Laurent Garnier presents L.B.S. Vibraciones lacrimógenas. #TIME WARP 01

Levanto la cabeza. Miro al cielo a través de los cristales del techo de la floor 5. Gotas de sudor caliente compiten en mi frente. Sale el sol. El puto sol. Son las 7 a.m y Laurent Garnier lleva 2 horas pinchando y le quedan, todavía, 2 más. La temperatura en el interior supera los 30 grados. El techno en los festivales es una recreación bastante exacta del Tánatos hecho club. Es imposible hablar en la sala. Nada que decir, solo bailar, o algo parecido. Algunas cámaras digitales deambulan de mano en mano para inmortalizar lo que está ocurriendo.
¿Qué coño está ocurriendo?
Demasiadas cosas. Desde los 17 años el techno es una de mis amantes nocturnas. Pero esta vez el polvo apunta hacia un coito de tupidas dimensiones. De exageradas dimensiones. Garnier contonea su cuerpo y cierra los ojos a medida que sus dedos elevan los beat hasta niveles insospechados. Hablo con una italiana, de cerca de Milano. Le saco una foto. Cierro los ojos, pienso en su culo, y decido tirar hacia delante. Hacia la muchedumbre. 
Situarse delante en un concierto es reconocer que sacrificas la comodidad física por el delirio mental. Y es  alo que me remito. Mi mochila Eastpack guarda algunas cosas. Un mapa del festival, una cámara y condones, y polvo blanco. No, esto lo tengo en la cartera y está en el bolsillo.
Garnier también mira al infinito. Foto Resident Advisor.
En el escenario de Garnier hay más gente. Chicas guapas que se encuentran superadas por la situación. Fingen pasarlo bien, pero les jode que pese a sus modelitos provocativos y negros la gente siga mirando a Garnier. Están sus dos compañeros que hacen la gira con él. Y está Karotte, un Dj que ha pinchado antes y que bebe champagne a mansalva y baila a lo acid. 
Más fotos, más flashes. El sol asciende implacable y la luz rojiza machaca nuestros rostros. 
Pupilas dilatadas como paraguas tailandeses. 
Somos la generación de la energía desperdiciada. Con todo lo que se cuece en el Floor 5 bien podría cambiarse una nación de arriba a bajo, plantar árboles en todo Japón, inventar un yogur con sabor a té verde. Pero no, básicamente todo se reduce al hedonismo puro y duro y macizo. Cerrar los ojos, sentir el colocón, contonear el cuerpo, dañar los oídos, buscar el roce, bailar pisoteando el asfalto. Algo así como un placer indescriptible y asequible solo a cierto estrato de las nuevas generaciones. El resto, está quemando neuronas en frente de la tele y pajeándose por Internet y pillando por Facebook. Es otro estilo.
Me acerco a Garnier, haciéndome paso entre ingleses y españoles y algunos alemanes autóctonos y muchos italianos demacrados y garrulos.
Una chica me pregunta por qué llevo pase de prensa:
-¿Estás trabajando?- Me pregunta en un inglés macarrónico.
-¿Eres española?
-Sí.
-¿Conoces los cursos de Home English?
-¿Cómo?
-Pues que antes de salir del país a ningunear la imagen de tus amigos mejor cómprate un par de CD's y baila el Waka Waka con tu madre.
Estoy muy cerca del escenario. Detrás mío queda la tarima central con dos chicas que rondan los 18, rubias y tetonas, y sonrientes. Garnier prosigue su set. Su mujer llega al escenario. Karotte rebusca de nuevo entre las botellas de champagne vacías y no encuentra nada nuevo.
Me sitúo delante de Laurent. Lo miro a los ojos. Él tarda unos segundos en darse cuenta. Chocamos la mano. Voilà, el co-autor de Electroshock es una leyenda en vida. Un gurú de la existencia, de la constancia y de la pasión por lo que, en su momento, a todo el mundo se la sudaba (la electrónica). Con sus más de 40 tacos, pincha 5 horas con la misma camiseta y con algunos cigarros y una toalla que luego me regalará. Usada. Que le jodan a las toallas de serie. Esto vale pasta. Pasta de groupie, victoria de la comunidad.

Me agarro a la valla. El público enloquece con uno de sus grandes temas. "Crispy Bacon". Un aplastante boomerang de sonidos que prefiero enlazar en Youtube antes que romper la descripción en palabras. Wittgestein estaría orgulloso de mí.

Las mantos se levantan una por una. Como sin hubiera un orden establecido y previsto. Cada cuerpo siente el poder de la canción a su momento, y van cayendo como hojas en un día de ventisca otoñal (metáfora cedida del naïf japonés). Los flashes, que surgen menos efecto por la presencia del sol, siguen machacando los ojos de aquellos que no llevan gafas de sol. Yo llevo unas de Mango. Que no robé, básicamente porque eran baratas y plateadas y reflejan en vez de dejar ver los ojos, en mi caso verdes.
Manos arriba, brazos tensos, escotes emergentes, sudor desesperado, Tánatos de turismo por Mannheim.
El último de los últimos temas es el especial para el cierre The End de The Doors.
Atónito, veo como toda la sala comienza a sentarse al suelo. En silencio. No lo he visto jamás en un club. Tan solo en algunas manifestaciones contra la guerra. Ya no hay guerras que aturar, mundos que cambiar, esperanzas colectivas que reconvertir. Pero, si suena The End, y lo dicta Laurent Garnier, hay que sentarse. Sonreír, elegir entre cerrar los ojos y perderse o mantenerlos abiertos y aguantar algo grande, muy grande. 
Lloro.

Tratad de sentirlo, entendiendo la dificultad que supone el cambio de espacio/tiempo.

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