La vida contemplativa. Live from my iPhone. Lost in vacations

Podría pasarme la vida de terraza en terraza. Pidiendo cañas, leyendo y yendo al baño a por un poco de amor blanco. Sería un plan ideal. Una manera de no hacer daño a nadie. Dejaría propina, de vez en cuando, especialmente si se tratase de camareras mozas recién licenciadas con un oscuro porvenir. Eso estaría bien. Para que se pudieran comprar más vestidos escotados y ahorrar para el alquiler del Hummer Limousine para la boda de su amiga Gertrudis.
En invierno, por culpa del frío y de la lamentable normativa que limita el placer del fumador a espacios abiertos, no me quedaría otra que beber dentro, leer dentro, y drogarme dentro y, muy a mi pesar, no fumar. Salvo en casos de aguantar hasta el cierre del bar. Y quedarme dentro y participar del jolgorío de bareto rollo Ley Seca del Pulmón.

A estas alturas, la vida ociosa, contemplativa, es algo muy del siglo XX. Dudo que salgan escritores decentes en estos tiempos. O morirán de sobredosis escribiendo su primera mercanovela o se dedicarán a llevar el blog del Mercadona. No obstante, la vida contemplativa del artista es sumamente necesaria hoy en día.

Alguien tiene que contemplar Todo Esto desde una terraza, fumando, escuchando Kolsch y leyendo. Y llorando por dentro, más o menos, por lo que pudo ser.

Este último párrafo es mentira. Pero, joder, no me digáis que no es emocionante.

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