Marta fuentes y la muerte del viejo

Marta Fuentes ejercía de peluquera en un local del Raval. Su jefa era una mujer mayor que solo pensaba en jubilarse y dejar de hacer tupés y teñir el pelo de gordos mal afeitados y que olían a cerveza. La peluquería estaba completamente desfasada respecto a las de la zona, de peluqueros del ambiente que abrían peluquerías con tienda de ropa.

Marta era aprendiz, y disfrutaba de sus primeros meses de prácticas. Ganaba 300€ al mes.

Tenía dos tatuajes y un piercing en la nariz. Sonreía a los clientes afablemente. Su simpatía y empeño en ser una buena peluquera hizo que algunos jóvenes empezaran a frecuentar el local. La jefa estaba satisfecha con Marta, renovaba la clientela y le hacía ganar un poco más. Lo que no sabía su jefa es que Marta era un adicta al sexo, una ninfómana perdida que tenía los agujeros de su cuerpo más dilatados que la vagina de una elefante hembra después de parir.

Ya desde el primer mes, se ganó la confianza de la vieja peluquera, y ésta se marchaba a hacer recados por el barrio dejándola al mando del negocio. Cuando Marta se quedaba sola, sus instintos primitivos emergían, alterándole por completo la concentración, tan necesaria en su labor. Sin exagerar, cuando Marta se quedaba sola, los clientes corrían el riesgo de que les cortara la oreja. Su concentración dejaba paso a las exigencias de sus hormonas, que le exigían someterse a sus instintos desbocados, satisfacerlos; saciar sus ansias de sexo; follar.

La jefa cada vez alargaba más el tiempo de sus ausencias, cosa que Marta aprovechó para lanzarse, para dejarse llevar por los dictámenes de su coño húmedo que solía esconder detrás de un tanga de hilo rojo.

Un día, al poco de marcharse la vieja, un chico de 17 años abrió la puerta de cristal ahumado del local y le pidió que le rapara la cabeza al cero. En el preciso instante que Marta escuchó el chirriar de la puerta, ya estaba caliente, húmeda.

 Pasaba la máquina por la cabeza del chico, mientras que por su cabeza un solo pensamiento se repetía sin cesar, folla folla follatelo. Antes de terminar, masajeó dulcemente el cuello del jovenzuelo. Sorprendido, el chico no dijo nada y ella siguió. El pulso del chico se aceleró a medida que las caricias de Marta aumentaban en intensidad.

Cuando Marta tenía ganas de follar siempre, siempre follaba.

 

Los hombros del chico estaban llenos de pelo, Marta se acerco  a su nuca y sopló. Al muchacho se le puso la piel de gallina. Sin decir nada, Marta sabía que era el momento. Se sentó encima suyo, abierta de piernas, y reculó hasta encontrarse agachada delante de su entrepierna. La boca de pasmo del chaval indicaba que ya la tenía dura. Rendido a sus encantos. Marta abrió la bata de su cliente y sin dilación  le desabrochó el pantalón. Suavemente se introdujo su polla en la boca. Apoyó una mano en su pierna y con la otra se levantó la camiseta. Marta gemía y se la chupaba y gozaba viendo la cara del chico. Y el pobre chaval ya estaba a punto de correrse. Marta lo sabía. Había tanto sexo en su vida que  había desarrollado una intuición precisa sobre cómo y cuando tenía que parar y seguir, aunque apenas conociera su victima. Se levantó y se puso de espaldas al chaval, se bajo los pantalones tejanos y se apartó el tanga.

-Dame por detrás-

 El pobre chico tenía la polla al borde del colapso, se estaba mareando por la falta de sangre en su cabeza.

En ese preciso instante un nuevo cliente abrió la puerta del local. Un hombre de unos 70 años, con bastón y alpargatas que venía a arreglarse el bigote. Sin saber quién era y sin girarse, Marta le dijo al chaval que siguiera, que se la metiera por el culo de una vez.

El chico se bloqueó, sudando y sin saber qué hacer. Al segundo, el viejo ya estaba a su lado bajándose los pantalones y meneándosela para hacer el polvo de su vida. Nunca es tarde para follar. La penetró mientras el chico salía apresuradamente de la peluquería. Llevaba un mechón de pelo ridículo que había quedado por rasurar. El viejo estaba follándose a Marta y golpeándole las nalgas con el bastón. Con los ojos cerrados, Marta gemía de placer, sintiendo múltiples orgasmos que recorrían su sistema nervioso y humedecían más y más su coño. El viejo notó un golpe en el pecho, como un disparo seco y frío, eyaculó dentro de Marta y se desplomó en el suelo.

 

Los servicios funerarios recogieron su cuerpo media hora después. El viejo todavía tenía la polla empalmada. Esbozaba una sonrisa de oreja a oreja.

 

Había entrado en el paraíso por la puerta grande.

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