Los pesados y fake festivos nini-gangstas de la Plaza de Cemento y mi trabajada Mise en Scène para recuperar las tardes onanistas en paz

Hoy he decidido poner orden en la plaza de cemento que hay justo en frente de mi triple ventana del comedor. La plaza es una mierda. Pertenece a esa clase de reductos de cemento que no sirven para nada, pero en los que ni por asomo alguien iba a poner un árbol o algo mínimamente agradable. Que no estamos en la puta ilustración, joder. Cemento y una salida de ventilación de un parking para 500 plazas de coche, 450 de ellas vacías, y listos. La gente hace lo que puede para amoldarse incluso al cemento. El rectángulo de metal de la salida de ventilación, justo en el centro de la plaza, como un tótem para todos los colgados del barrio; tal es el nivel de aburrimiento de una sociedad acomodada en vías de extinción, reunirse en una salida de aires. Si llegan a poner un árbol habría hasta colas para fumarse el tronco. O los perroflautas montarían unas tanganas de agárrate, tocando el Dijeridoo y danzando, invocando a vete saber qué Dios. El Dios que el erudito del grupo menciona mirando al cielo y al canuto —en todo grupo social hay siempre un erudito, al que los otros escuchan con cierta admiración que se ve convertida en puro odio indigesto si el tipo se las apaña para zumbarse alguna tía con su labia cuyo perfil intelectual va acorde el estilo de su piercing de cerdo en la nariz—.
Pero la realidad en la plaza de cemento es otra. Mientras que los arbolitos suelen atraer a la peña que toca el tambor y come tappers extraños con comida hecha de plantas, el cemento atrae al hiphopero-lumpen. Si el equipo de sonido molón de los ochenta en los USA era el pedazo de radiocasette con altavoces (y pilas) que llevaban hasta en el wáter, el hiphopero-lumpen se contenta con su Android Nokia o un Samsung un par de modelos anterior. A más de dos metros de distancia lo que se escucha es parecido a un zumbido de ventilador chino, pero a ellos ya les vale. Lo fluyen. En la tienda de muebles que hay justo debajo, su gorra aplanada extreme con una inicial cualquiera en mayúsculas se refleja en el cristal. Y ya tenemos la Academia de Baile del Cemento de Mierda. Con su mierdimóvil y su ritmo sacado de una rave de enfermos de alzheimer, los tres colgados de turno y alguna que otra random chorba que todavía no ha descubierto a Shakespeare se pasan un par de horas dando bailoteos a cada cuál más SnoopDogWannabe.

Esto ocurría en los 80. Ahora sumemos  30 ediciones más de Eurovisión, la creación de Carrefour, el 11S
y una plaza de cemento. Bienvenidos a las trepidantes vistas desde mi ventana.
Este no es el único encuentro notable en la Plaza de Cemento de Mierda. Los hiphoperoslumpen comparten —no sé muy bien cómo, pero nunca coinciden, dejarán algunas firmas con la hora en forma de código— con el Universo Choni la adoración por el pedazo de cemento, ese otro tipo de grupúsculo urbano —a estas alturas, lo de 'tribus urbanas' me parece hasta un cumplido—. Choni's World. Estos petaos son mucho menos ambiciosos. Los otros bailan, pero ellos no se plantean mover un dedo más que para rularse el canuto y cambiar de tema en un mierdimóvil parecido. Diría que les va más el rollo Sony. ¿Y qué hacen? Enrollarse todo el puto rato. Poco a poco, la choni se va amorrando al chándal del colega, que más palote que la ostia pone como cara de Cristiano Ronaldo antes de tirar una falta y ambos lo gozan de lo lindo. Shake it, Shake it. Pero no creáis, nunca se pasan de la ralla. El tipo, cuando va muy puesto, acaricia las meganalgas de la chorba-tanga, aprieta un poco y listos. Y ella, a comerle la boca y a ejercer legítimamente como La Reina de la Plaza del Cemento de Mierda Fucsia Lips Style. La generación de los noventa ha conseguido superar a la de los ochenta y a todas las anteriores. Son, por ahora, los adolescentes más inofensivos y aburridos de la historia. 
¿Que cómo sé esta basura sociológicamente detestable? He hecho una minuciosa reconstrucción de fragmentos que, a lo largo de mis meses en la Barceloneta, he ido, muy a mi pesar, acumulando. Y, supongo que con vuestro apoyo y comprensión, paso a comentar la puesta en orden de los petaos HipHop/Choni Shitty Afternoon del zurullo de cemento.
No basta con ser el vecino pesado que se queja.

El primer elemento a atacar siempre en ambientes lumpen que ocupan espacios públicos es la música. Hoy eran los hiphoperos. He partido con mucha ventaja, es lo que tiene ir drogado y observar a tu presa siendo ella ajena a tus planes.

Paso 1. La música: mover los altavoces de sitio, y colocarlos en las ventanas, entrecerrando previamente las persianas metálicas. El subwoofer ha sido también colocado con precisión, siguiendo un libro llamado 'El arte de la Guerra Techno. Cómo montar una rave en cualquier lugar y salirte con la tuya y mucho techno'. He sido condescenciente eligiendo la última sesión en Time Warp de Guy Gerber, al que le deseo suerte ahora que se ha metido con el garruleo de Pachá Ibiza —la pasta es la pasta, bien jugado, Guy, y si consigues que algún petao se pase de la noche de David Guetta a la tuya tendrás todo mi ful respect—. El volumen hace vibrar las colillas de mis ceniceros, y observo los ánimos de la tropa. Escucho algunas risas. Es normal, típica reacción de menosprecio cuando sabes que algo va mal pero te las das de chulito, todavía. Los mecanismos de defensa freudianos son uno de los cuentos más útiles que me explicaron en el cole. Una pena que la profesora de filosofía fuera y fea. Suele pasar. Y, en esos casos, como en la mayoría de cosas en la vida, es mejor no hacer nada.

La cara de gilipollas que se te tiene que quedar cuando los gangstatemazosfail de tu móvil de mierda quedan silenciados, y en vez de ello te llega como un rumor electrónico de un edificio al que nunca le has prestado atención pero que siempre ha estado sopesando el momento de petarte tu jueguecito. Y es hoy, ahora. Ya tenemos la banda sonora. Guy Gerber a lo suyo, y el Sony X-Peria blanco perla con funda de brillantes y bolas de navidad menos audible de la historia de la ciudad.

Paso 2. La equipación: el albornoz, las gafas de sol, un rulo empotrado en la tocha. Y el bate de béisbol. Descalzo, por supuesto. Antes de bajar, un corte en la nariz para que la cosa quede como realmente queda los domingos por la mañana. Y a la calle.

Eran el pack habitual; dos tíos iguales y una tía con un chandal brillante negro y un culotte rosa partiendo sus michelines. Los tíos tendrían sobre los 16. Ella, algo menos. Ya es hora que aprendan donde puede uno meter su gangstamóvil con altavoces y dónde no. En la verja metálica que hostilmente separa la Plaza de Cemento de Mierda y Mi Choza he raspado con ganas el bate de béisbol, generando un ruido como mecánico. De obras. Una taladradora. El segurata se ha percatado del asunto; ha salido de su caseta con el Sport y Pedrito en la portada mirando al cielo. Titular: París SaintGuanyem. Unos genios, estos periodistas. Le pago 100 pavos al mes al segurata para que no reaccione ante absolutamente nada de lo que yo pueda hacer en zonas compartidas. Sea lo que sea. A veces puede ser que reciba un cuerno de mamut teñido de verde. Silencio. O el mismo tipo entra y sale de mi casa 5 veces en dos horas. Silencio. O sale una chica en bragas y con el rímel corrido hasta la nuca y hablando sola y bajito. Silencio. Albornoz, bate de béisbol. Gafas de sol. Rulo en la tocha. Silencio.
Ahora, a los hechos

Mis años de JuJitsu no han servido para nada. Salvo para haber aprendido a simular en ciertas situaciones que estoy muy loco y que tengo suficiente perturbación mental como para hostiarme durante media hora con la misma farola. Y ganarla, más o menos. 
—MAMOOOOOOONESSSSSSSS. ¡¡YYYYYYUUUAAAHHHHHHAAAAAAAAA!! ¡¡UEIA!! ¡¡TOOOLOCOOOOO!!
Las gafas de sol del Pull&Bear de uno de los dos mindundis cae al suelo. La chica pega un salto y se separa del palote de su colega. El otro procura mantener la compostura. Casi lo hace bien. Los confundo porque son iguales. Como una foto duplicada con alguna App rara que podría llamarse algo tan original como 'DoublePic'. A saber.
Escupo la sangre al suelo. Me he pasado con el corte en la tocha. La sangre brota de mi nariz como un manantial de dólares huyendo de Chipre hace un par de semanas. Sigo.
—A VER. Raperillos de los huevos. Vaya fiestecilla de tarde, ¿eh? Joder, no sé, dónde tenéis el buga con puertas que se abren hacia arriba y el sombrero de copa blanco y las medallas, ¿eh? Ya. Veo que preferís hacer el subnormal gangsta en petit comité. Pues os voy a contar a qué se debe mi visita. Me preocupa que tengáis algo que contar a vuestros amigos del cole —hago un pequeño moonwalk descalzo y sonrío. Después de las clases de JuJitsu pude hacer un curso online de 'pasatiempos para parecer realmente imbécil'. La imitación del moonwalk en cemento y descalzo fue mi mejor nota.

Como veis por mi atrezzo ultracasual —señalo mi albornoz, que he olvidado atar—, estáis interrumpiendo algo en Mi Rollo. Y encima os lo estáis pasando bien. Si por lo menos fueseis algún tipo de obrero que sencillamente trabaja sin cobrar para terminar el edificio de en frente que no se va a vender, tendría cierta compasión. Pero no. Os pensáis que este puto trozo de cemento es como vuestra segunda mierdicasa. Shake it Shake it —reproduzco un movimiento de Lap Dance con el bate béisbol entre las piernas—. No contentos con ello, con rodearos de edificios grises y hostiles y sentaros encima de la salida de ventilación más cutre que he visto en mi vida, os parece lo más normal del mundo sacar vuestro móvil y poneros a bailar vuestras mierdas MTV low profile. Hoy es viernes, ¿no? Pues os voy a contar lo que pasa los viernes por la tarde en Mi Rollo. Lo que pasa es que es el día de La Rave en Casa. Normalmente pillo el ciego máximo solo el martes. Básicamente porque nadie más lo suele pillar. Me mantengo un par de días deambulando por la ciudad, hostigando a turistas con padres y bailando a lo loco en medio del H&M, animando a la gente a comprar más. Incluso paso por el mercado a comprar hamburguesas de carne argentina y comérmelas crudas, delante de las abuelas y de la tendera —ya me conoce, ella lo respeta, al fin y al cabo, el cliente siempre tiene la razón. Y tras dos o tres días de jolgorio urbano, llegan los amigos. Por la mañana del jueves siempre quedo con mi amigo escritor inglés y terminamos muy ciegos poniendo vídeos de sus entrevistas en las que iba tan ciego que hasta la presentadora se reía de él. Y, luego, el viernes, a estas horas, A ESTAS HORAS, es cuando comienzo mi sesión de cybersexo con asiáticas. Y para ello necesito dos cosas. Mucho techno, y mucho silencio. Porque, según como me entra, o bien pongo sus gemidos muy fuertes o bien empalmo con un tema de Matador, gran fichaje de Richie, ¿o me equivoco?. El Caso es que, entre una cosa y la otra siempre se producen un par de segundos en silencio. S-I-L-E-N-C-I-O —a cada letra meto un golpe de bate en la puta salida de ventilación, suena como un matadero de cerdos en horas bajas—.

Respiro aceleradamente. Se me nota bastante afectado. Recuerdo que en la nariz me he puesto uno de los rulos y ahí sigue. El otro agujero parece un río rojizo de chernóbil cinco minutos después del pequeño error en 'la centralita'. 
—Creo que me seguís, especialmente tú, Eminem català. ¿Te han dicho alguna vez que te pareces a él, especialmente cuando se puso muy gordo y se le murió la madre?. Entonces, ya vais pillando qué hago aquí hablando con vosotros, cuando debería estar pelándomela salvajamente durante mucho rato y emocionado como si fuese la primera vez. Pero no. ¿Qué ha ocurrido hoy toda la puta tarde durante esos dos segundos de silencio necesarios entre gemidos asiáticos y techno? Un puto UAKA UAKA CHUNGER de vuestra mierda de móvil—le pillo el cacharro al chaval. En efecto, es Sony. Lo sabía. Joder, lo sabía. Ya que estamos, sigo.
—Esos dos segundos de silencio son media vida para mí. Es el punto de inflexión entre el gemido de una mujer de un continente en auge, entregada a la tecnología HD de mi iMac y a su coño rasurado con la precisión de la cristalina mirada de Sun Tzu, y el techno más fino que mis constantes viajes por SoundCloud son capaces de encontrar. Es un gran momento, amigos. No me lo jodáis, más. En estos casos el buen vecino que se queja presenta dos opciones a los causantes del alboroto. O calláis o llamo a la policía. Yo os lo pongo mucho menos abstracto. Piraos de aquí pero que muy rápido, igual que si llegaseis tarde a la oferta 2x1 de la noche en el Burger King, o bien mi amigo bate de béisbol saludará a vuestros cráneos para disfrutar de vuestra paupérrima masa encefálica.
Rompo a llorar. Desde mi casa ha sonado un precioso tema, cuyo nombre no he cazado todavía con Shazam, que me pone muy tierno. A parte, mi discurso ha sido de lo más sincero y visceral que he hecho en la última década. 
La chica tiembla. Los otros dos memos tienen la cara pálida y no saben qué putas hacer ni decir. En un acto de repentina lucidez de uno de ellos, no el fucker, sino el aprendiz de panadero, pilla el móvil y baja el volumen. El silencio reaparece de nuevo en la Plaza de Cemento de Mierda. Sopla un suave viento, que de golpe noto y hace volear mi albornoz desabrochado. Algunas gotas de sangre se atreven a decorar las zapatillas que andan tiradas justo al lado del gangsta1 —por decirle de alguna manera, no sé diferenciarles—, que se los había quitado para estar más liberado encima del rectángulo metálico. Se escucha de fondo el temazo que sale de mi casa. Abro la palma de la mano, saco el mando a distancia del iMac. Bajo el volumen levantando la mano, como si estuviese invocando algún tipo de poder. Claro, ellos no ven el mando. Qué putas van a ver. El volumen baja solo, felizmente educado por la secta Jobs.

—Si me disculpáis, esta señal divina de bajada de volumen —balbuceo mientras me seco las lágrimas con la manga del albornoz— significa que he entrado en la fase de gemidos asiáticos. 

Se acabó el numerito. Estos eran los gangstas. A ver qué show puedo preparar para los bakalas y sus chonis tangarexulonas.  

Entro de nuevo en el edificio abriendo la puerta metálica de tres metros de alto. El segurata me mira. Asiente. Me saco el rulo de la nariz y me acerco a él. Se lo doy. Le queda la mano manchada de sangre.  Mira lo que está escrito en el rulo. Lee en voz alta y ronca y sin poder evitar un nudo en la garganta que hace que le salga un chillido.

«Keep that base»

Regresemos a los gemidos asiáticos de primavera.

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