Karl Strugüssen y sus aventuras en el McAuto

-mi miembro- dice Karl Strugüssen -también es capaz de llenar estadios con 80.000 personas y, mejor aún, sólo de chicas cachondas, wet pussy y big boobs.
-Lo que tú digas maestro-muestro mi mejor cara y asiento incrédulo ante la vanidad no permitida de Karl Strugüssen-. Me parece perfecto que tengas talante de líder, pero cuéntame la historia del McAuto.

-¿Otra vez? joder, cualquiera pensará que quieres reírte de mí.
- Qué dices Karl Strugüssen, vamos, que es genial.

Tenemos tiempo, las visitas en la cárcel duran 20 minutos, y con el poco vocabulario que tiene Karl seguro que cuenta la historia rápidamente. Estoy limpiando mi karma y visitando a presos para aprender de ellos y hacerles compañía.

-Bueno, resulta que un día, como tantos, estaba borracho deambulando sin rumbo por la playa de BCN, por ahí donde hay muchas tías haciendo topless, ya sabes. Era tarde, sobre las 8. Llevaba desde las 12 de la mañana, cuando me levanté en la playa sangrando por la nariz y sin saber qué me había pasado. Mi pene, duro desde mi despertar, necesitaba alimento. Había robado un par de carteras a dos turistas que estaban metiéndo mano a niñas pequeñas que corrían sin bañador por la arena. Tenía pasta y hambre, cosa que si se combina puede ser algo bastante placentero y fácil de solucionar. Los restaurantes de la zona eran los clásicos chiringuitos. Te tratan con el culo, hablan en inglés, son caros y sirven sangría aunque no quieras. Luego están los cuatro chinos de turno, a menú de 2 euros, cocinando ratas y traficando coca con las motos. ¿has visto Torrente? es el documental de culto que mejor explica cómo funcionan estas mafias. Cuando estaba a punto de comprar unos helados y pasar de comer, acudió a mi mente, casi como un espejismo, el gran cartel con el logo de McDonald's que corta la cálida brisa marina.¡un McDonald's a dos minutos!. Me vanaglorié de mi gran habilidad mental, nadie diría que mi padre me pega desde los 5 años y mi madre es barrendera. Caminé mirando escotes y piernas sueltas y fumando un cigarro hasta llegar al Gran Palacio de la Hamburguesa de Calidad. Había una cola tremenda, infinita, absurda y desmesurada. Me puse nervioso, tenía hambre y encima estaba fumando. Con la mierda de cola, tardaría horas y me moriría del mono. Seguí dándo vueltas a qué podía hacer mientras me tiraba por el tobogán del Mc parque exterior. Otra idea cegadora y brillante acudió a mi sien. Pasaría por el McAuto andando, como si nada. Haría la cola como un caballero, podría fumar- y liarme un buen porro- y comer tranquilamente-sentado y balanceándome en los columpios-.
Así lo hice. Iba apoyándome en el capó del coche trasero, un Ibiza negro conducido por un imbécil con tatuajes "tribal" en el brazo y una gorra de Valentino Rossi, acompañado por su novia, rubia de pote y con un piercing en el labio inferior. El tío se cabreó al principio, pero fingí tener un ataque epiléptico y saqué espuma por la boca, se acojonó y me dejó en paz.

Llegó mi turno, la chica que atendía los pedidos estaba dentro del local, ocupada con algo. Impaciente, metí la cabeza por el mostrador y grité: ¡Zorra tengo hambre!. Tardó un poco en llegar, era coja, supongo que la contrataron porque los inválidos desgraban impuestos para las empresas.

-Lo siento señor, no podemos atenderle, solo es para vehículos.
-Tengo hambre, coja. He hecho la cola como todo el mundo, lo que pasa es que me queda poca gasolina y lo he dejado en el párking. ¿tu puedes conducir con la pierna así?
-Tengo un cochecito con un distintivo, de estos de 50cc.
- Ya, de puta madre, ahora que ves que soy simpático y tal, ¿puedes darme de comer?
- No, lo siento.

Enfurecido y encolerizado por tan injusta negativa, me dirigí sin pensarlo-los brotes psicóticos tienen estas cosas- hasta el pringado del Ibiza, lo saqué a rastras. Escupí en el escote de su novia y pisé el acelerador para comerme a la coja con patatas Deluxe. Finalmente, dejé un hueco en la pared y la coja se quedó sin la otra pierna. Entré en la cocina gritando como Hulk y agarré dos BigMacs y una cerveza. Comí sentado, relajado, encima de una freidora, ante el griterío y desconcierto general. Algunos aprovecharon mi liderazgo para asaltar las cajas registradoras y salir con el paquete de 20 kilos de patatas congeladas.

Todos juntos celebramos la comilona y mi gran actitud liberadora. El sistema, en aquel momento y lugar concretos, estaba hundido, destrozado y sometido a la barbaridad del hombre jodido, lastimado y degradado.

Karl Strugüssen ha sido condenado a varios años de prisión, tardará mucho en poder volver a pisar un McDonald's. Su madre sigue fregando suelos y su padre maltrata, ya que no puede con su hijo, a prostitutas. Si no le alcanza el dinero, lo hace con travestis.

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