London Friday Night. Pánico en casa de los zombiesamba. Y por fin un post largo.

Paseo por Londres, con rumbo más o menos directo a Covent Garden. La cosa me lleva como una hora. Paso por el Big Ben, pero como ya tengo hora ni me digno a mirarlo. Veo un Ferrari y un tipo sin personalidad está al volante. Me gustan las tiendas de Londres, el planteamiento comercial de esta gente está bastante más avanzado. Digamos que, a diferencia de España, venden cosas que vale la pena comprar, o robar. Como Tao Lin hace en Shoplifting from American Apparel. Al llegar a Covent Garden antes de hora, tomo una cerveza en un pub. La gente bebe en la calle y grita. Las copas de cerveza de medio litro se quedan apoyadas en el murito de las ventanas que dan al exterior. Los ingleses salen del curro y van a beber, animados, exaltados, felices por ser tan ingleses y tan bebedores. Yo también bebo, y tomo unas notas en la Moleskine. Ya no compraré más Moleskines, son el opio de los escritores petulantes. Y son más caras que las piratas. Quiero ir a China a comprar una tonelada de Moleskine fake para luego regalarlas en un curso de escritura de Cómo ser Bukowski y no padecer en el intento. Escucho música en el iPhone. Creo que suena Fisherspooner. Y tambien Fritz Kalkbrenner. Y me siento bien, es agradable pasar un fin de semana en Londres.
En la parada de metro de Covent Garden hay mucha gente y una pila de periódicos gratuitos. En portada se habla de la participación de Inglaterra en Líbia. Y también mierda sensacionalista de alto voltaje. Llega mi amiga, la rubia y portentosa Myla. Nos abrazamos. Hace dos años que no nos vemos. Sigue igual de guapa, de cariñosa, y habla muy rápido. Caminamos sin rumbo fijo. Pero tengo hambre y ella también. Entramos en un local gigante hortera en busca de unas patatas fritas y una pantalla gigante que no vamos a mirar. El local se extiende a lo largo y ancho con decenas de mesas y taburetes en la barra. Está iluminado con tonos azulados, un toque futurista prescindible. Nos sentamos. Y resumimos nuestras vidas de los últimos dos años.
-Estuve en Valencia-me cuenta- durante varios meses. Mejoré el castellano e iba en moto. No es una mala ciudad. Pero también estuve en Marbella y casi muero.Y ahora trabajo de ayudante de notario para gente que hace compra-venta de diamantes con África.
-Me alegro que estés cerca de la corrupción. Es importante hoy en día. Mi vida ha sido así:
En enero de 2009 cambié el teclado de mi ordenador. Y así empecé a escribir más rápido. Este último año bajé mi ritmo de post, cosa que no me perdono, pero compatibilizar el último año de Universidad junto con dos trabajos es denso. Y he follado de manera regular, con cierta variedad y una memorable orgía en Berlín, muy nutritiva. Luego he escrito en algunas publicaciones. Algunas más graciosas que otras. Y sigo pensando que la vida no tiene demasiado sentido, sin que ello quiera decir que es aburrida.
Me estoy dando cuenta de que este post no lleva ritmo de samba, así que aceleraré los acontecimientos para llegar al momento samba de la noche.
Primero mencionar que paso por la librería Foyles y compro un libro de J. Bourke sobre la historia de la violación. Es un tocho.
 Y ahora, ¡samba!
Quedamos con Andrea a la salida del metro de algún sitio. Ella nos espera. La conocí en 2007, me enamoré de ella, pero esta letona demoníaca me complicó las cosas. Y al final no follamos. Estuve enfadado con ella, con esta rubia poderosa y extravagante, como los amigos de Aznar. 4 años después es el momento de volver a verla. 
Aparece con un tipo guaperas y alto y resulta que es portugués. Cachas, con una boina impostada y marcadamente "no" intelectual pero seguro de sí mismo, se presenta. Pero al momento olvido su nombre. Caminamos los cuatro hacia la casa de un desconocido. Yo fumo. Hace frío.
Andrea la tetona, digo, letona, que tiene buen culo pero poco pecho, nos cuenta que ahora trabaja en el Sur de England en un salón de masajes naturales. Yo fumo. Llegamos al piso. Está lleno de gays. Todo tíos. Es la fiesta de cumpleaños de un gay. Hay mucha comida. Así que me planto delante de la mesa donde hay desde fruta cortada hasta queso francés pasando por un poco de arroz. Es gratis. La tele está encendida con la CNN. Y hay un niño en la fiesta. Nadie va bebido. Y ello me sorprende y me aburre. Todos son brasileños y portugueses. Los guettos, es lo que hay. Te vas a cualquier parte del mundo y siempre los extranjeros se juntan. ¿A esto lo llaman globalización? En realidad es una falta de identidad personal que termina por convertirse en una reagrupación tribal subdesarrollada fruto de la incapacidad por lanzarse a algo nuevo, a riesgo de perder parte de la identidad duramente construída durante la adolescencia (buf).
Me presentan a algunas personas. No escucho. No sonrío. Me dedico a comer. Problema grande. Nadie fuma. Nadie. Nadie va drogado. El piso es pequeño. Me lio un cigarro y se lo doy al niño de 12 años. Lo enciende. Abro el iMac de la casa y pongo, ahora sí, SAMBA.
Los brasileños, al escuchar su estilo musical, enloquecen. Los ojos en blanco, sonrisas dislocadas, mueven sus caderas. Esto es una trampa, la he cagado. Me veo rodeado de diez gays moviendo su trasero y diciendo cosas extrañas en este idioma pegajoso y que recuerda al absentismo laboral. Ahora hacen la conga. Pero el piso es tan pequeño que al mover las piernas golpean los muebles. Casi me tocan. Me siento incómodo y recuerdo que se quedaron mi katana en el aeropuerto de Girona. Entonces pienso en la única salvación que me queda. Agarrarme a Myla y a Andrea. La conga sigue. Algunos babean, pierden el sentido. Están poseídos por el espíritu de la samba. Comienzan a desnudarse. Es hora de largarse. Tumbo una de las estanterías con libros de diseño y un par de estatuas que no me gustan y tiro a dos gays al suelo y alcanzo el baño. Myla me sigue, ella se lo está pasando bien, pero le preocupa mi estado mental. En el baño, saco la coca y me hago una raya. Como Popeye, necesito mi dósis para superar ciertas situaciones y salvar a Olivia. Y encima me enfrento a un país emergente. No hay otra salida que...desnudar a Myla y a Andrea. Al ver el cuerpo de dos mujeres desnudas, los gays malos se rendirán. Es como los vampiros y el ajo o las cruces. La raya hace su leve efecto, y pienso que mi tolerancia para con esta droga es cada vez más insostenible. 
Ahora un poco de... ¡acción!.
-C'mon girls, ¡let's get outta here!-Saco la capa Replay que me regalaron en el Sónar y levanto el puño a lo Superman VS. Lenin.
-Ellas se agarran a mis brazos. Y gritan aterradas. Myla se quita la falda y Andrea enseña los pechos.
Los ojos de los zombiesamba se ponen rojos. Algunos gritan y otros lloran. Los pezones de Andrea sacan un ojo al niño que todavía fuma. El líder de la conga trata de resistirse y comienza a cantar un mantra:
-Ronaldinho. Ronaldo. Lula. ¡Carnavaaaaaaal! ¡Caipirinhaaaaa!
Demasiado tarde. Andrea, Myla y yo corremos por el estrecho pasillo en dirección a la calle. Estamos asfixiados. Al cruzar por la puerta, uno de los gays malos ha intentado tocarme el culo, pero el iMac que llevo cruzado en la espalda, atado no sé cómo, ha protegido mi firme trasero.
Respiramos hondo, estamos en la calle. Libres. Todavía se escuchan unos acordes de samba extraños, en plan Carlinhos Brown, desde el piso de diseño de los zombiesambas.
Hemos salido vivos. Sin colear, pero vivos. Las chicas siguen desnudas. Yo tengo calor. Prueba superada. Mañana más.
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