Lo que un taoísta chino del siglo VI a.C. tiene que decir sobre cambiarte el pasaporte

Las historias son bonitas. Con mayor o menor gracia y solvencia, todos tenemos una que contar. Los más osados, otrora considerados faltos de afecto y débiles, suelen insistir en su propia historia, reivindicando su autenticidad, valor y relevancia, incluso por encima de las demás. Venga, pongamos una cursiva en su historia. De hecho, confrontémosla con las historias de los otros. Sumemos crudeza, venganzas, poder, injusticia, revoluciones, esperanzas, sueños —y suma y sigue, hasta llegar al modo intensidad 10 de una cápsula Nespesto. ¿Mola? Todo depende de si os mola la movida decimonónica llamada identidad. Es curioso, en un momento de flexibilidades, cambios súbitos, mundos conectados, avatares y reinvenciones, hay por ahí una reminiscencia de algo fijo que, válgame Lao-Tsé, está siendo atacado como nunca (o como siempre, al loro) y merece, hellyeah, emerger firme y definido y estable y con un portentoso porvenir porque sabe lo que hay que hacer. Del otro lado, seamos ahora más escuetos, la situación es altamente similar: esto es lo que soy, esto es lo que hay, esta es la ley, hay que obedecer.
Ahí va el fucker con las ideas bastante claras.
Podría seguir mareando la perdiz y planeando con fértiles palabras por sendos claroscuros ambiguos en torno a la cuestión que encabeza este post. Igual no definirse no es malo, ni es ser cobarde, sino que supone un ejercicio de atención a otros asuntos que son, por supuestísimo, sumamente más relevantes. El sentimiento que abre el debate, gentilhombres, es la tristeza y el absoluto desamparo, la temerosidad, la ruptura total de los esquemas y la imperiosa necesidad de permanecer callados a la espera de que más gente, silenciosamente, muestre su acojone y, por ende, su absoluto respeto y reconocimiento ante la situación.
No quiero ecuaciones con resultados cristalinos, no quiero que toda mi aspiración política se resuma únicamente en la necesaria y justa votación acerca de si tengo que cambiarme el pasaporte. A estas alturas, cualquier pasaporte debería ser mirado con sospecha y no, venga ya, acariciado y alabado como una solución (¿a qué?).
«Cuando en gran Tao se perdió,
surgieron las ideas de humanidad, piedad y justicia.
Cuando el conocimiento y el talento desaparecieron,
surgieron los grandes hipócritas.
Cuando las relaciones familiares dejaron de ser armoniosas,
se empezó a hablar de amor filial y de amor paterno.
Cuando las naciones acusaron el mal gobierno, el desorden y la confusión,
se inculcó el amor a la patria.»
Lao Tsé, s. VI a.C.
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