La teoría mediática de silicona

-¿Te obsesiona la belleza?-me pregunta mi amigo de coeficiente intelectual 194.
-No sabes cuánto, compañero. No hablo únicamente de la física, aunque las tetas firmes están muy bien como prerequisito para tener una conversación interesante. Los labios caramelizados. Los zapatos a juego con la chaqueta de Tweed. Las patillas anchas, el bigote en forma de Dalí. Es básico. 
-¿Y qué hay más allá?
-Mira, hoy mismo he cambiado 14 cosas de la estética y el contenido del Vanit Dust. Color de tipografías, un logo de Twitter en tono de madera, grande y technokitsch. He puesto otra frase de John Ashbery en la lista, toda una declaración de principios. Me he sacado una foto bebiendo un cubata. La he recortado y la he mandado por correo al gabinete de prensa de los juzgados. He reordenado la lista de Spotify para crear una especial "piano" con Michael Nyman. Todo esto, amigo superdotado de coeficiente intelectual 194, es estética, es orden, pureza milimétrica.
-Es una manera de controlar, imagino.
-En efecto, el control y la disposición de elementos de mi virtualidad son tan necesarios como el jardín Zen de los monjes japoneses. Se trata de hacer cambios en pos de una idea subjetiva de la estética. Ello no implica lo bello, paso de cánones, que por algo estamos en el s.XXI. Ello implica lo "marketizado". La estética no se concibe hoy sin el marketing. En otras palabras, lo estético es estético porque el marketing ha dejado su mella. Un escritor, o cualquier artista, no se concibe sin el marketing. Puede concebirse, sin duda, pero posiblemente nos resulte un coñazo.
-¿No te estás liando?
-Sí, siempre la lío, ahora mismo me están llamando para montar una rave en el Parc Güell, pero rehuyo la propuesta porque estamos tocando un tema muy importante. Si me permites, sigo-Levanto los brazos como un cura en su momento álgido de la misa-, el marketing está ya dentro del propio discurso, del propio arte. Es así, y si no que se lo pregunten a los que se ganan la vida con esto. Hay que ponerse las pilas. Pero, veamos, no caigamos en marketing=comercial. Todo marketing pretende vender más u obtener mejores resultados. Pero ello no implica, como diría nuestro amigo Stuart Hall, que tengamos que aceptar el discurso dominante; ni someternos a lo que supuestamente está aceptado como marketing para las cajas de bombones para alcanzar nuevos horizontes de influencia.
-Entonces, ¿Es Lady Gaga un producto que emerge de la posición dominante?
-Joder, compañero, se nota tu capacidad intelectual 194, me estás poniendo a prueba y creo que tendré que tomarme una raya para seguirte. Si me disculpas.
Con su permiso, avanzo dos zancadas y saco una vieja tarjeta SIM para triturar la coca que he volcado cariñosamente encima de mi iPhone. Mis neuronas se contraen y un puñado de ellas muere de golpe. Ello agiliza y simplifica mi discurso acerca de la estética y el marketing y la preeminencia de un mensaje dominante que Lady Gaga podría haber adoptado.
[El momento del polvo]
-Ya estoy colocado, 194 (para abreviar este será su nuevo nombre), sigamos. Lady Gaga alcanza su estatus justamente por saber subvertir la ideología dominante a la par que rendirse a ella. Participa en la MTV, toca en el Palau St. Jordi y saluda a sus fans como "Mis monstruitos" (o alguna telettubiedad similar). Todo esto es una absoluta mierda. Y es demasiado dominante. Pero, al mismo tiempo, sale de fiesta por Berlín y se folla a tías y dice públicamente que toma drogas. Esto es lo que, combinado con su plena rendición a lo mediático, genera un pack que la catapulta a un lugar que solo lo dominante no alcanza. Y esto no es lo más interesante, lo más interesante es que sin la parte "trash" (drogas, orgías) tampoco alcanzaría dicho lugar. La implosión de las dos esferas la convierte en un ser que se beneficia de ambos modelos. Y de ahí que este año haya ganado 80 millones de euros y su música sea una auténtica basura sustentada a base de discotecas baratas y emos con crisis con el suicidio social (en realidad, duermen con un osito de la infancia).
-Ajá, creo que te entiendo. Entonces, ¿Cual es tu camino?
-Lo siento, 194, tengo que dejarte. Estoy diseñando un nuevo fondo de pantalla para una subasta de implantes de silicona que lanzaré por eBay en breve. Evidentemente relataré la experiencia por Twitter y escribiré un par de poemas basados en las mejores 100 películas con tías con tetas de silicona. Luego releeré El lobo estepario y arrancaré la página 145. La usaré como papel de liar, cuya ceniza será enviada a una funeraria -como si fuera la cremación de un cadáver-. Luego viajará hasta Monegros Desert Festival 2011 y allí será liberada ante la más que posible actuación de Richie Hawtin.
-¿Tomas muchas drogas no?
Pero yo ya me había ido, escuché la pregunta a lo lejos, como un desliz de curiosidad excesiva por parte de 194. Preferí no girarme para responder, por el bien del lector que prefiere la teoría mediática a la promoción de las drogas como Patrimonio de la Decadencia de la Humanidad.
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