Lluvia / Paris Set Week V /

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Hoy huele a martes. A un aletargado y profundo martes. Solo de nuevo en mi apartamento de Montmartre, acompañado de abundante tabaco y de un techno que me exonera, avanzo en la lectura de Enemigos públicos, de mi estimado Houellebecq y su amigo Bernar-Henri Lévy, una densa correspondencia entre ambos que oscila entre la confesión exacerbada y la sinceridad de los escritores que aman escribir, por encima de todas las consecuencias, tanto positivas como negativas, que ello pueda acarrearles. La canción que suena es Ferninand, de Marc Romboy, y la manera en que penetra en mi sistema acústico remueve instantáneamente la oleada de experiencias acontecidas en la última semana. Pero lo que más me afecta de todo es la tenue y melancólica lluvia que cae, justamente hoy, cuando se cumple un mes de mi llegada a París.
Recuerdo el baile de los tortellinis en el comedor del apartamento anterior, levitando y dando vueltas alrededor de Vansten y de mí en un arrebato de disidencia.
Me viene a la cabeza la peripecia republicana de un árabe fumando un habano a las 4 de la madrugada, en un antro de mala muerte.
Me golpea en la sien la imagen de las bicicletas públicas de París aplastadas por el reflejo incesante del atardecer parisino.
El concierto de Nada Surf, bailado por los franceses con un ritmo parecido al de una marcha fúnebre.
El techno caduco de la fiesta en un barco, tan fuera de lugar, pero tan útil en ese mismo momento.
El amplio botellón en el canal St.Martin, que bien podríamos llamarlo Apéro, ya que apenas tomamos alcohol duro ni gritamos como la jaula juvenil española, en proceso de alienación intrépido, casi heroico.
También recuerdo cuando sobornamos al taxista para que conduciera como un psicópata y emular así a los escoltas de Lady Piana.
Y las bizarras conversaciones con una chica rubia y simpática, con novio mexicano; le expliqué la teoría del big bang bukkake, y que ella fingió escuchar mirando alternativamente al hombre de seguridad de la sala.
París ya es presente, pero también pasado, recuerdos, movidas, altercados, y también es futuro, puesto que mi estancia alcanza ahora el equinocio.
Sigue lloviendo, me importan bien poco aquellos que asocian el verano con el calor y la playa, y el topless. Me gusta el calor, la playa y el topless, pero me pongo más caliente escribiendo en una habitación oscura con una copa al lado, un cigarro entre los labios, una chica desnuda a mi lado recitando versos en latín y Richie Hawtin sonando por los altavoces.
El verano no es diversión, no nos divertimos más que durante el año, no tenemos por qué escapar de nada, ni descansar de algo, la vida no se divide en "de vacaciones" y "trabajando", eso son tan solo divisiones propias de vidas frustradas. Un verano puede ser tan complejo como el resto del año, igual de duro, de exigente y, al mismo tiempo, apasionante en otro sentido.
Los cócteles bajo una palmera y las pulseras de los hoteles son de un descafeinado que me provoca náuseas. Me gusta sudar, pero para escribir algo mínimamente fumable, para leer aquello que siempre quise leer, por obligarme a machacar a mi agente aunque esté de putas en Pattaya.
Como es habitual, este post deriva hacia la autoexaltación de uno mismo, mas no caigamos en la autocomplacencia, ni en la cerveza de bajo voltaje, siempre que escribo sobre mi mismo, tengo una necesidad de desplegar un arsenal cuyas armas puedan ser compartidas y reutilizadas por pequeños saltamontes y grandes monjes y doncellas en proceso de crecimiento de pecho. Hoy ha salido la cifra de paro juvenil en el mundo: 81 millones. Enjoy.
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