La Doctora Speed, los pies de Maya y el poder de Nintendo :: Berghain Chronicle

—No tengo claro que vayas a entrar de nuevo esta vez. En serio, la otra vez casi te trincan por tu chaqueta demasiado hipsterosa —Dominik no perdona, me la tiene jurada por el último rejected en Berghain que solo pudimos solucionar tres horas después.
—Vamos, no me jodas. ¿Pero no estábamos en lista?
—Sí, y eso es lo que me da más garantías de que estés listo para meterte de nuevo dentro. Pero nunca se sabe.
Mientras mantenemos esta conversación que bien podría ser la de dos zumbados tramando el acceso a alguna secta que sacrifica cabras en las alcantarillas de Berlín, Dominik va sacando todo el material lisérgico que ha preparado para la ocasión. Esta vez los aprovisionamientos han mejorado en cantidad y variedad, hasta un nivel profesional clubber Co. Ltd. Es decir, una dieta energética que podría alimentar a cuarenta policías durante 10 días de disturbios ininterrumpidos delante de un Starfucks céntrico, y aun así volver a casa ensangrentados y follarse a sus mujeres, habiendo pasado antes en masa por un burdel.
Tengo preparada ropa negra. Pitillos negros, sudadera negra recién comprada, con un cuello ancho estilo buff, tremendamente darky, unas botas Munich azul oscuro, y una camiseta recién comprada en una bonita tienda berlinesa. Dominik consigue las drogas a través de un espacio digital sofisticado e infalible. De la mejor calidad, venido de cualquier parte del mundo. En su buzón. Es admirable la capacidad por encontrar cosas increíbles que tiene este hombre. Pocos tenemos la suerte de aprender y ser maltratados a partes iguales por un tipo así.
Menú 2 personas para El Festival Techno del fin de semana

2 pastillas Nintendo. 2 gramos de MDMA 87% de pureza. 1 gramo de coca. Incontables cervezas. 2 paquetes de 35 gramos de Manitou.

Bon appetit, chers amis.
Este delicioso combo se presenta como un menú suficiente para un buen soplo de techno que se alargará hasta más allá del atardecer.
Son las 8 de la mañana. Domingo. Berlín amanece nevado. Dominik sigue a lo suyo, tarjetas de crédito en mano, trabajando el polvo blanco y repartiendo las movidas en bolsas. Es como si estuviese en una tienda de chucherías para yonkies. Preparo mi ropa, a un ritmo parecido a este tema:
La mezcla que tengo bajo mi piel es un cruce entre nervios esquizo del que va a hacer algo grande —un atentado, pongamos—, ansiedad festiva, ganas de drogarme ya y mucho mono por moverme al ritmo de un techno implacable e incombustible. Solo quien ha estado en Berghain sabe lo que se siente al cruzar las cortinas plastificadas, superar el control de seguridad, caminar por el pasillo, escuchar de fondo la vibración del templo, cruzar el arco hacia las escaleras metálicas, dejarse llevar por ellas hasta arriba, haciendo la L del descansillo, como los jugadores saliendo del túnel de vestidores antes de jugar la final de la Champions Merca League.
Dominik me cede la parte de mi dieta para las próximas horas. Salir de casa es saber que no voy a comer durante al menos 15 horas. Me lo guardo en los huevos, dentro de los boxers, lugar a prueba de cualquier tipo de inspección. Desayunamos cuatro cosas, no hay hambre, no cuando estás nervioso. No cuando Berghain espera rodeado de nieve esperando a que te atrevas a meterte de nuevo en su oscuro y ácido estómago electrónico.
–¿Preparado para ESTO?— Dominik se levanta y respira hondo y se coloca bien el pelo. Se dirige a la tabla de mezclas que tiene en el comedor y coloca, casi religiosamente, este tema en vinilo.
Las palpitaciones coinciden exactamente con los bajos de la canción.
—¿Llevas suficientes condones, V?
—A la orden. No se trata de hacer hijos bastardos en Berghain. Berlín es una ciudad de gente joven con muchos hijos porque los clubbers son unos pasotas y sudan de ponerse condones. Y luego pasa lo que pasa. Una ciudad progre, enrollada. Claro que sí. Vagos yonkies, ese es el marrón.
La calle nos recibe gélida e impasible. Taxi.
Dominik es conciso y directo.
—Berghain—el taxista, inexpresivo, asiente, y nos ponemos en marcha.
El trayecto transcurre con una seriedad parecida a una marcha fúnebre. No hay bromas. El sentido del humor no existe cuando todavía no estás dentro del club. Miro por la ventana, busco mi reflejo en el cristal para asegurar que llevo una cara de samurái asesino de adictos al house ibizeño y con un temperamento propio de un piloto kamikaze de la II GM en dirección a petar la zona alta de Barcelona. Cuela. Creo que sí.
Bajamos del taxi. Un frío viento se cuela por mis fosas nasales, todavía bastante utilizables. A un centenar de metros, las luces estroboscópicas resplandecen en la sala de Panorama Bar. Es como un Universo paralelo. Está el mundo exterior, y luego El Club. Sus propias leyes, su particular idiosincrasia, sus baños unisex con capacidad para 4-6 personas. Sus escaleras metálicas, los cuartos oscuros en los que entras y no sales. El equipo de sonido más arrollador de los conocidos hasta la fecha. Altavoces entrenados para escupir toneladas de beats durante más de 48 horas seguidas. Y también sus techos altos, majestuosos, y sus celdas y las persianas de Panorama, que se abren unos segundos a eso de las 9 de la mañana del domingo y desatan las salvajadas y los aullidos de los que ahí se congregan.
Caminamos como en una procesión sectaria hacia la entrada. Mi sudadera AirWalk con cuello y capucha me protege de las brisas gélidas. Cielo gris. Cielo Berghain. Hay unas 20 personas en la cola. Momento tranquilo pese a ser una hora punta como las 8 y pico de la mañana de un domingo con el cartelazo que nos espera. En la zona de los invitados, apenas un par de personas. Y esa es nuestra cola.
Dominik no titubea ni un segundo al decir nuestros nombres al portero:
—Dominik TooMuch and Vanity Dust.
El portero chequea los nombres. Los encuentra. Tacha, y nos indica que podemos pasar.
Los seguratas de la entrada hacen la comprobación pertinente para tratar de encontrar la merca. Si la guardas en el epicentro de tus pulsiones sexuales, tienen que ser muy pero que muy fisgones para pillártela.
En un abrir y cerrar de ojos estamos ya en el guardarropa. Esa sensación de desprenderte de toda protección, de todo artificio. El guardarropa de Berghain ocupa casi un club medio de Barcelona. Filas y filas de prendas pulcramente ordenadas. Se pueden comprar camisetas del sello, por 20€. Pero qué mejor recuerdo que lo que está al caer, lo que ya se respira proveniente de la sala principal. Chaquetas fuera. Ahora sí que Dominik sonríe, ahora sí que estamos en Berlín de nuevo. Los dos juntos, y toda un partidazo por delante. Patrocinado por los djs Barnt y Maya Jane Coles (eso solo en la primera parte).
—En esas habitaciones de ahí la última vez que estuve aquí vi a dos tíos follándose a una tía. Fue divertido.
Dominik y sus anécdotas. Subimos las escaleras.
Berghain, la sala principal, resplandece petada. Es extraño. Volver a Berghain produce una sensación parecida a la de volver a casa, o a la de reencontrarte con ese viejo conocido al que ves tan poco, por culpa de que siempre le joden la condicional.
La primera visita obligada es el baño, por supuesto. Hacemos poca cola y nos metemos en los baños que quedan en la parte trasera. Estamos en los baños de Panorama, lugar menos habitado por tíos en cueros ultragayers y más practicables para socializar. Jode lo suyo quitarse la cinta adhesiva de los huevos para liberar todo el equipaje mercadotécnico.
¡NINTENDO TIME!
 
Si vas vestido de médico y con eso en la cabeza, seguro que entras en Berghain.
Nunca me ha molado tomarme pastillas. Con mi alta dosis de medicación psiquiátrica, basada en productos químicos en fase experimental junto con algún concentrado que revienta la dopamina de mi cerebro, tengo suficiente. El resto es bueno que entre por la nariz o por la boca. Pero la insistencia de Dominik es tal que me meto media pastilla, la más recomendada por los usuarios del portal digital merca-zon, y a correr.
Salimos dignamente y sin prisas del baño. Sin ojeras, casi bien peinados. Andamos a paso firme dirección Dj Barnt, en la sala Panorama. El festival es alucinante. Hasta que el ácido no haga efecto, la sensación de estar completamente fuera de juego, es decir, en frío, es alucinante. Gente sudando por todas partes, morreándose al ritmo de esta exquisita música que sale de la tarima suspendida por cadenas. A codazos, frescos como una rosa, nos plantamos en medio de la sala, cabeceando y a la espera del subidón. Vamos a por birra. Aprovecho para liar un cigarro. Las birras han subido 20 céntimos. De manera que siguen costando casi la mitad de lo que valen en el Apolo. 48 horas de fiesta menos que a mitad de precio de lo que valen 4 horas de mierda en Barcelona. Las comparaciones no son odiosas, son necesarias.
—Dominik, esta mierda me está comenzando a pegar. Noto como un sudor frío en la nuca.
—Joder, pues dile a la inglesa esta loca que tienes detrás que deje de lamerte, coño. —Dominik siempre tan atento a las cosas que me pasan sin que me dé cuenta.
Mientras la pastilla de M basada en Super Mario y Zelda y Donkey Kong prosigue su exitoso camino hacia la epilepsia, me acerco hasta la tabla de mezclas. La humedad del cristal de la birra resbala por mis dedos, y mi camiseta gusta a una chica rubia que tras agarrármela y sonreír se larga por ahí. Observo con atención a un japo muy concentrado, bastante bajito, que está enganchado delante de los platos de Barnt. Ojos cerrados, más sudado que una gorda en una sauna. Mide 1,50. Prefiero no molestarle. Si fuese una japonesa con mini tetas y los ojos maquillados a lo geisha, otro techno cantaría. Como no es el caso, me concentro en la música.
Tiro hacia la barra a buscar a Dominik. Está al lado de dos chicas, sin decir nada, únicamente moviendo la cabeza, al ritmo de los bajos. En la barra veo que un alemán que tiene pendientes y un piercing en la nariz pide un café. Hay que cuidarse. Vamos a dar la tradicional vuelta a las celdas de Panorama. Están bastante animadas.
Intentemos imaginar a 600 personas encerradas en la misma sala con paredes de cemento. Unos altavoces con unos bajos más altos que Pau Gasol y una penumbra solo entrecortada por flashes verdes y azules. Pongamos merca en el cerebro de 400 de los asistentes, y una ración doble para el japo bajito. Sumemos algunos escotes festivos, tres o cuatro travolos, puretillas entregadas al vicio, alemanes con los ojos en blanco, y este tema:
Pues bienvenidos a Berghain a las 11 de la mañana

Esta, que ya es la tercera vez que me encuentro en una situación similar —las otras dos veces, sin la Nintendo correteando por mis entrañas. Joder, qué poético: 'una Nintendo correteando por mis entrañas'— reconozco una reacción exactamente igual que las dos anteriores. En Berghain no puedes pensar en nada. Ni en tu pasado, ni en tu futuro. Nada. Aquí poco importa de donde vienes o a donde irás después (a no ser que sea a un after de lunes por la mañana, tela). Si no te importa a ti, imagínate a los demás. La cosa se mueve en el presente, en el Right Now. Cosas como con quién bailas, cuanto falta para que vuelvas al baño, si esa tía la chupará tan bien como te imaginas, o si ha comenzado ya Maya Jane Coles o es mejor quedarte en la sala 1 viendo el percal gayer con los ojos de un japonés delante de la Sagrada Familia. Todo esto es lo crucial en el club. El resto, tonterías y pasatiempos para esa-gente-rara-que-nunca-ha-estado-aquí. Y, sobre todo, la música. Vaya que sí.

El flash ahora me lleva a una chica rollo emo con un escote asesino, piel blanca y ojos oscuros, que baila bien. La mayoría de chicas sabe bailar —no como los tíos—, otra cosa es que bailen bien. Bailar bien es dejar entrever que te sobra energía y clase al mismo tiempo, que derrochas elegancia con tus movimientos marcados, que sabes hacer de guarra pero siempre marcando el punto clave en el que retomas la frialdad. Y eso no es tan fácil como parece, la verdad. Hablo con ella, o balbuceo alguna cosa. Aparece un maromo raro. Hablan en italiano. Ah, es eso. Los mediterráneos siempre supervisando las propiedades. No sé qué es mejor, porque los alemanes hacen lo contrario. Le metes la chapa a una tía durante media hora, y cuando ya vas a sacártela aparece sutilmente el germánico de turno. Esperan al último minuto para cortarte el rollo, nunca mejor dicho. Angela Merkel no sale de la nada, está claro.

Los temazos se solapan. Llevamos 4 horas aquí metidos y esto arranca cosa fina. Ahora mismo estoy en modo Nintendo-Tetris, y me muevo robóticamente y feliz. Dominik me pilla del brazo y me señala los baños. Allá vamos. MDMA kicks back.

El M que tenemos, ese tan puro, es marrón. Y sabe suave, no como otros ácidos. Es como azúcar moreno, le diría a mi abuela si me preguntase qué llevo en el bolsillo. ¿Para el café? No, abuela, para darlo todo.

El día es gris, cosa que no me preocupa en absoluto. Hemos salido a una falsa zona de fumadores. Digo falsa porque aquí se fuma en todas partes. Dominik me presenta a una amiga suya. Es diseñadora. Y a  una amiga de la diseñadora. Están festivas, pero no demasiado buenas. Una de las dos no tiene ni idea de inglés, justamente la amiga. Pero cuando uno va ciego hacer el imbécil con los idiomas no supone un problema:

—So, what do you work on, lady?—este soy yo, inglés decente, pulible pero decente. Advanced Certificate, y sin copiar. —I am Ok. I work in boring job. In the office. Not good. Boring. No like. —se está saliendo la colega. —Wow. But boring people doesn't exist in Berghain. —Hehe. But here is different. Just free. What is your work? —Broker. Specialist in Standards&Poor 500. —Dominik is boyfriend of you? —What The Fuck, lady. He is my mentor, my master and my dealer. But I don't fuck with him. FairPlay.

Dominik, mientras tanto, ya está magreando a la colega, que parece más divertida, más interesante. Y no me gusta ser el pagafantas. Así que les digo ciao y me piro a las catacumbas. A la sala Berghain.

Me pierdo por entre las nubes de humo y me sitúo cerca del dj. A las 17h llega Marcel Dettman, pero ahora son las 2. Mierda. Las 2. Maya Jane Coles ya ha comenzado hace rato. Gran Error. Subo corriendo las escaleras metálicas y me planto en la sala. O lo intento, el bullicio y el calor me impiden el paso. Tengo que pasar a modo Donkey Kong, es decir, ponerme un poco chimpancé, meter por aquí y por allá, rozar alguna berza suelta, y ya. Ahí estoy, de nuevo bailando, pero esta vez el flow que manda es el Deep inconfundible de Maya. Es ella. Tanto he soñado con ver de nuevo a esta mujer, y la tengo a menos de 10 metros. Una cosa es ser groupie de cuatro petaos con una guitarra y pelo despeinao. En un concierto en que todo el mundo se sabe la letra pero que nadie pronuncia bien, y encima chilla como ilusionado ante cada nota. Otra es ser groupie de Maya Jane Coles. Es todo mucho más serio, una entrega comedida, respetuosa. Y los energúmenos groupies los dejamos para otras salas y otros momentos. No hay que querer follarse (demasiado) a la dj que admiras Luego hablaré de los momentos estéticos, y esa es la actitud.

Y es en las distancias cortas donde se deciden la mayoría de cosas interesantes (desde un bukkake hasta una clencha, pasando por un cojín y unas esposas), y no recuerdo haberme encontrado con nada  tan interesante como los pies de Maya Jane Coles y sus Converse.

Luce su flequillo habitual, perfectamente cortado al estilo cuchillo japo, pero en diagonal. Pestañas alargadas y negras, maquillaje mínimo, máxima concentración. Lo cierto es que los platos y la tabla de mezclas son casi más grandes que ella, cosa que da un resultado un tanto aparatoso. Y el detalle, ese detalle. Por entre el gentío, entre vestidos negros cortos, pulseras de pinchos y puños cerrados, entreveo el pie de Maya marcando el ritmo. El sonido alrededor te deja sordo de placer, pero hay otra liga. La del ritmo de ella. Como comentaba antes, hay muchas tías que saben bailar, pero no tantas que lo hagan bien. En el caso de las mujeres dj, la cosa cambia. Digamos que hay muy pocas tías que pinchen, y de las que llegan alto casi todas lo hacen bien. Pienso en cuatro, concretamente.

Nina Kraviz (la yonkie killer-femme fatale) Ellen Allien (la eterna diva enérgica y vital que me hace babear extreme) Misstress Barbara (que cuando le daba al hardtechno me hacía delirar cuando Monegros molaba) Maya Jane Coles (la pequeña pero matona con un toque virginal muy muy oscuro y perverso)

Pues Maya Jane Coles lleva discreta y coquetamente el ritmo con su pie derecho. Y eso es sublime.

—El pie de Maya, fíjate —es la voz de Dominik, que parece que salga de los altavoces pero no, está detrás mío). Este tipo piensa cosas demasiado parecidas a las mías. —Ya, yo también estoy en ello. Estilazo.

De golpe entiendo por qué hay gente que le ponen los pies. Eso sí, lo de las pajas con los pies no me queda claro. Es como desaprovechar el resto, más útil y con un tacto más agradable.

Lo curioso es que Maya no mete ninguno de sus temas conocidos, ni What They Say ni nada. Va a su rollo. Es normal, en Panorama hay que probar otros temazos, sorprender a un público exigente, como el japo enano. Se ha quedado sobado al lado de la tabla de mezclas. Es normal. Es japonés. Lo bueno de Berghain para él es que, como no se pueden sacar fotos, nadie le va a robar la cámara.

Termina Maya y la Nintendo me lleva a

La Galaxia Happy Happy y luego al baño.
—Son las cuatro de la tarde. Llevamos aquí 7 horas. Es hora de catar la coca, my friend.
—Dominik, eres como El Bulli en modo merca, controlas los timing como unos fogones on fire.
Bajamos al baño de la sala grande. Hay mucha cola. La gente charla distendidamente. Esto no es el infierno, es como un paraíso un poco raro, nada más. La imagen de los sofás que están a la entrada del baño dice que son muy cómodos, o eso parece, ya que siempre está llena de tíos apretujados —algunos sobando, a saber si llevan desde el viernes por aquí dentro— sin camiseta y con unos gayumbos la mar de majos.
Dominik me susurra el código en clave: Toilette trick, dude.
Hay dos tías que parece que van a entrar juntas al baño. Fuera de este lugar ajeno a todo, todo el mundo se pregunta por qué las tías van solas al baño. Para aguantarle el tanga, dicen unos. Para aguantarle el bolso, dicen otros. En Berghain no existe tal duda. Es para meterse merca más tranquilamente. Y a la hora de interactuar, mientras que en un bar a las cuatro de la tarde no funcionaría muy bien querer entrar al baño con dos tías, aquí el flow lo hace todo mucho más fácil y tentador.
—What are you on? —Dominik rompe el hielo. La que lleva una chaqueta fina negra, no especialmente guapa, pero sí ciega, responde.
—We are on M. Too high! What do you have?
—We are gonna have some coke now.
—Sounds great, can we join?
—For sure.
El truco de Dominik es darles ketamina en vez de coca, y ver qué pasa. Siempre pasan cosas bonitas.
Tras un buen rato de cola sin hablar, finalmente entramos los cuatro en un baño. Ahora los nuevos baños del piso de abajo tienen verjas y son muy opresores. Es decir, adecuados para el lugar. Solo faltaría que hubiese pájaros como stickerwall. No te jode.
Entramos y procedemos al tema. Yo aguanto el iPhone 4 de Dominik. Dominik pone cara de ciego, achicando los ojos, y busca entre las bolsitas de merca. Ellas nos preguntan si queremos de lo suyo. Yo le acaricio las nalgas a una de las dos. Me mira. Creo que ni se entera. Sonreímos como gilipollas y le pellizco el culo. Nos enrollamos un rato. Pero Dominik llama mi atención. Tenemos que trabajar. Saca la merca. La otra chica, que por ahora está pagando fantas, prepara un rulo no muy currado. 2 clenchas de keta para ellas. Y un poco de magreo. Pican a la puerta. Claro, llevamos como 20 minutos. Qué rápido pasa el tiempo en los baños de Berghain. Es como el día de reyes para los niños. La noche se hace eterna y no se pueden dormir. Pero en cambio cuando tienen los juguetes y comienzan a hacer el imbécil con ellos pam, ya toca ir al cole. Son las 6 de la tarde. Vamos a la sala principal.
La sala vuelve a estar de lo más animada. El beat es literalmente inasumible. Las orejas tratan de sobrevivir al brutal sonido de Dettman, pero fracasan. Es otro EpicWin del techno alemán. Contoneo mi cuerpo al estilo techno detroit de los ochenta, modo loco, sabiendo que pasaré totalmente desapercibido. Y mientras Dominik se enrolla con una tía rara. Es griega, me cuenta después. Con lo mal que está el país y mira tú la colega cómo se lo pasa. Hay que ver.
Tengo mi más de medio gramo de coca en el bolsillo. Y quiero degustarlo solo. Corretear por la central eléctrica reconvertida, en modo alone, siguiendo los designios del libre albedrío, es de lo más divertido. Hago la cola pertinente en los baños de Panorama. Conozco a un tipo que dice ser dj. Me da su Facebook. Dentro del baño, aprovecho mi pierna para poner el tema encima de mi iPhone, y reparto con la tarjeta. Podría caerme todo y joderse, pero gracias a Maya la cosa sale bien. Un buen filete, y ahora a descansar. Me siento en unos bancos que están en el pasillo hacia la sala, al lado queda un asiento vacío. Voy mirando a las chicas, pasan felices y ciegas. Y con mucho látex y cuero. Cuando estoy a punto de levantarme para ir a ver qué se cuece en Panorama, una soberbia morena con tacones de punta y unos pitillos negros se sienta a mi lado. Labios rojos, ojos claros. Saca un paquete de Marlboro y me pregunta si tengo fuego. Se lo doy. Se enciende el cigarro frunciendo el cejo, lo tiene fino, depilado y kamikaze. Vamos a ello:
—How do you feel today at the temple? —pregunto liando yo un cigarro como quien jugaba al Angry Birds en 2011.
—Quite nice —fantástico, habla bien inglés. La peña que no sabe inglés suele decir good, así que buen comienzo— It's been a long time since I was here last time. I'm on exams.
—I'm from Barcelona, I was here the last time...like 4 month ago.
—So, you come to Berlin to party?
—I have a friend living here. He's an artist and an Onfireist. So I come here to visit arty stuff and, of course, go to Berghain. I'm here since 9 am. So it's been like 10 hours now.
—Wow, you are a pro. I've just arrived.
—What do you study?
—Medecine.
—And you smoke tobacco and go to Berghain even being a doctor? I love this kind of doctors.
—Haha. You are funny.
—I'm high, that's all. Are you high?
—I have speed.
—I have coke, Nintendo and MDMA. Wanna try?
—I wouldn't mind to take some coke.
—Cool, my doctor.
Berghain Toilette Rules
(y esta es la crónica más larga de la serie Berghain Chronicle)
 

El consejo de ligoteo mejor guardado del club es, sencillamente, preguntar a las chicas de qué van ciegas, ofrecerles tu merca e ir juntos al baño.

100% efectividad. #EpicToilette #VanityDixIt

La doctora dice que es mejor que vayamos al baño que está en la entrada, al lado del guardarropa. Me parece bien. Bajamos por las escaleras metálicas en forma de doble L hacia la planta de los dark room para heteros. Todo está tranquilo. El culo de la doctora promete. Lo contonea sin excederse, siendo natural y productiva. Es la diferencia de los culos de las chicas alemanas, aumentan la productividad al caminar.
Esperamos unos 15 minutos, momento en el que aprovecho para mear en unos meaderos de pared. Ella finge no mirar.
Nuestro turno. La agarro de la mano. Las doctoras aportan seguridad ante la oscuridad de los baños de la planta baja. Tal cual, clava su pie en la taza del wáter. Clac. Resuenan sus tacones. Saca su merca. Pensaba que era yo el que tenía que sacar la merca. Me mira, diciendo ola k ase pero en alemán, que es algo así como Heil k asenfür. Así que saco mi coca. Ella prepara un par de clenchas muy generosas. No entiendo por qué tenemos que hacer un doblete. Son las siete de la tarde y todo me da bastante igual, menos mi doctora de la zona de Munich. El baño de la planta baja tiene una enorme repisa. Mucho más fácil. Ella sigue con una de las piernas en la taza del váter. He visto pocas imágenes tan bellas en la vida. Una mujer medio abierta de piernas, de unos 26 años, toda de negro, apartándose el pelo para meterse una clencha y con los labios apretados pintados de rojo oscuro. Doctora tenía que ser.
Hacemos el doblete. Y entonces caigo en la cuenta. Lo que ella tenía era Speed. Yo coca. Así que ha sido una doble clencha especial. Speed y coca, una por cada agujero. Suena bien. A ver qué pasa.
Nos besamos, ella me separa. Me vuelve a besar. Me mira fijamente a los ojos y sus pupilas conquistan hasta los restos de polvo que han quedado en la repisa. Abre la puerta del baño. Me mira de nuevo:
—I won't probably see you never again. It's been a pleasure.
Y se larga. Hay muchas maneras de que te dejen con las ganas. Y reconozco que esta es la mejor que me ha pasado en mucho tiempo. Uno de mis objetivos en la vida, no muy complicado de entender, es el placer estético. Y para llegar a lo estético se necesita primero un profundo trabajo mental y espiritual. El gusto por lo estético no es solo referente a lo material, que está muy bien, especialmente tras la invención de las tetas de silicona y el iPhone 5. Pero hay más que eso, como por ejemplo lo que acaba de ocurrir. Hay momentos que se prestan a ser escritos, plasmados, revividos, inmortalizados.
Nunca más volveremos a vernos. Y nos hemos conocido hace media hora. Hemos compartido baño, ha abierto las piernas para drogarse. Y su perfume estaba bien. Nada cargado, sencillamente efímero y yonkie. Me ha besado. Nos hemos besado. Tenía, también, crema de protectora de labios.
Ya es de noche en Berghain. Bueno, aquí nunca sale el sol.
-TÍO. SE ME HA IDO LA OLLA Y ME HE METIDO LA OTRA NINTENDO.
En efecto, es Dominik, la mar de contento a las 10 de la noche. Imaginen esto pero en modo artista español afincado en Berlín
De nuevo en Panorama. Y esta vez ocurre algo milagroso, sublime. Que ya comenté en otro post, el primero de esta tercera vez. Por si no recuerdan, va sobre esta mujer
Es Ellen Allien y los domingos por la tarde va de copas a Panorama.
Baños. Baños. Baños. Están petados y el agua cae a chorros por las picas. La gente sigue llenando sus botellas de agua como si nada. En peores plazas hemos toreado, pensarían los alemanes si tuviesen toros en su país.
11 de la noche. Lo veo todo como borroso. Con Dominik nos ha entrado la fiebre del M. Dale que dale. Teníamos un gramo cada uno. Él ha terminado el suyo (previsible). Y ahora estamos fundiendo el mío. Doble chupada. Vamos allá. Baila que baila. Lo sorprendente de Berghain es que nunca se vacía. No hay un momento decadente hasta, quizás, el domingo a las 4 de la mañana —técnicamente lunes—. La gente se renueva constantemente. Cada X horas hay un nuevo equipo que se incorpora a la fiesta. Lo habitual es que se pete el sábado por la noche. Luego los guiris que han conseguido colarse se piran muertos sobre las 9-10, y entran los heavy berliners. La cosa aguanta hasta las 6-7, hora en que otro rollo de berliners abiertamente trash entran, como mi estimada Doctora Speed.
Y, a partir de las 12 de la noche, es decir, ya técnicamente lunes, la cosa se emborrona para todo el mundo. La música sigue, el cansancio aflora. Y con tanto M en la sangre, decenas de birras y sendas clenchas de coca las turbulencias mentales son un bálsamo encargado de atropellar a las neuronas más cojas. Esa es la idea, las neuronas tienen que portarse bien. Las que cruzan en rojo, zas, bien muertas. Solo deben quedar las neuronas mejor equipadas, más conscientes. No las gilipollas, eso solo pasa en Callejeros. En Berlín la gente pierde neuronas para ganar productividad. A menos neuronas y mismas constantes vitales y entorno en expansión, cada neurona se lo curra más, lo peta a mansalva para no ser despedida. Qué pena que no me enseñasen esto en la E.S.O. Ya se sabe, la verdadera escuela está en los baños con doctoras dobleclencha.
La una de la madrugada. Las dos. La euforia en Panorama se solapa con las luces estroboscópicas, que llevan rato de color azul celeste. Se mantiene el humo. Las paredes han resistido un fin de semana más. En las celdas todavía quedan clubbers. Dos chicas se abrazan, como medio dormidas. En otra, un chico solo con las piernas colgando, moviéndolas al ritmo del bajo, espera a que algo ocurra con alguien.
Queda gente, por supuesto, danzando alrededor de la tabla de mezclas. Un negraco pincha muy motivado un rollo Acid sano y envidiable. Dominik se tambalea mientras cruzamos la sala. Son las tres.
Se cumplen exactamente 18 horas cuando recogemos las chaquetas y abandonamos Berghain. El menú ha funcionado a las mil maravillas. Dominik es un chef excelente. El portero nos abre el paso. Fuera, el frío y el silencio, solo quebrado por el ruido de fondo de los bajos de Panorama. A lo lejos, únicamente taxis y pequeños grupos de gente caminando dócilmente hacia sus casas. Nada de policía. El mejor club del mundo, donde todo está permitido salvo bailar reaguetton y hacer el imbécil con la cámara, no necesita policía antibotellón fuera. Solo taxis Mercedes en fila para realizar el trabajoso regreso a casa.
Por tercera vez, por primera en 2013, Dominik y yo hacemos el viaje de regreso a su casa en silencio.
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