La luz al final del túnel de neones

Semanas decisivas a golpe de café en el estudio y en la redacción y en casa y en las terrazas. Convivir con la tensión y hartazgo del clímax universitario, la maldita licenciatura, cuesta. Especialmente cuando lo que quieres es escuchar a DeadMau5 y leer hasta el fin de los días abrazado al destino de lo intrascendente. En 15 días, si no reaparecen los zombies (como en el finalista del premio Anagrama de ensayo, Filosofía Zombie), es posible que en mi currículum ponga algo parecido a periodista. Y que por fin se acabe esta agonía de mantener este blog, mi humilde morada, en condiciones infrahumanas. Produciendo prosa acelerada y esquizo y pecando de falta de cariño para con cada coma, punto, tetas o tanga. Sí, voy a seguir con esto, sin duda, joder, momento emotivo. Es como si hubiera nacido con este blog, con los viejos compañeros de batallas aporreando teclados a cualquier hora. La pelota se ha hecho un poco grande, y el rulo tiene el tamaño justo para esnifar de nuevo. Y me sobran agradecimientos para todos aquellos que pululan por aquí a destiempo. Para bien o para mal, una vez cada dos meses y medio, tengo un rebrote del LSD y me pongo cariñoso delante de la pantalla. Y hoy es el día. 
Siempre se puede crear un grupo en Facebook "A mi tampoco me gusta cuando Vanity se pone moñas".
Seguimos fluyendo, y prometo alguna movida blogger grande para cuando esto de los exámenes llegue a su fin. Promise.
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