La bohème

Ya que vivo en pleno centre de Montmartre, quiero aprovecharlo.
Ceno sentado en una concurrida brasserie, con sillas de mimbre, en la acera. Contemplo dos francesas de piel bien blanca y labios pintados de carmín, que luchan disimuladamente para no perder la brillantez de su maquillaje con el steack au poivre.
Continua mi caminata sin rumbo por entre las oscuras calles, asimétricas y caóticas, llenas de bares vacíos en el interior, debido a la férrea restricción de fumar à l’interieure.
Subiendo una empinada calle, hallo un bar que se presenta a mi vista como el más apropiado para escribir y leer a Ferdinand Céline.
Aprovecho una silla vacía y ocupo el lugar. Una luz cenital baña mi rostro y, pese a ser de noche, me permite una visión excelente de mis compañeros de banco y de las páginas de mi cuaderno.
Decido iniciar mi hora de escritura observando a mi alrededor. Lo más curioso es que, justo cuando inicio el vaivén de la pluma, mi entorno reclama mi presencia.
A mi derecha, un grupillo de modernos bobos (bourgeois-bohème) comparten una tabla de quesos y una botella de vino. Los comensales son de edad dispar. Dos tipos maduros, con buen francés pero de acento extranjero, y tres chicas jóvenes que parecen encantadas con su compañía. El maduro con el pelo largo y blanco, saca una Moleskine y la cede al otro, que dibuja con poca gracia una mariposa.
Pierdo el interés rápidamente y dedico mi atención a la mesa de la izquierda. Dos rostros soberanamente demacrados mantienen una conversación con tintes filosóficos.
El que lleva la batuta es el joven. Salta a la vista que no tiene ni puta idea. Su calvicie ocupa la mitad del cráneo, punto desde el cual nace una frondosa y sucia cabellera rizada. Gesticula con desgana, como si hubiera tenido esta suculenta y profunda conversación decenas de veces. Parece un profesor en prácticas, que lleva esperando el ascenso desde hace años, muchos más de los prometidos, y lucha cada mañana consigo mismo para creer, casi en vano, que pronto conseguirá el puesto. El mayor asiente vagamente, y su mirada se pierde regularmente, evitando la absorbente y ansiosa de su interlocutor.
El maestro filósofo dice así:
-¿cómo encuentras a la vida?. Es una buena pregunta-afirma para sí mismo-. Pero…¿cual es la verdadera pregunta?
El tipo mayor no responde, con lo que el maestro filósofo continua.
- La verdadera pregunta es, ¿cómo la vida te encuentra a ti?.
Silencio. Su reflexión no alcanza el impacto deseado. Se anima a sí mismo.
-¡esa es la clave!
Supongo que lo único que ha encontrado este tío en su vida es el seguro de desempleo. Los vasos de agua son gratis en París, y eso es justamente lo único que bebe el maestro filósofo. Fuma tabaco de liar de mala calidad.
Con retraso, el mayor finge fascinación por la asombrosa reflexión socrática. Salta a la vista que no se conocen de nada. No es más que otra de las múltiples conversaciones mantenidas aleatoriamente a lo largo del día, durante meses, incluso años.
Los tópicos son: las mujeres, el destino, el estado del mundo, las teorías conspiratorias y, en la actual variante, el sentido de la vida.
Sócrates el Calvo no puede dejar morir su discurso, con lo que avanza algunos años en el tiempo y pasa al mito de la caverna de Platón (sobra decir que no tiene ni idea de quién es este, y desconoce que su teoría ha sido plenamente desarrollada desde antes de Cristo).
Su enseñanza prosigue:
-Los ves en la cara de la gente. Al instante te das cuenta de si están despiertos o no; si siguen la búsqueda o viven adormecidos en las tinieblas. Por ejemplo, mira ésa mesa, se nota, están fuera. Nada. En cambio-pausa calculada- el chico de al lado- se gira hacia mí y, al verme, se queda en silencio- bueno, este no, también está dormido, quería decir el chico de antes.
Cansado de tanta petulancia, decido intervenir.
-Monsieur, la única cosa que está dormida aquí es su cuenta bancaria. Es comprensible que a sus cuarenta años (bueno quizá tiene menos, pero su cutis dañado juega en su contra) siga buscando el sentido de la vida. ¿ha probado con los haikus?. Se lo recomiendo. En mi primer libro, hice una a modo de cuña final.
Soy vanidoso
Amateur en la vida
Como me gusta
-¿Comprende? Veo también en usted cierta constricción sexual, devora las piernas de toda femme que camina. ¿no es hora de afeitarse un poco y dejar de dar la tabarra a pobres hyppies que pecan de buenas personas?-miro con consideración a su pobre interlocutor, desbordado por la situación.
Me centro de nuevo en el libro y gozo con el silencio que se ha creado a mi alrededor. Sócrates el Calvo murmura algo incomprensible y finge indiferencia. Procede a liarse un cigarro y, escucho “merde” cuando se da cuenta que no tiene mechero. Me lo pide.
Se lo doy. En un acto de generosidad inaudita, se lo regalo.
Es hora de irme, me espera una soirée techno en el Palais de Tokyo. Reverencio a Sócrates el Calvo y le recuerdo:
- Allez, essayez les Haikus.
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