Lost&Found&All Hipsters Around The Reenganche

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Si pierdes algo un hipster lo encontrará y lo venderá más caro.
Mecheros, ceniceros, pelucas, grasa de cerdo. Miles de perchas con otros tantos burros para colgar todo tipo de galas. Gafas de sol. GameBoy primera versión por 45 santos euros. Un Tetris. Lámparas que las pagas a precio de oro y las enchufas en casa y te petan los plomos. Boinas. DVD. VHS. Cinturones. Pins de Kennedy con holograma. 
No, no estoy hablando del mundo después de un Holocausto Nuclear -cosa cada día más probable, gracias a nuestro difunto Kim- estoy hablando de un mercadillo montado el pasado domingo en La estación de Francia de BCN. Hablemos de lo más relevante del encuentro de modernos-que-ya-no-se-ponen-ciertas-prendas que se las venden a otros-modernos-que-sí-se-las-van-a-poner.
Lo esencial, lo que verdaderamente es importante, es que los controles de seguridad para acceder a las vías estuvieron desactivados durante todo el día. Esto permitió que varios traficantes bien informados compraran bolsas Puma vintage por cuatro euros y pudieran llevar ahí fresca su merca por el mundo. Un conjunto de alijos están ya, a día de hoy, durmiendo cómodamente en las fosas nasales de los habitantes de la anciana Europa. Está bien que los Hipsters colaboren con la distribución de merca, puesto que ellos no pasan los postres de gelatina.
Se vendía birra muy barata y se podía bailar. La zona de birra-música fue siendo ocupada, a eso de las cuatro de la tarde, por gente de reenganche. La gente del reenganche es por naturaleza inconformista. Las horas de fiesta nunca son suficientes. Las drogas, escasas. La idea es hacer el cubateo el viernes por la tarde. Y luego ir dejándose llevar por un sinfín de antros, clubs y derivados hasta caminar, domingo por la tarde, hacia el último resquicio de música que puedan hallar. Por eso, no es difícil encontrárselos en cabalgatas de reyes, centros comerciales con karaoke para niños, o mercadillos de segunda mano con música. Son los zombies del siglo XXI. Y viven de puta madre, suelen llegar a casa en ambulancia, como unos señores. 
No tenía previsto comprar nada, como mucho buscar jóvenes hambrientas de referentes intelectuales para dejarles mi tarjeta e invitarlas cordialmente a una sesión de fotos. Había algunos libros en venta que ponían, por si hacía falta, el escaso potencial lector de esta tropa modernaca. Ken Follet, libros de cocina vegetariana. La misma mierda que cualquier otro ser televisivo del planeta. 
No perdí la calma y encontré unas bellas botas de balonpié (qué emoción, jamás pensé que escribiría esta palabra en mi blog). 10€, amén. Nunca he jugado a fútbol, pero siempre me ha gustado la imagen de unos tacos incrustados en cara de gente inocente, de las que paga sus facturas.
Impolutas, preparadas para hacer muchos regates.
A eso de las 6 de la tarde, mientras ya casi cerraban, me junté, cómo no, con la tropa del reenganche
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