La boda primaveral de mi amiga y las tres hermanas festivas y con novio que apuran todo el café (antes de salir a bailar)

Nadie se imagina, cuando tiene quince años, yendo a la boda de un colega. Sería demasiado enfermo si alguien dedicase su pajillera mente adolescente a pensar en ello. Pero llega el momento, resulta que en nuestra especie, y en nuestra generación, todavía existe gente con esta extraña necesidad de celebrar ritos vinculados a algún tipo de institución con país propio y muchos niños pequeños con el culo rojo. Disney ha petado más mentes de las que estamos dispuestos a admitir. Y gente que podría haber sido normal, incluso interesante. Así que toca apechugar con el traje, hacer el puto ingreso y pillar el coche para ir a una Masia OldSchool restaurada y con una terraza con un picapica selecto y trabajado de origen desconocido, a ser posible en el pueblo más perdido de la Deep Catalonia.
Fue una noche extraña. Con la petaca en el asiento del copiloto, intenté llegar lo más tarde posible y lo más ebrio de lo que fui capaz. RayBan colocadas al centímetro para ocultar cualquier atisbo de pupila demasiado animada para el horario infantil, me encontré de bruces con los abuelos de la hija, una antigua amiga mía a la que le guardo recuerdo por una paja algo desinteresada en el último curso de EGB. Los abuelos parecían entre alegres, completamente desorientados y con pocas ganas de sarao. Es muy injusto ser abuelo. Cuando el niño es pequeño te tragas sus estúpidas pesadillas y te jodes la espalda jugando a cualquier chorrada que se le ocurre al retoño. Cuando es adolescente te roba dinero y vacía la nevera de pacharán. Y cuando ya crece, sencillamente el nieto acude como quien visita el Zoo a mendigar algo de comida y a preguntar cuándo queda libre la casa de campo. Pero estamos de boda, alegremos esas caras.
No conozco a nadie, salvo a un chaval que recuerdo que corría por casa de mi amiga cuando nosotros tendríamos unos 10 años. El tenía como 4, y ahora es una especie de Ken que va con su barbie. Una pinta de superdotas que me dan ganas de dedicarles un haiku al respecto. Mi amiga está estupenda. Se tira encima de mí, como encantada de verme después de varios meses, y miro al novio aprovechando la jugada. En plan, «vaya, esta efusividad de tu futura mujer  no estaba prevista...¿pero has visto qué cariñosa está al verme? Quizás esto de casarse la altere de tal manera que estos últimos meses en los que no has sabido nada de mí ella haya necesitado una válvula de escape...» Todo esto trato de decírselo con una sola mirada, pero recuerdo que llevo las gafas de sol así que me contento con acariciarle la espalda y la cadera de manera exageradamente lasciva. Welcome to the Wedding.
—Un gintonic, si'l vous plait.
—Disculpe, señor, a esta hora todavía no servimos alcohol.
Al lado tengo una chica de unos dieciséis años que me mira en modo vaya borracho estás hecho, man. 
—Deme una cerveza. No, mejor. ¿Son eso botellas de litro? ¡Ajá! No quiero darles más trabajo. Me quedo con la botellita y así no tengo que molestarles en una media hora. Das gut?
Con mi botellón de birra en las manos, bebo y me relajo y enciendo un cigarro y gozo del personal. Está lleno de pijas, de gente que se toma en serio las bodas. Hay que ver, tantas revoluciones, tantas cabezas cortadas, tantas fiestas en Las Vegas, incluso una guerra fría y nada, aquí con el sarao de toda la vida. Me pongo a fotografiar escotes con el zoom del iPhone. No hay nada peor que sacar fotos borrosas a escotes. Pero quizás sea mejor eso que intentar entablar amistad o charla cordial con alguien. Es una boda, joder. Una misión de riesgo salir sin la cabeza llena de mierda cursi, fotos con ojos rojos, discursos empalagosos y rituales tribales como la movida de lanzar el ramo entre el grasiento y etilizado sector femenino radical.
Tras un par de botellas de litro, con una coleción de siete codiciados escotes en el iPhone que mando al segundo a Dominik, en Berlín, que sé que apreciará el gesto y me lo devolverá con fotos fetish de amigas de Berghain, camino dando pequeños embistes a los lados y consigo encontrar el comedor central.
La leche. Siempre es el mismo protocolo: los jóvenes con los jóvenes, que se diviertan. Los niños que coman macarrones y pollo —sin duda, el mejor menú con diferencia— y los abuelos a chillar todos a la vez y a comentar cuanto dura la batería del marcapasos de cada uno. 
Y a mí me toca una mesa de lo más curiosa. La mesa de las putas parejas. Ahí van tres mozas de buen ver, hermanas, de 20, 27 y 32 respectivamente —de esos padres que follan distendidamente, pero no se olvidan de su labor reproductiva aunque pase una década o más—. Una de las tres va sin novio, y las otras dos llevan al personaje al lado, con un jeto de pueblo pagafantero que echa para atrás. Saludo mostrando mi deferencia a las damas, besando lo que hay que besar, y estrecho la mano a los peleles con cara de circunstancias. 
Es emocionante dar el pésame a alguien tan solo por el hecho de tenerle que conocer. 
La de veinte es, sin duda, la corta del asunto. No ha terminado ni bachillerato, y ahora trabaja en una pizzería, tiene un Samsung Galaxy 4S y lleva gafas de pasta de esas que molaban quizás hace diez años. Morena, de dicción algo difusa, con un cuerpo decente y más tirando a poseer curvas intensas que no a una delgadez skinny.
La de veintisiete. Clarísimo de nuevo, la espabilada. La que todavía tiene, a veces, algún atisbo de ganas de dejarlo todo y lanzarse a recorrer la costa de Australia en cayak. Es arquitecta, luce un peinado  teñido de rubio con un moño barroco de esos que las chicas se hacen en las bodas. Mantiene una figura esbelta, con tacones negros, y es mucho más inteligente que el maromo.
La de treinta y dos. Se aprecia ya cierta quemazón, ese toque de amargura por haberse comenzado a cuestionar, ya demasiado tarde, que algunas decisiones sentimentales y laborales que tomó sin pensarlo en su momento no eran tan adecuadas como parece. No entiendo bien a qué se dedica. Su novio es camionero. Tiene un fino sentido del humor, rollo ácido, de esas mujeres que bien te las imaginas fumando ducados en un bar de carretera, a la espera de que pasen cosas. Lo mejor, se van a casar. ¡Alegría!
La cena transcurre no sin ciertas ambigüedades por mí parte, que generan cierta incomodidad en los comensales, especialmente a las chicas. 
Aquí algunos highlights enriquecidos:
—¿De qué conozco a la novia? Ufff....qué diría yo. Del mundo de la noche. ¿Recuerdas que tu prima hacía esos viajes a Ibiza en verano? Nos encontramos a altas horas en la playa y ella estaba...Ya sabes, esas...amistades que se hacen con el calor. Desde entonces siempre tratamos de vernos en la playa para comer, y eso.
—¿Trabajar? Sí, no paro. Ahora me pasaré unos cuatro días sin dormir porque tengo que cubrir un festival. Pero no os preocupéis, JAJAJA, tengo buenos contactos (guiño). ¡Me gusta tanto no dormir de tanto trabajo que tengo! Y, bueno, también me dedico a asesorar a gente importante...que mueve cosas, vaya. No camiones como tú, eso lo hace hasta el abuelo ese petao que tenéis detrás y que parece que morirá esta noche. Tiene toda la pinta, ¿no? Creo que le ha dado algo —el camionero no da crédito. Toda una vida trabajando honrosamente para que ahora un iluminado que no se quita las gafas de sol e insiste en que el baño tiene una repisa fabulosa le corte el rollo rebajando su esforzada labor a cosa de cualquiera—. 
—¿Si fumo? Bueno, eso es lo de menos (guiño forzadísimo a todos y cada uno de los/las comensales.
Cuando ya he removido suficiente hostilidad en el asunto, con la llegada de los postres reparto un poco de amor en polvo en el café de mis tres amigas. Con la excusa de que quiero contarles un secreto para sorprender a la novia, me acerco a cada una de ellas a la oreja, encantado con mi jugarreta, les suelto yo qué sé y les meto un poco de M en cada tacita de porcelana bastante usada.
Los efectos comienzan a notarse tras el corte del pastel. La mayor está como sonrojada, alegre, se le ha quitado la empanada de sus dudas existenciales de too late to change. La mediana se desmelena. Le molesta el pedazo de moño. Queda bastante leona con la melena suelta. La pequeña sigue igual de pájara que antes. Esa esta entrenada en el asunto de la merca seguro.
Llega la hora del baile. Tenemos a las mujeres muy sedientas, con ganas de cubatear a saco. Los dos maromos, que superaron no sin esfuerzo la época poligonera de finales de los noventa, tratan de ser cordiales y comprensivos con ellas. Ai. Ai. Salgo a fumar, antes del inicio de la sesión más humillante que presenciaré este año —casi como si me obligan a pasar más de 5 segundos viendo el pelo escoba de Skrillex y sus oligofrénicas expresiones de felicidad— con la pequeña. 
—Mis hermanas están raras. Como muy animadas. No sé —baja la vista, se mira muy fugazmente el escote y chuta una piedra con unas zapatitas plateadas que no le quedan mal.
—Es esto de las bodas. Tú que eres joven te libras todavía. Por cierto, ¿de dónde sois?
—De Montmunt de l'Hort. 
—Ajá.
—Está a 25 minutos de Barcelona en coche. —así me gusta. Todo el territorio catalán, para que sea comprensible de manera universal, tiene que medirse respecto a la distancia con Barcelona en coche. Y ahora lo entiendo todo. Son de esos novios que vienen de serie con la adolescencia. Qué aparecen por los guays de la clase y terminan consumiéndose delante de la play a partir de los 17. Luego un poco de revival fiestero-makinero hasta los veintitrés —incluso con algunas pastillas para fin de año y el cumple— y luego El Gran Encefalograma Plano de Los Jóvenes de Pueblo. Las chicas, más recatadas en los inicios, van desarrollando su feminidad durante años, de manera casi creciente, con pequeños estancamientos carentes de importancia. Tras algunos trasiegos entran en universidades y parecidos, tiran adelante una profesión y cierto gusto por la ropa, y se convierten en mujeres que bien podrían aspirar a más. Pero el pasivo poder de El Novio de Toda la Vida es más potente de lo que parece. Muchas chicas viven para siempre inmersas en la maldición del Novio Cateto Perrito Faldero. Cosas buenas: podrán elegir la decoración de la casa, irse de viaje con las amigas y no tener que dar explicaciones. Cosas malas: el resto.
La hermana pequeña se sincera. Finalmente el M le ha pegado fuerte, y en un mal viaje. Su novio es un gilipollas, me comenta. Se toca el pelo coquetamente y con ansiedad. Y le digo que posiblemente tiene razón. Que los hombres no valen la pena, que hay que seguir adelante, probar cosas nuevas —ojo, cuando uno insulta a los hombres con una mujer pasa a un género asexual que le sitúa en un confortable estadio. Soy tío, ergo quiero follarte, pero resulta que en este preciso momento de íntima charla no soy como el resto de tíos del mundo mundial. Aprovechemos la oportunidad, que luego vuelvo a ser igual o peor que el resto de mi género. Y funciona. Especialmente si hay sustancias de por medio. Tras el cordial abrazo para animarla de su depre —su novio no ha querido venir porque tenía un campeonato online con el ProEvolution para la Play 3 con unos surcoreanos, y llevaba toda la semana hablando únicamente de ello— acaricio sus brazos con escaso bello y le agarro las manos. Todo va a salir bien, dicen mis gafas de sol. Y caminamos cogidos de la mano hasta que nos apoyamos en un árbol y ahí nos dejamos llevar por el fresco pero discreto ambiente preveraniego.
Regresamos algo alborotados a la party. Yo lo llevo mejor que ella. La pobre ande con el rímel descorrido por las lágrimas y mis arañazos —no se ha quejado, bien— pero rápidamente muestra una sonrisa desenfadada y justifica su deplorable estado físico alegando que hemos ido al lago cercano y unos patos nos han tirado agua. Las he oído peores. Pero ojo, porque a las hermanas las movidas de la pequeña se la sopla, andan desperdigadas por la carpa, coreando la llegada del dj. Hay que tener mucha sangre fría y ser muy cabrón para ser dj de bodas en plan bestia. Jarabe de Palo, Pont Aeri, Cher, King África. La misma sangre fría que hay que tener para llevar un matadero de vacas o para vender pegamento a los niños brasileños. Sick. El festival arranca fuerte. Las maduritas siempre son las primeras en desmelenarse. Los maridos con los puros y su barriga excesiva mirando desde las sillas, y las puretas dándolo todo con movimientos pretendidamente sexys que es mejor no describir. Y el puto dj ahí, con cara de póker, como quien fríe un huevo frito tras dos días sin pasar por casa. Hay que ver. Con algún temazo dance de los noventa me sumo al carro de las hermanas, que ya andan con la falda subida por encima de las rodillas y deleitando al personal más lascivo del percal. Los novios por ahí andan, disimulando los trescientos cabreos que llevan por cuestiones de la maldita boda desde que decidieron llevar a cabo el harakiri matrimonial.
Mis pitillos se comportan con el ritmo, y no tardo en granjearme cierto interés de las hermanas M. Tendría que bailar muy mal para que no me hiciesen caso, porque sus novios son el coñazo supremo. Las pastillas y el pelo de cenicero hizo mucho daño en la juventud de la Catalunya Rural de los noventa. Los novios van a por la enésima copa. Cómo jode que tus chorbas, por elección propia y feeling —lo has escuchado mil veces en las canciones y no sabes exactamente lo que significa— decidan pegarse el farrote con el perdido moderno barcelonés de turno que parece traérselas de lejos. Pero es una boda, en este contexto, amigo camionero, vas a tragarte la poca masculinidad agresiva que te queda, porque no puedes matar ni una mosca ya que la joderías tanto que, ¿ei? ¿Dónde están las chicas?  El novio de la hermana mediana se suicida emocionalmente para el resto de sus días al acatar y repetir lo que le ha dicho su amada novia:
—Han ido al baño y a dar una vuelta. No se encontraban bien...
—¿Y el tío ese, Vanity?
—Creo que se ha ido ya también. Él no se quedaba a dormir y decía que iba muy borracho y tenía que descansar.
—Ya.
En ese momento, un par de viejos que parecían dormidos se levantan como llamados por un toque celestial y colocan, detrás de los dos novios pagafantas un cartel diseñado con tipografía Sans Serif que pone 'LOSERS'. 
Nos tumbamos los tres en el césped. Las hermanas van a carcajada limpia. Casualmente, me las apaño para quedar en medio. Se hace el silencio, bajan revoluciones hasta que se tornan conscientes de lo que está pasando. Emana la preocupación pero la interrumpo pellizcándoles la barriga. Alboroto de nuevo.
—¿De dónde sales tú? ¿Por qué...qué? 
—Contadme algo que no debería saber. 
—Tanga rojo, trae suerte en las bodas también.
—Rasuradísimo. Quería hacerle una sorpresa a mi novio. Nos casamos en un mes.
En ese preciso instante decido que mi dealer es una de las personas más importantes de mi vida. Y me siento muy agradecido con todos los integrantes del proceso de producción del M, ya sean trabajadores al negro o auténticos capos organizados de manera militarizada.
Regresamos a la Masía al amanecer. Ellas, ya con un bajón visible y un mal cuerpo que acecha, se dirigen a la puerta principal para entrar a las habitaciones. Sonrío, es lo único que nos queda. Una enajenada sonrisa medio quebrada que solo dos pagafantas serán capaces de tolerar. A saber lo que habrán hecho durante todo el rato que hemos estado gozando de la zona de las pistas de deporte. A saber lo que ellas contarán para salir de esta.
Marcha atrás, esta vez en el coche. Petaca. Un toque de regusto ácido y de vuelta a Barcelona. A 55 minutos en coche. 



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