La meta musa de los 5 segundos

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-¿Me firmarás tu libro mañana? Es el día de la lectura, ya sabes, me haría ilusión...
-Pequeña saltamontes, debo recordarte, para el bien de la festividad de Saint Georgetown, que mi libro Destellos y disfunciones no se encuentra en el mercado. Se editaron 25 copias vendidas con antelación, con la tapa dorada y muestras simétricamente dispuestas de mis espermatozoides en la primera página. Y no olvidemos que como cuña final había la huella dactilar de Bim Ledan, nuestro amigo de las bombas retirado en Marbella, al que visito de vez en cuando en busca de un mensaje apocalíptico.
-Vaya, siempre llego tarde...-la chica baja la mirada, sus cabellos se adelantan hasta cubrirle la cara, dejando el perfil de su nariz con un piercing como único artífice visible-.
-Sí, siempre llegas tarde para las cosas trascendentes. El día de la subasta de mis implantes capilares (cuando decidí, hace 3 años y 2 meses, poner un bonsái en mi cabeza con todo su microclima incorporado) te dormiste en la estación de metro al regresar de comprar coca, y en ése momento un saudí con gafas de sol se quedaba con ellos tras previo pago de dos camellos y cuatro Lamorgini.
Dejo a la chica en medio de la calle. Su bolso, gris, deteriorado por un sobre uso nocturno, lleno de cosméticos y calmantes, queda anclado en su brazo. Con un gesto ancestral y coqueto, se lo arrima al hombro y rehace su camino hacia algún lugar.
Me planteo, al verla alejarse por las estrechas calles del centro, cuando fue la última vez que me encontré frente a frente con una mujer, y pensé, ni que fueran unos segundos confusos, en intentar algo más allá de asegurarme si sus medidas se correspondían con las pactadas por el stablishment hollywoodiense.

Los ideales románticos dictan que todo artista tiene o debería tener una musa bajo su estela creativa, que no sólo la quiera para follar cuando está ofuscado.
Bien, seamos líquidos y posmodernos, mis musas duran menos que un anuncio de colonia el día antes de navidad. Si sumamos los cinco segundos inspiradores que me aporta cada una de ellas a lo largo de un año, con sus múltiples matices femeninos, podemos configurar una meta-musa; un conjunto de mujeres que existen en mi hábitat creativo pocos cientos de milésimas cada una, con un abanico sugerente de atributos -y otros tantos defectos- que dibujan un panorama arrolladoramente estimulante para escribir. Pero, más frecuentemente las piedras, el cielo y los tubos de escape dobles me aportan mucha más creatividad. También me iluminan las televisiones apagadas, Dj Hell, Derrick May o Charles Bukowski por allá la página 67. Si ahondo en mi sinceridad, detecto que la inspiración- o el inventio- suelen responder, no a un encuentro con una musa presuntamente fugaz, sino a una especie de encuentro carnal con un ordenador lleno de teclas.
Ver un ordenador encendido es, para mí, como ver una aguja para un adicto a la heroína o como una pantalla llena de dígitos para un brocker de Wall Street.
Para escribir unas líneas he asaltado ordenadores de médicos, vigilantes de seguridad, imbéciles en Starbucks, cabinas de avión, viejas con un móvil de los 90 comprado en su día por una hija que ahora se desentiende, hasta he tocado a gordas con el antebrazo antes de darles un puñetazo para robarles el portátil.

La ansiedad para con la escritura responde a un deber divino para conmigo mismo, una necesidad consubstancial a mi ignorancia y poder económico que me confiere habitar en el primer mundo. Implica responder con un contrasentido literario el presunto sentido que tiene nuestra realidad cercana.
Hecha la introspección pertinente propia de un artista que se sincera parcialmente sin ninguna justificación, continuemos andando por la calle tras haber dejado a la chica con la cabeza bajada y el bolso gris y desgastado apretado contra su cuerpo.
Tras deambular haciendo eses por algunas calles estrechas alcanzo una plaza donde reina un orden aparente. Si se mira detenidamente, se pueden observar algunos vagabundos cargando con pesadas bolsas, llenas a su vez de otras bolsas, que contienen a su vez bolsas de plástico, que son el verdadero núcleo duro de su justificada carga.
Veo un trozo de césped libre. Me tumbo. Miro al cielo. Pienso en cuanto durará en mi vida la próxima musa. La veo. La miro, habla distendidamente por el móvil. Mueve las pestañas con espasmos dulces, puedo sentir su respiración festiva y desenfadada.
Inspiración.
¿7 segundos? ¿3?
No, cinco.
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