Las cocinas: el espacio ideal para la jauja familiar

Cortar pepinos, mear en la pica, pelársela y correrse en la nevera encima de los imanes de I Love Las Vegas y Disneyland París. Qué versátiles y prácticas son las cocinas. No entiendo por qué se asociaba, y se sigue haciendo, aunque con más humor, las cocinas con las mujeres. Con lo divertidas que son para toda la familia. El abuelo confunde el cubo de la basura con el váter. El hijo del vecino pilla sobredosis con la coca que encuentra en el estante superior de la nevera. "Te lo he dicho mil veces, Paco, guarda la droga en la nevera de casa de tu madre, joder". En la cocina la gente se reúne, incluso para hacer la ouija. Porque los vasos están más cerca, y la calderilla siempre está escondida detrás del microondas. En la cocina uno puede practicar el harakiri de manera improvisada. Una tarde cualquiera, tomando tu té y leyendo "Mi abuela es un reno, y yo como sal de frutas Eno", decides que ya tienes suficiente de todo y en un momento te suicidas, prefieres ser un fiambre que volver a enamorarte, conclusión la mar de respetable, aunque odiada por la iglesia, los anuncios de coches y los vendedores de colchones tamaño orgía.
-Hola, ¿tienen colchones para hacer orgías?
-Buenas tardes, cliente, sin poner en duda que le gustan este tipo de encuentros sexuales masivos, sí pongo en duda la gratuidad de los mismos, con lo gordo que es no le queda otra, lo entiendo. Pero no se preocupe, tenemos lo que busca.
Cama Traga Perra. Viene con pelo y semen de perro dentro del colchón que le da una elasticidad ideal para estar con japonesas cuya vagina se presenta como píxelada pero que, mágicamente, sigue siendo penetrable. Luego tenemos la cama Glory Hole, ideal para cuando se acaba la orgía y las mozas se van, así puede seguir metiendo el pene por sus orificios.
Mierda, se pregunta el gordo, yo quería hacerme el gracioso y de paso robar unos caramelos promocionales, pero cada vez que intento algo así el mercado se ha adelantado a mi humor. Me voy a suicidar.
Pero el gordo se equivoca, porque en vez de suicidarse en la cocina, metiendo por ejemplo la cabeza en el horno previa ingesta de somníferos para caballo, se tira por el balcón y, lógicamente, rebota y vuelve al punto donde estaba. Entonces le entra una depresión y acaba comiendo neumáticos en un vertedero brasileño.
Y todo por no haber creído en el poder multifuncional de la cocina.
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