La rubia, la celebración, y el encuentro fortuito

Yace sobre mi mesa de trabajo "Asimetrías" de Salvador Pániker, libro que única y exclusivamente leeré colocado y con una mujer desnuda a mi lado, trabajándome la entrepierna con esmero y dedicación (sí, claro, en su defecto puede ser de pago). Distraído, miro la calle, céntrica y concurrida, e imagino la cantidad de descerebrados que saltaban ayer noche por aquí aclamando al equipo de la ciudad condal por haber pasado a la final de la Champions. Yo vi el partido, pero solo la mitad. Un Porsche Cayman S se detuvo en el semáforo, y entreví desde la ventana del bar que una rubia escotada estaba al volante-tengo una vista entrenada para estas situaciones-, con cara de aburrida y de haberse pasado toda su vida contando dinero. Tenía los labios carnosos, posiblemente operados en la misma clínica de Miami dónde me implantaron la Monstercock. Salí del bar y un cretino flatulento eructó cerca de mi cara, quemando al mismo tiempo mi camisa Armani con tabaco de mala calidad, así que al salir del bar me quité la camisa, y acudí con el torso desnudo hacia el coche, que disponía a largarse. La rubia intentó ocultar una cara de sorpresa al ver mis pectorales emergentes, en proceso de construcción, mas a un nivel suficiente para ser arañados placenteramente.

Camino con paso firme hasta situarme delante del capó, apoyo las manos en él y noto los 240CV de potencia rugiendo, y la inminente calentura de la rubia, que sonríe entre estupefacta y expectante. Salto encima del coche, sin abollarlo, y bajo para situarme delante de su puerta. Pienso en sacar directamente el miembro y buscar la mamada, pero recuerdo que hay gente bastante fea mirando-pasando del partido, atraídos por nuestro particular espectáculo-. Ella baja la ventanilla y sonríe. No es de aquí. Pienso que es alemana. Siempre he sido bien recibido en Alemania, cuna del techno europeo. Me invita a entrar, cosa que hago al segundo, sentándome encima suyo delicadamente, mientras ella acelera. Le bajo el vestido y sus tetas quedan al descubierto, se las presento a mi lengua y ésta se ocupa de erizar los pezones y revolucionarlos, poniéndolos al ritmo del Porsche. Susurro, lamiéndole la oreja, "Hotel Continental", ubicado en las Ramblas, dónde sé que los culés celebrarán la victoria ante el Chelsea. Aparcamos en el privado, y accedemos a la Suite sin problemas y con varias reverencias. Efectivamente, el partido ha llegado a su fin y la zona alta de las Ramblas se puebla de energúmenos cerveceros y adolescentes con granos y pijas furcias de segundo grado. Los gordos con bufanda y megáfono se sienten importantes, ni que sea por un día.

Salimos al balcón con una botella de champagne-celebramos nuestro encuentro fortuito, no la victoria blaugrana- y la rubia-sigo sin saber su nombre- abre la botella y me rocía con el sublime contenido, acto seguido repasa mi cuerpo húmedo con su lengua y se detiene dónde le place, recogiéndose el pelo con una mano y clavando sus azules ojos en los míos.
Miro al oscuro cielo, iluminado fugazmente por los petardos. Entre destellos y truenos eyaculo, ella gime muy por encima del ruido general, ya que el eco magnifica su voz y, por un momento, los centenares de seguidores enmudecen, confundidos ante nuestra personal victoria.

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