La humillación Ryanair Style [2]

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Perracas en las alturas.

Fumo dos cigarros consecutivos en la entrada del aeropuerto. Me noto serio. Pido un café. Paso el control de seguridad como quien pasa por un puticlub a saludar a las amigas (¿?). Los italianos son gente poco deseable. No todos, pero en general desprenden un aire de idiotez bastante generoso. Eso no repercute en la belleza de mucha italianas, que se asumen como portavoces de Dolce&Gabbanna en la vida real con un modesto resultado.
Mientras hago cola para el vuelo hacia Pisa, en asientos no numerados, veo a una mujer tratando de meter su maleta en la caja de tamaño máximo permitido. La pobre señora, mediana edad, empuja con fuerza. La chica que coordina el embarque mira justicieramente, asegurándose de que, por un milímetro de más, la señora pague lo que debe. No es un caso aislado, cada tres pasajeros, dos deben realizar este proceso de lucha contra la limitación del espacio. No vale un bolso y una maleta. No valen dos bolsos. No vale un bolso y una bolsa. No valen dos maletas. Hay que pasar por el aro, someterse al control estricto de la mirada de la chica, severamente entrenada para no mostar ningún tipo de debilidad ante los pasajeros que imploran clemencia.
Salgo caminando a la pista de despegue. Hacia el avión. Me noto serio. Llego de los últimos. Queda un cuarto del avión con asientos libres. Me coloco en una ventana. Es de noche, pero me apetecería ponerme las gafas de sol. Mientras leo e intento quedarme dormido sin éxito, suena una melodía de Vivaldi que da bastante por el culo. Un campaneto de oligofrénicos que pagan 30 euros para volar. Si los del club que me pagan el viaje se lo hubieran currado más les hubiera estado infinitamente agradecidos. No ha sido el caso. Y uno debe practicar esta especie de autocomplacencia, tan de moda, de reconocer lo afortunado que es. Mira cuanto paro y cuanto hambre en el mundo, y tu yéndote a Italia de fiesta, all included. Y es cierto, pero sigamos con el proceso de humillación Ryanair. Es una manera de generar una complicidad con todos aquellos que han pasado por lo mismo.
La puta música se reproduce en bucle. Un chico que se sienta detrás mio tararea a canción. Estupefacción, temblor. Llegan mis acompañantes aleatorios. Una mujer de unos cincuenta tacos que sonríe y se sienta en el asiento del medio, a mi lado. Gafas feas, tez arrugada, etc. A su lado va, imagino, su marido. Que juega con un iPad con la misma habilidad y lógica que un borderline recién horneado. Por megafonía van soltando mierda. Venden el diario As y El País. A precios diferentes. El de fútbol es más barato. Luego nos dan la bienvenida en idiomas ininteligibles. Obviamente, el puto bebé random que siempre aparece en un avión cuando crees que has tenido suerte, llora desconsoladamente. Si no se puede fumar en un avión, habría que crear una ley para que los padres y madres viajaran en aviones separados del resto del mundo, de gente normal y sana. La publicidad que ocupa los portamaletas superiores dice así: Crujiente porque madura en las alturas. Y  venden manzana. Me decanto por un remake: Caliente por maduras en las alturas. 
La señora sonriente, mi vecina aérea, pide la revista de Ryanair. Es como pedir un látigo para flagelar tu dignidad. En la portada, un grupo de chicas, imagino que azafatas bien pagadas y mal folladas, posa en bikini negro delante de un avión. La señora de gafas feas, tez arrugada, proporciones deterioradas, etc. se queda mirando la portada con interés. Me pregunto que pasa por su cabeza. Como se vive estando fuera del juego de la seducción mediática. Quizá es más fácil de lo que parece. O ella lo que quiere es mirar el bikini pensando en sus próximas vacaciones en Tailandia. 
Ahora venden agua por megafonía. Solo agua. Como una ronda de precalentamiento ante la horda de mierda que van a hacer circular por el pasillo. Las azafatas no hablan ni castellano ni italiano, sino una mezcla infumable y precaria de ambos idiomas. Habla el capitán, en una especie de monólogo forzadamente ausente, mecánico. Veo destellos de depresión oculta en su tono. No sé si pasará el próximo test mental de regulación.
Y AHORA, mientras escribo esto, llega el momento estelar.
"Señoras y señores pasaremos a vender nuestro calendario Ryanair 2012. El calendario anual tiene nuevos dibujos e imágenes. Cuesta solo 6 euros. El dinero va destinado a las mujeres...-lapsus- a una asociación de mujeres -lapsus- a una asociación que destina sus ingresos al cáncer de piel de las mujeres" -por los pelos, y muy confuso igualmente. Luego en inglés. Y luego repite lo de la asociación del cáncer de piel de mujeres. No sabía que en este tema hubiera también problemas de género. El calendario está bien. Tías en bikini, perracas dispuestas a llevarte al cielo mientras te sirven champagne y masajean tus sienes. Ni en Singapur Airlines pasa esto. Y en Ryanair solo les falta aceptar animales a bordo y tratar a los pasajeros con un bastón, en estilo pastor rústico. 
He perdido la cuenta de las cosas que venden. Billetes de autobús (¿?). El marido de la mujer de gafas feas, etc. tiene el iPad encendido justo antes del despegue. Un miembro de la tripulación le pide que lo apague "completamente". El marido etc. lo bloquea. Se inicia un diálogo injustificado, una lucha absurda de orgullo del señor con una mujer inclasificable. 
-Señor, no ha apagado el dispositivo. Tiene que hacerlo COMPLETAMENTE.
-Lo he hecho.
-YO TAMBIÉN TENGO UNO Y NO LO HA HECHO. SI NO LO SABE HACER SE LO ENSEÑO.
Obviamente, gana la tripulación, y consumidor del iPad borderline, completamente fascinado por tocar lo táctil y que vayan ocurriendo cosas en la pantalla, se queda sin juguete durante unos minutos. Lo pasa mal. Tiene también unos cincuenta años.
Han vendido cigarros falsos. Podré fumar dentro de unos 35 minutos. Vale la pena esperar.
Ahora venden perfumes y maquillaje. Venden incluso con ofertas. La tía no calla.
"Nuestros divertidos y además elegantes a la vez calzoncillos Calvin Klein [sic].
Eso es todo por ahora, ni siquiera hay turbulencias.
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