Leves reflexiones debordianas y pintadas revolucionarias post-sesentayochistas

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Es difícil escribir mal escuchando Biosphere. Quiero decir, escribir peor de lo habitual. Concretamente, el tema Genkai-1 tiene una extraña potencialidad para distanciarte de las cosas, y las siestas de dos horas dejan de ser tan graves. Suelo plantearme un tema: mis tres horas de masturbación persistente y mis dos horas de siesta diarias merman mi potencial de consumo literario y audiovisual, así como mis relaciones afectivas con otros semejantes. Esto, sumado a las insistentes llamadas de mi manager Karl Straüss y al cultivo de plantas carnívoras, convierten según qué días en una leve dedicación al escritor-marca. Trabajo mi pene, mi mundo onírico, pero en cambio me olvido de hablar de nuevo de La sociedad del espectáculo, de nuestro amigo Debord.
Cuando el niño vietnamita coma un Big Mac y llegue a Disneyland
será mucho más feliz y dejará de quejarse.
Es una pena, porque hablar de Debord, ni que sea mencionarlo burdamente, implica recordarle que ha fracasado, para siempre, o casi. Y siempre es bueno recordarle a alguien que ha fracasado. Los sentimientos bajos son los que mueven el mundo, a la misma velocidad que el dinero, formando un combo ganador que nos acompaña desde los inicios de los tiempos, o casi. La merca esencial de las miserias huamanas. 
El arte que es interpretado es un fracaso en sí mismo. Está a merced del mercado, de los especuladores y los parásitos de los críticos, que no hacen otra cosa que participar del sistema capitalista igual que cualquier otro ser sometido al vicioso juego del trabajo-ocio, interminable. El arte debe transformar la sociedad, y culminar su sentido en la misma acción, para luego perder fuerza, sentido, dejar de ser
Brindemos por unas buenas pintadas reivindicativas:
Debajo de los adoquines está la playa.
Debajo de mi iPhone están las llaves.
Encima de mí está tu madre.
Fracasado el situacionismo, hundido cualquier atisbo de revolución en los países desarrollados para los próximos 1.500 años, el arte queda plenamente en la onda del comercio. El intento más válido y loable ahí se quedó. Y ahora los herederos de Debord viven bastante bien gracias a sus derechos, poco más. 
Recordemos: el único cambio sustancial que aportó el Mayo del 68 y el movimiento hyppie han sido anuncios más divertidos y originales. Y drogas más lisérgicas. Y faldas más cortas. Y lesbianas más cachondas. Y la barba de cuatro días, con permiso del Che.
Es normal que Lars Von Trier ponga por título a su última película "Melancholia", puesto que las "Utopías" han acabado, joder, desde hace ya décadas, lo dicen desde Steiner a Bauman, y también mi Barman (applause) y Batman (laughs).
También es normal que estemos en la época del exhibicionismo, de mostrar genitales y muertes de terroristas. Y casas de millonarios que se lucran a base de robar derechos, o eso se dice. A más decadencia, más espectáculo y todos mejor entretenidos.
Lo mejor de todo es que, tal y como va la cosa, uno nunca llega tarde a la función.
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