Madrugar, o aquel deporte masoquista y extraño cuyo sentido no acabo de entender

Una chorba con problemas parecidos a los míos.
Siendo los míos mentales, siendo los suyos algo más dolorosos a nivel físicos.

Me relaja llegar a casa al mediodía y ver que mi compañero de piso, El Filósofo, le ha estado dando al whisky toda la mañana. La botella de Jack Daniel's, que le compré en el supermercado, al que fui en chanclas y a lo loco, con unas RayBan y un cigarro que no apagué pese a las severas advertencias del segurata exalcohólico, está medio vacía. La mesa del comedor, blanca como la nariz de un mi nuevo dealer colombiano, está llena de marcas de vaso que petan el comedor de un tufo etílico que solo mi tabaco puede acabar de perpetuar. Mi compañero de piso, con su barba de dos semanas, se pira renqueando a la fuckultad, y yo pongo techno, concretamente un tal David August, y pienso por qué me cuesta tanto levantarme por las mañanas.

La explicación más convincente es que el porno engancha, especialmente de noche, con lo que estar dándolo todo con chicas del Este hasta la madrugada no ayuda a tener fuerzas para levantarte a eso de las 9, como la gente casi normal, postlumpen, digamos.

Me levanto siempre cansado, con los ojos rojos, sin saber muy bien dónde coño estoy: si en una casa de empeños o en la choza de alguna chilena millonaria que ha llegado a Barcelona a quemar pollas y chupitos de vodka Absolut. Quién sabe. La otra putada es que siempre me acuesto con un cigarro y me levanto con otro en los labios. He contratado a un niño brasileño que viene cada mañana a las 6 a liarme los cigarros del día. Luego, tras tres horas trabajando solo, le enseño unos dibujos de Bukowski y juntos nos reímos de El Filósofo, que siempre duerme encima de libros, en el suelo, como un faquir en los putos pinchos. Es como si así aprendiese más. Quién sabe. Y le tiramos colillas encima, pero eso es otro tema.

Tardo, como decía, un par de horas en recuperar cierto estilo vital, a revisar Google para ver cuantas nuevas menciones hay de mí, a preparar el tercer café que tomo, todos seguidos, a modo de chupitos de chilenas frescas. Y no es hasta el cuarto cigarro que comienzo a reconocerme ante el espejo. Cuando ya llevo los pitillos y la camisa Fred Perry a cuadrados muy finos. Ahí ya la cosa funciona, como un borracho que tiene que esperar a que se le pase el ciego para zambombearse a la perraca de turno.

Entonces, repito con el techno. Pongo más y más temas y subo el volumen, hasta un nivel en que los transeúntes, amables y sumisos gilipollas que creen que desplazarse por el mundo sirve para algo, no les queda otra que mirar a la primera planta de mi edificio, preguntándose de dónde coño llega este festival de kinkis. Pues no hay kinkisúnicamente hay un colgado con pitillos, camisa Fred Perry y Kimono japonés escribiendo cosas tan interesantes como la colección de sellos de un colonialista francés.

Así es la vida; un permanente levantarse tarde, oliendo a nicotina, ojos ennegrecidos por la cantidad de chistes sin gracia que tienes que aguantar por estar vivo, y una amalgama de planes semanales que nunca llegas a cumplir por culpa de que a ti también te va la bebida. No el Jack Daniel's, claro, pero qué cojonuda es la ginebra cuando, básicamente, tan loco como está todo, lo más sensato es no hacer.

http://feeds.feedburner.com/PuraVanidad-VanityDust
BlogVanity Dust