La fábrica de Mr. BRAIN WASHER, el arte urbano y subversivo de BANSKY

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El graffitero más conocido del mundo, con el archifamoso apodo de Bansky, logró labrarse a lo largo de años de trabajo de calle una reputación en el mundo del arte urbano. Todos los entendidos del tema le consideran el emblema de toda una generación de jóvenes artistas que se lanzan a las calles con ansia de cargarse la vulgaridad grisácea de nuestras calles, avenidas, bancos y centros comerciales.

Sin buscar la fama, ni tan siquiera el dinero, Bansky y su identidad real secreta atrajeron la mirada no sólo de curiosos, también de galeristas y coleccionistas de renombre. Llegados a este punto, analizando la trayectoria, nos encontramos ante el clásico artista "undeground" que alcanza la atención del stablishment sin pretenderlo demasiado. El tipo ve que puede sacar pasta de ello, y tratando de no perder su identidad ni la pureza atrevida de su trabajo, abre este camino.

No sé si fue Ives Saint Laurent que dijo que "los atuendos de los pobres son más interesantes que los de los ricos". Extrapolando la frase, es fácil decir que, a día de hoy, "El arte urbano es más interesante que el arte de los museos convencionales".

En esta feliz historia de amor entre la fama y la autenticidad, aparece en juego el señor Thierry Getta. Se puede definir de muchas maneras, una de ellas es, pongamos, la de un hombre obsesionado con las grabaciones domesticas, de nulo conocimiento cinematográfico y artístico, que se encuentra por azares de la vida inmerso en la cultura del arte urbano. Su ingenuidad, mezclada con ambiciones desmesuradas, le llevará a proclamarse como el graffitero Mr. Brain Washer, un fabricante (ojo con la palabra, no artista, sino fabricante) de productos nacidos en el seno de la cultura urbana enfocados directamente a un público masivo. El público, lejos de percibir ésta mutación, se centra en apreciar únicamente el trabajo estético, sustraído, paradójicamente, de su lugar natural, la calle.

La vanidad de MR. Brain Washer es fascinante: "Warhol está muerto, aquí estoy yo".

El núcleo duro de graffiteros recibe con estupor y sorpresa la hazaña y el éxito de MBW. De ahí que Bansky confiese "suelo recomendar a todo el mundo que se dedique al arte, ahora ya no lo tengo tan claro".

El dilema es el siguiente, ¿Es permisible "moralmente" que el arte original, nacido con una finalidad y en un contexto, pueda convertirse en una colección industrial vaciada de toda su potencia y sentido?

Hay dos cosas que me preocupan. La primera es la falta de pericia del propio MBW a nivel creativo, es más bien un manager, un gestor con tintes creativos que genera una producción desmesurada sin otro criterio que el de hacer ruido y tener éxito. Creo que el logro es fantástico, pero la autoridad cualitativa de MBW deja mucho que desear.

La segunda cosa es el papel del ejército de artistas "reales" que se somete a sus órdenes sin saber exactamente qué va a ocurrir. La mayoría terminan asqueados, con un buen fajo de billetes en el bolsillo, pero con la sensación de que les han tomado el pelo.

Warhol creó una fábrica muy diferente. Lo suyo era la cultura popular, con su cariz industrial y de masas, y logró un discurso artístico fundamentado en pasar el arte a las masas, dotarlo de baja cultura, elevarlo y democratizarlo.
Las fábricas molan, uno de mis proyectos de madrugada es formar una fábrica así en Barcelona, pensada por y para la performance literaria-artística, plagada de zumbados y chicas y macs y alcohol. Sin ocultar las pretensiones, respetando las autorías, las necesidades de cada uno, la mercadería suficiente para producir, los contactos necesarios para flipar, y rendir tributo a Can Ferrat, emblema del modernismo encabezado por Santiago Rusiñol.

¿Alguien se apunta?

Reflexión nacida a raíz de la película documental "Exit through the gift shop".
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