La mutación genética y la última generación de perturbados

Si el filósofo alemán Peter Sloterdijk pudiera pedir un deseo no lo dudaría ni un segundo. Que sus libros fueran traducidos al Swahili y que la ética científica y la moral occidental permitieran la modificación genética del ser humano.

Tenemos que asumir el fracaso ilustrado, afirma Sloterdijk, la escolarización y la cultura no han llevado a una sociedad mejor. Sino que se lo pregunten a la programación televisiva.
Pobres niños de 14 años que pasan 3,5 horas de media enfrente de la televisión, quemando neuronas y comiendo pan con nocilla. Pero no seamos fatalistas, la miseria televisiva contribuye a la paz social. Nadie necesita pensar en su existencia, basta con contemplar las desgracias de los demás. ¿No es maravilloso?

Regresemos a Sloterdijk. ¿Por qué tenemos que estar perdiendo el tiempo educando y enseñando a los niños a no pegarse si podemos modificar el "gen del mal" y crear una sociedad llena de gente que pasa el fin de semana tomando el té con los vecinos y cuidando bonsais?

Alterar los genes debería ir acompañado de ciertas mutaciones físicas, como la 95 de pecho y los 22cm de miembro viril. Y no sólo eso, habría que ampliar la resistencia al alcohol y a las drogas, para poder vivir más tiempo drogados. También implantar ojos en la nuca, y así poder contemplar a las mujeres dos veces, por delante y por detrás. Debería introducirse la visión tridimensional en las pantallas, para poder ver publicidad 3D en los blogs. Debemos preparanos para un mundo definitivamente mejor, pero primero citemos a Palahniuk: "Todas las generaciones quieren ser la última".

Nosotros podríamos serlo, la última generación puramente humana, cargada de defectos e imperfecciones absurdas, que confirman la teoría de que la naturaleza se equivocó con nosotros. Somos un exotismo histórico en el sistema solar, un grupúsculo de carne articulada que pasea su trasero por trozos de tierra separados por charcos en estado de putrefacción. Pero debemos creer a Sloterdijk. En la sociedad genética, todos seríamos Gandhi y tocaríamos la flauta en el metro con fines benéficos. Nuestra droga sería la manzanilla y el sexo se limitaría a las caricias antisépticas. Repito: ¿Acaso debemos seguir educando a decenas de miles de zumbados que andan con el móvil escuchando reaggeton por la calle?. Un chip sumiso sería más que suficiente para someterlos a la Bondad Suprema. Escucharían a Bach y a Beethoven y cantarian en la coral de Gospel del colegio. Cruzarían en brazos a las abuelas por la calle y votarían siempre partidos de derecha.

Sin duda, todo esto está muy bien. Mientras el padre Sloterdijk allana el camino para lograr el sueño genético, me sirvo una copa de vino y releo, como guiño a nuestra generación maligna, La senda del perdedor.

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