La sorpresa nocturna

Los árboles danzaban con el gélido viento omnipresente en todo el territorio boscoso que circundaba el pueblo, solo profanado por una estrecha carretera sin pavimentar de único sentido.
No era el momento apropiado para mear a la intemperie, pero la bufeta de MonsCock tenía sus propias reglas, en especial cuando albergaba varios litros de cerveza ingerida en un lapso de tiempo reducido. Dejó el coche en la cuneta sin los warnings y se adentró en el bosque para poder evacuar sin riesgo de ser visto.
Los huevos de MonsCok pasaron del tamaño de dos bolas de billar a dos canicas, con el consecuente asesinato de cientos de miles de espermatozoides sentados fumando un cigarro, como si los soldados de "Senderos de gloria" antes de salir al campo de batalla hubieran muerto por un bombardeo aéreo. No creo que el tamaño de los huevos pueda variar, con lo que consideren la frase anterior como una mera metáfora para ejemplificar el impacto del frío en el cuerpo de MonsCock. Su pene no redujo visiblemente su tamaño, ya que superaba los dos palmos bajo cualquier temperatura.
Para miccionar, MonsCock no tenía más remedio que bajarse los pantalones hasta las rodillas. Por mera cuestión física, no podía sacar el miembro por la bragueta. Aguantó su pene con las dos manos y la manguera se puso en funcionamiento. El líquido amarillento roció copiosamente la hierba congelada, alta y crecida libremente a lo largo de varios años. El chorro (meaba a razón de botella de 1,5) cayó también encima de un viejo perro salvaje que dormía plácidamente y no había detectado el acercamiento de MonsCock. Sobresaltado, pasó a la posición de ataque. MonsCock miraba el cielo estrellado por entre las copas de los árboles e intentaba avistar alguna estrella fugaz para pedir un deseo. El perro vio un palo de 45cm en sus narices, que era lo que le estaba empapando su pelaje. Se abalanzó a mordisquear el miembro de MonsCock. Al ser un perro viejo, había perdido prácticamente toda su dentadura, con lo que MonsCock sintió de sopetón un súbito placer al ser mordido. Le dio una sensación similar a una mamada. Bajó la vista y ésta topó con una masa de pelo con patas que le chupaba la polla. Los lametazos del perro le agradaban sobremanera, con lo que se dijo a si mismo una de sus frases preferidas: "de perdidos al río". Fue así como Monscock descubrió la zoofilia, que sigue practicando a día de hoy.

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