Mafia Rock / Paris Set Week III /

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Siempre procuro escribir cosas basadas en hechos reales. Cosas realmente reales, como aquella vez que dos canguros esnifaron tiza en el baño de un burdel, o cuando una señora de 300 kilos voló sobre el río Quay. Pero, esta vez, solo he podido escribir sobre lo que es una noche de ficción en Montmartre. Para ser más concretos, un lunes, en Montmartre.
Pobre Amélie, cuando ella vivía en este barrio no tenía ni idea de lo que se estaba perdiendo con sus chorradas de emo.
En el bar más concurrido, acabamos jugando a dados y tequilas con el grupo de al lado. Las mesas de la terraza copan toda la acera, y está tan juntas que es imposible no preguntarle a tu compañero de mesa:
-Perdona, ¿Si compro un mechero en la Torre Eiffel a un tipo llamado Mustafá, funcionará? Quiero decir,¿ podré llegar a encenderme un solo cigarro o tendré que usarlo como objeto volador para agredir a indeseables?
Las respuestas que me dan son variopintas, pero todas se asemejan con el empinar el codo de manera post-industrial sin ninguna conexión con la pregunta. Bebe, dice la gente. Todos murmuran todo el rato. Bebe.
Tiras dos dados. Ocultas el número que has sacado con las manos, dices el "supuesto" número en voz alta. El siguiente en el juego debe decidir si sigue jugando y cree que tirará un número más alto o si "desenmascara" el anterior... Whatever, al final, todos bebemos sin seguir ninguna norma.
En París hace frío, ha llovido durante la tarde un par de horas, así que hemos aprovechado para ir a quemar camisetas en GAP, en los Champs Elysées.
Cuando cierran la terraza en la acera entramos dentro del local, Vansten pide una jarra de litro de cerveza y se la bebe de un sorbo. Unos tipos alemanes, maravillados por su hazaña, nos invitan a sentarnos. Hablamos de cómo se toman los chupitos en Alemania: canela, tequila brown y naranja. Fantástico. Luego sacan un diccionario y nos preguntan cómo se dice "ciego" en francés. Ni idea, señores, pero vuestro amigo Nietszche fumaba crack en la trastienda.
Salimos del bar cuando nos echan. Antes, como buenas aves nocturnas, preguntamos por el local más cercano en el que poder seguir la fiesta. El señor del bar, barbudo como un Ayatolá que hubiera fumado pipa toda su vida, nos explica el antro más oscuro, el único, en el que podremos seguir la velada de este lunes tan poco ponderado.
Llegamos al bar, un tipo rapado al cero, gordo, robusto, vestido de negro, nos deja pasar. Dentro, unas 7 personas hacen cosas. Cosas como comer una tabla de quesos (son las 2a.m), tomar mojitos, ir a mear, buscar filtros, ponerse bien las diademas.
Nos sentamos y pedimos bebida, apenas hay luz en el local, dos luces de ambiente plasman un aire cargado y que no puede ocultar la infinidad de noches que lleva a sus espaldas. Se mantiene la prohibición de fumar en el local, así que las otras 20 personas que estarían dentro, están fuera, fumando. Una chica vestida de negro, nariz puntiaguda y sonrisa demoníaca, está siendo tatuada en la acera por un tipo de 2 metros. Dos negros charlan animadamente y uno de ellos lleva un polo Lacoste y tiene un iPhone 4. Suenan canciones de los 80 y también el himno del mundial.
El hombre de seguridad, el rapado, saca a cámara lenta a un ser ufano de poco más de un metro. El ser ufano baila con ritmos sincopados, la cabeza agachada, y tiene como estertores seniles. El tipo parece estar pasándolo genial, siento una plena compasión y le deseo suerte. Su baile, solipsista, ojos cerrados, en mitad de la calle, espasmos bizarros, dura unos 20 minutos.
La chica tatuada por el tipo de 2 metros está con otra chica que tiembla, en el fondo del local, la chica parece una adicta a algo que no llego a acertar, y bailan lésbicamente, como si fuera una fiesta de pijamas. Son pocket, es decir, jovencillas, divertidas, calentorras. Y la chica que tiembla tiene el pelo rizado y alborotado, podría ser Mecano en su día más trash, pero en versión française, claro.
Y entonces conocemos a uno de los que lleva el cotarro: Relock, el negro del iPhone 4.
-¿Sabéis por qué este local está abierto a esta hora y es el único del barrio?
-No.
-Es de la mafia. Así de fácil.
Entonces, comprendiendo el gran servicio que los mafiosos ofrecen a la ciudad, doy gracias a todos aquellos que mueven negocios oscuros y son capaces de cohercionar a la policía para mantener sus trapicheos al orden del día y procurar a seres desfasados y perdidos como nosotros un lugar en el que pasar las horas sin luz.
El tipo, animado por nuestro interés en los asuntos turbios, nos enseña su blog en su iPhone 4 y vemos como es un auténtico artista. Se sincera con nosotros, nos enseña cada uno de las fotos de su blog y el por qué de cada imagen. Me emociono, por fin un tipo que no usa su blog como plataforma para vender sujetadores de tallas extra grandes. Me dan ganas de darle un abrazo. Se lo doy. El también vende marihuana, es un ser completo, no hay duda.
Dentro de nuevo, una chica morena, labios generosos, mirada lasciva, se presta a bailar conmigo mientras un posible escritor acabado (en sus 50, como Houellebecq) trata de meter mano a cualquier cosa, y termina metiendo el dedo dentro de su botella de Coca-cola vacía.
La chica se mueve divinamente, y nuestras caderas se explican varios relatos freudianos.
Luego todo sucede muy rápido. Entran unos travestidos en el bar, dos chicos vestidos de chica, maquillados, con faldas, locas, ebrias. Y con ell@s va una chica, que baila bien y lleva una cinta de pelo como pañuelo, de leopardo. Me falta tiempo par abalanzarme sobre ella y pedirle un baile. Accede. Bailamos.
-Es mi primo, ese que vestido de mujer.
- Tu familia es muy sana, me gusta la gente que mira más allá de su propia sexualidad y expande sus horizontes para acercarse a otras realidades erótico-festivas. ¿Puedo tocarte el culo?
La chica sigue bailando y no dice nada, y eso siempre quiere decir "sí".
Tomamos algunas cervezas más y el panorama parece sacado de una película cuyo director nos sería capaz de captar todas sus sutilezas. Un hombre de unos 70 años baila como un auténtico brasileño, de hecho, lo es.
El abuelo brasileño es feliz.
Creo que, en mayor o menor medida, siendo más o menos mafiosos, travestidos, negros, visitantes, curiosos, prostitutas en deshora, bailadores, chicas drogadas, escritores en decadencia, todos, repito, todos.
Lo somos (felices).

La vida en el margen es, a veces, una piedra filosofal de largo alcance.

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