Letras y otros deshechos desde las inocuas profundidades de mi Rural Rehab

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La voz del presentador de los Essential Mix suena lejana, extraña, casi extraterrestre. Su inglés con acento britántico fundamentalista resuena por todo el estudio y deja un eco que se pierde por la ventana, entreabierta, por la que circula alguna mosca que, posiblemente, goza de su último día de vida —sin saberlo, en eso se parecen bastante a nosotros.
Tras el visionado del corto que acompaña el tema de Inspector Norse, algunos de vosotros ya intuiréis el por qué de mi retirada Rural Rehab este fin de semana. He conseguido estar más de 24 horas sin hablar con nadie, solo abriendo la boca para fumar y para comer. Dormir ha sido otro de los deportes practicados, así como leer. El plan era sencillo: actitud Inspector Norse, taoísmo y las sesiones de Ben Klock. No es fácil alcanzar ciertos niveles de lucidez. Tener tiempo para ver la complejidad absoluta que se oculta tras una taza de café andorrano. El esfuerzo silencioso de unos pulmones para llenar el cenicero de colillas. La entrega de los tímpanos para desmenuzar una sesión de Nina Kraviz de tres horas. Y los brazos que acompañan mis brincos Inspector Norse por el comedor; mi cuerpo entregado a la danza solipsista que celebra el techno como un indio la lluvia y el viento que acompaña una tormenta.
Dominik acribilla mi whatsapp. Está exultante, dice que la noche de Berlín por la que se mueve está más salvaje que nunca. Que me espera un fin de semana con un subidón de 48h. Insiste en que hago mal de querer mezclar coca y M. Y le doy la razón, claro. Pero mi menú es indiscutible, y siempre tendré esa pastilla en mi bolsillo por si hace falta aumentar el nivel lisérgico en mi raciocinio.
Leo sobre el Tao. Ben Klock me explica su versión del asunto. Los opuestos son amantes. Uno no existe sin el otro, como bien sabe incluso el folleto del Carrefour en el que se anuncian piscinas de plástico azul y barbacoas en las que grasientos filetes con hueso y grasa se freirán hasta empaparse de un sabroso cáncer que no tendrá piedad.
La soledad no basta en un piso. La soledad es imparcial cuando a tu lado hay vecinos que usan el metro casi a diario. Se necesitan muchos metros cuadrados a la redonda para sentirse salvajemente solo, descarnadamente autista, existencialmente absurdo. La gente que busca la soledad en la ciudad merece mi respeto, pero no mi apoyo ideológico. La gente que se siente sola, en el sentido negativo del término, debería comenzar a darle fuerte a las drogas a ver si se les pasa tanta tontería. 
He leído algo de poesía de Bolaño. La bicicleta de mi adolescencia tiene las ruedas en perfecto estado, y la he usado para ir al bar a comprar tabaco. Ahí he tenido que abrir la boca para pedir cambio. He intentado hablar de manera natural. Apenas he logrado balbucear lo que quería. Ha tragado mis monedas con disciplina y entrega, con ganas de ofrecerme el producto pactado de antemano. Camel. Me cuesta no fumar un paquete de tabaco liado seguido. Los cigarros se encienden solos incluso antes de haber terminado el anterior. 
Nadie debería fijarse en la señal de advertencia. 
Ayer por la noche comencé a jugar a Persona 4. Un juego de rol que se presenta fanáticamente japonés y tremendamente adictivo. Si no tuviese nada mejor que hacer jugaría un rato cada día. Pero tiran más dos tetas que todo el resto. Y hay que dejarse llevar, siempre. Dice Alan Watts que vivimos en una constante obstaculización respecto al exterior. Que vivimos permanentemente separándonos de lo que nos rodea. Que percibimos nuestro cuerpo como una entidad ajena. Algo que poseemos y que tratamos de manera aislada. Que nuestro ego es una mero gestor que nos garantiza el permanecer como seres individuales, y que nos recuerda el dolor para sentirnos vivos. Alan Watts dice cosas así y muchas otras. Otro cigarro Camel. Quería pasear media hora, quizás veinte minutos. Pero al final me he alargado media hora. Atravesando campos con trigo ya seco. Ruedas de tractor. Casas de piedra abandonadas. Tiros, a lo lejos, de cazadores aficionados. Me alejo de todo, conecto con este singular más allá que nunca se olvida de mí. Mi sexualidad penetra cada uno de los rincones vírgenes del planeta. Follar es un deporte que solo puede conducir a la victoria de la especie, especialmente si no fecunda nada en concreto. Si solo es placer por placer, y mejor con mujeres completamente desconocidas. El sexo no está sobrevalorado. Es el aburrimiento lo que está demasiado mal visto. Es la falta de experiencia lo que se ve excesivamente con malos ojos. Son las rubias lo que se respeta de una manera mal entendida. Y los muertos deberían bailar más a menudo con nosotros, los vivos. 
Han sido necesarias más de 24 horas para entrar, limpio, en el angosto pero luminoso sendero del aislamiento profesional. El iPhone sigue a su ritmo, y yo le sigo el juego, pero esta vez ya no hay equilibrio de fuerzas. Esta vez no tiene nada especial que decirme. Esta vez todo llega filtrado y renqueando, con las venas cortadas y en blanco y negro.
Buscando un nuevo cigarro desplazo la mirada hacia el ventanal. Dos cuervos están apoyados en la barandilla que da al patio trasero. Uno de ellos lleva una ciruela en la boca. La ha tomado sin permiso. No hay nada de lo que arrepentirse en su universo. Los expertos en leer el poso del café también tienen sus problemas. Y también toman café por las mañanas. Nadie podrá explicarme jamás por qué los dos cuervos iban juntos. Y eso me tranquiliza. No sabéis cómo.

Es hora de regresar, signifique eso lo que signifique. Ir muriendo con el paso de los días es el mayor regalo que alguien podía hacernos. Y los verdaderos regalos son aquellos en los que no es necesario dar las gracias. Estaríamos incomodando al que nos ha ofrecido su bien más preciado. Poniéndolo contra la pared. ¿Quién quiere ser así de hijo de puta?

Creo que ayer, a altas horas de la noche, compré un reloj por internet.

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