MAD on fire [last round]

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O cómo explicar algo sin explicar casi nada.

El Mac no es mío pero la entrada sí. Y en realidad no hablo ni de una cosa ni de la otra.

Salimos del festival y vamos a beber. Es una tarea sencilla, pero que requiere disciplina. En Madrid hay que caminar por todo. Y eso está bien porque así puedes fumar sin parar y no levantas sospechas. Llegamos al bar y el periodista Di Machio me pide do gintonics y hablamos todos. Algunos gritos y pequeñas complicidades. Estamos en Malasaña y tengo sed. El gintonic viene en vas grande con hielo, limón y Bombay. Lo hemos pasado bien, y en el festival he pasado unas 5 horas de un total de más de 20 horas de actividades. Asistir a un 20% del total ya supone un éxito, y no acabar detenido, tampoco está de más. Pero vayamos al siguiente bar donde hay alguien que mola lo que pincha. O eso pensábamos. 
Entramos en el bar. Poca gente, música decente, y pedimos cerveza. Todos estamos eufóricos, son bonitos los reencuentros en otras ciudades. MAD trae recuerdos de fiestas bonitas en Charada y encuentros divinos con gente bella. Gente a la que sigues viendo y adoras de un modo prácticamente altruista. Y entonces la música se convierte en un pastiche de mierda española y extranjera inclasificable. De los sesenta, algo peor que Rafael o una mierda por el estilo. Nos lo tomamos de buen rollo, intentamos que el alchohol apacigüe el rechazo visceral. Pero pasan los minutos, una hora, y la música NO cambia. Hay que hacer algo.
-Voy a hablar con el DJ. No entiendo el concepto de la sesión de esta noche.
-Cierto, ataca -responde Sailor.
Me dirijo a la sala interior donde se encuentra el atentado musical. Paso firme, algún codazo suave. Un par de repasos a escotes.
Una tía bastante demacrada está detrás de la barra del DJ con otro calvo, alto y feo.
-Qué hay chicos. Mirad, no entiendo el rollo de esta noche. La música, digo.
La chica se esconde detrás de la barra y escucho un sorbo nasal. Levanto la mirada y veo un pollo de coca bien distribuido encima de la mesa, al lado de los platos. Esto cambia las cosas, radicalmente.
-Bueno, es que él viene de Barcelona y ha traído su música, en plan remember. Normalmente pincho electrónica.
Comienza la misión CLENCHA. 
-Veo que tenéis diversíón nasal. Esto ya casa más con mi idea de esta mierda de música. ¿Hay algún dealer cercano? -y hago una petición propia de un interesado fan- Esta música se aprecia mejor con coca, no tengo la menor duda.
-Bueno, podemos invitarte a una ralla.
-Genial, ahora entiendo todo lo que queréis decirme con la música. Es precioso.
El bar tiene una chimenea. Me meto dentro de la barra de los Djs y me preparan una multiclencha, para todos. Qué ideal. Esnifo, levanto la cabeza, miro al techo. No pica.
Todo me parece maravilloso. La música, mis amigos, el Dj calvo, MAD. On fire.
No hay música mala sino drogas de menos.
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