Me fijo, la mayoría de coches que pasan son de policía o militares. Hay movimiento y poder y algunas banderas de Francia.
El Masseratti lleva un cartel de minusválidos, esos cartelitos que, por tener algún tipo de deficiencia física, te permiten aparcar dónde te da la gana. Me pregunto cuantos minusválidos tienen un Masseratti. Me pregunto cuantos políticos tienen un pase de minusválido. Me pregunto cuantos políticos tienen un Masseratti. Las preguntas, lejos de ser retóricas. Se responden solas.
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