La noche en que Paul Kalkbrenner, Ellen Allien y Sascha Funke convirtieron sus firmas en tatuajes con Happy Face en mi espalda

La nostalgia en dosis moderadas es interesante. Rememorar gestas que solo puede disfrutar el que las ha vivido es un poco rancio. Pero algo se puede tolerar si la ocasión está justificada, o pretende estarlo. Ese día eramos unos 1.000 bailando en Nitsa. 2007. Cuando se podía fumar, el aforo se petaba al máximo, hacía calorazo, la cola no tenía cintas en el exterior ni 20 seguratas por metro cuadrado. Y, los precios, eran incluso asequibles. Además, era también Abril. Hará ahora, pues siete años.
Mi estrategia groupie entregado fue sencilla y altamente efectiva, quizás porque al estar poco considerada en el mundo de la electrónica resultaba más fácil manejar el asunto. En la parte trasera de mi armario he encontrado, tras años de pensar puntualmente en ella, la camiseta firmada por Ellen Allien, Sascha Funcke y Paul Kalkbrenner. La misma noche, uno detrás de otro, estamparon el rotulador que yo llevaba preparado previamente en el bolsillo y en una camiseta gris sencilla que sabía que iba marcarse bien.
Paul, por aquellos tiempos, no es que no fuese conocido, es que sencillamente a la gente se la sudaba. Era Ellen Allien 100%. Recuerdo a la gente confundiendo a Sascha con Paul, o viceversa, y mirándome raro al verme pegando saltos y chillando sus nombres con dicción casi correcta. El primer en pinchar fue Sascha Funke. Fue, por lo tanto, el primero en firmar.
Me situé en un lateral del escenario y a grito pelao le llamé cuando estaba cerrando la sesión. Sonrió, vino e hizo en mi pecho el garabato más extraño de los tres. Con Paul fue algo parecido. Pacientemente, como el monje Zen que llama durante meses a la puerta del templo hasta que dejan que entre, bailé a mi rollo durante toda la sesión y, cuando Kalkbrenner cerró el chiringuito, se acercó y estuvimos comentando la jugada. Le dije que tenía un vinilo suyo. Se puso contento. Pee a tener el peor nombre, firmó con bastante precisión. 7 años después sigue leyéndose el trazo de este Dj incombustible que tan bien coquetea con el famoseo sin dejarse llevar (del todo). Recuerdo, ya en la salida, Paul caminando con aspecto cansando hacia un taxi, diciéndome que durante el Sónar volverían a Barcelona y que posiblemente pincharían en la playa. Sí, en 2007 todavía podían pinchar en modo chiringuito oldschool sin 200 controles de todo tipo y más.
Las firmas algo desgastadas de Paul Kalkbrenner y el señor Sascha Funke.

Sobra decir que Ellen Allien era la musa de mis delirios electrónicos. Me encantaba verla pinchar y bailar. Como ponía cara seria pero sonreía en cualquier momento y saludaba al personal. Pese a ser delgada como el grosor de un vinilo, imponía respeto a su alrededor. Será aquello que algunas personas célebres poseen, el aura de fuckers. Por aquel entonces bPitch Control estaba que echaba humo, repartiendo junto a Cocoon el lado más colorido del miminal. Y Ellen Allien se salía, todo el rato.
Abren las luces y la euforia se va liberando con tonos rojizos que emergen de las luces que rodean la pista de baile.
—¡Ellen! ¡Elleeeeeeeeen!
Me mira, sorprendida por el griterío. Desde donde se encuentra soy incapaz de decirle que me firme la camiseta. Mi voz se pierde por entre el gentío ebrio. Saco mi rotulador, se lo muestro, la miro a los ojos y hago el gesto de garabatear el aire. Entiendo —cómo no— y se acerca y la gente que ya se iba se gira al verla tan cerca. Me mira el pecho y pone cara de disgusto. La parte frontal de la camiseta la han copado sus dos colegas, con lo que Ellen me agarra de los hombros y me gira, poniéndome de espaldas a ella y mirando a la peña marchándose a por una vida mejor.
Ellen me firmó esto, justo antes de que un tropel de manos intentasen agarrar el rotulador mío para que les firmase cualquier cosa que llevasen encima. Su nombre, con letra de niña pequeña, y un happy face
Al encontrar la bolsa con esta camiseta he viajado exactamente a la emoción que sentí al salir de Nitsa garabateado por mis ídolos. Con el sudor todavía en la frente, el corazón acelerado, una media sonrisa y sin ninguna prisa por llegar a casa. Noto, justo ahora, un leve cosquilleo en la espalda. Me pregunto si, en vez de una firma, Ellen prefirió hacerme un tatuaje.
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