JEV Chronicles (I): Abrazando Gijón, de paseo con el camarero-dealer y finos y listos para el JEV Festival (Festival de Jarana Electrónica y Visual)

Gijón es una ciudad muy abrazable. Llevo unas 30 horas aquí, de las cuales he dormido 11 (del tirón) y he comido unas 4 y el resto de tiempo me lo he pasado saludando a gente así en general y tomando sidra y leyendo ‘Hijos de la luz’ de Robert Stone. No os preocupéis, a mí tampoco me salen las cuentas horarias. El miércoles fue, quizás, lo más parecido a vacaciones que he tenido en un par de años.
En el hostal decían que tienen Wi-fi pero nadie consigue entrar con la contraseña. Así que tuvimos que ir a escribir movidas en una librería cercana, con una conexión parecida a un módem de 56k. Pedimos zumo, ayer era verano y mi comportamiento etílico respondía al de un niño de 10 años, es decir, inexistente hasta las 22pm. Paseamos por la ciudad y compré un alargador-funda de batería para el iPhone. En la tienda distribuidora oficial de Apple me hice asesorar muy bien por un gentil vendedor. Me hicieron descuento del 15% gracias al rollo del día de la madre. «Desde que esta empresa es la que gestiona las tiendas hacemos muchos más descuentos. Y la gente compra más» aseguró el vendedor.  Madre no hay más que una. Eso es avidez empresarial y ganas de aportar. La batería me garantiza unas 30 horas de autonomía usando Instagram, Twitter, FuckYourSelf.com, Facebook, MemeLand y lo que se menee todo el rato y sin tener miedo a quedarme sin poder comunicar la cantidad de cosas interesantísimas y apasionantes que nos esperan a los JEV partyharders en los próximos 3 días.
Mi tarea pendiente con la identidad de la ciudad, me lo huelo, será comprar de reenganche el sábado por la mañana la camiseta del Sporting de Gijón en la tienda oficial que nos queda a tiro de merca, piedra, perdón. Y pasarme todo el sábado tarde-noche con ella puesta y bailando como un verdadero hooligan local. Yes we JEV.
El JEV es un festival sagrado, lo notas desde el momento en que llegas a la urbe, que te recibe tranquila y sin despeinarse. Todo cobra sentido cuando te plantas delante de Laboral, un complejo religioso que actualmente es sede de un centro cultural de aúpa. Como un miraje en medio de tanto verde asturiano bonito y relajante. El lineup es de escándalo, de los que en festivales como el Sónar, actualmente patrocinado con orgullo por Bershka ChoniPro, intentan evitar a toda costa. Atom TM. Vatican Shadow. Aoki Takamasa. Esplendor Geométrico. Mark Fell. Fasenuova. Rival Consoles. Y suma y sigue. Da gusto asistir a un festival con esta actitud, honradez, nivelón y ganas de subir el listón de lo que se ofrece en casi todo el resto de festivales.
He pasado la mañana currando en un  garito, haciendo sudokus escuchando a Chris Liebing y dándole vueltas a si me pillaré la primera camiseta del Sporting o la segunda, que es como caqui militar y lo petaría bastante los días de lluvia.
Mi amiga periodista, curtida, responsable y siempre atenta, a la que llamaremos Fabuleuse se ha levantado antes que yo —cosa sencilla, la verdad— y ha estado documentándose para las crónicas que le esperan. Llevamos dos días discutiendo —en modo amistoso, del rollo gremial— si está bien o no escribir una crónica mientras vas ciego o no. Ella es de las que opta por la sobriedad absoluta, cosa que respeto y admiro. En mi caso, siempre pienso en las palabras de mi amigo Riot:

«¿Te gusta la jarana? Pues gallito de noche, gallito de día»

Esta lúcida sentencia, que aprendió a su vez de un reputado pintor barcelonés que expone también con gran éxito de público y crítica en el Este de Europa, me parece soberbia. Es decir, si vas tan de listo que te pillas un ciegazo por las buenas en el festival (o en tu casa, o en casa de tu prima) debes apechugar con las consecuencias y responder ante el exigente curro de la mañana siguiente como un samurái haría durante de su jornada laboral de cortar cuellos de rufianes corruptos y árboles —de propina, por alguna razón, cortan de todo en las pelis— de un solo sablazo.
Cartelón. Pero cartelón del bueno bueno.
Lo dicen hasta en TripAdvisor: cuando viajes, be local, buy local. Para qué vamos a jugarnos el pescuezo trajinando merca por los aeropuertos españoles si podemos confiar en una curtida red de distribución de coca allá dónde nuestro destino nos mande. No obstante, las experiencias que me llegaron del JEV del año pasado no eran positivas: unas amigas pillaron pirulas que resultaron ser tranquimazin en vez de MDMA. Y eso nadie lo quiere, no lo queremos, ¿verdad? Pero la suerte ha estado de nuestra parte, de la parte del yonkie clubber. Paseando este mediodía con Fabuleuse, en busca de un buen garito donde comer y comenzar a ritmo de vermouth, hemos encontrado la segunda expedición barcelonesa en la ciudad. Buenas noticias: si nosotros hemos optado por la sobriedad durante las primeras 24 horas, ellos llegaron esta mañana ya casi de resaca de ayer y lo primero que han hecho es ir a ponerse ciegos de sidra. El ciego era general y había pivones y gente a la que aprecio y ya conocía anteriormente. Como Roses, un violinista electrónico de Barcelona al que admiro profundamente y con el que he compartido algunas batallas.
Roses me ha puesto al día del asunto:
—Hemos llegado a las nueve de la mañana y llevamos bebiendo desde entonces. Aquí la peña lleva ya una jarana brutal. Me alegro de verte, tío.
—¡Yo también, Roses!— respondo haciendo tintinear el hielo de mi vermouth. Nos espera una buena jarana, es genial que coincidamos todos aquí, Asturias solo hay una. ¿O era Andalucía solo hay una?
—Ni puta idea, Vanity, pero nos hemos pillado una choza muy tocha que tiene jacuzzi y aquí la peña acaba de comprarle cinco pollos de coca al camarero.

BE LOCAL, BUY LOCAL

El camarero resulta ser el mesías de nuestra fiesta. Como sabré después, es un tipo born and raised en la región minera de Asturias. Un tío con unas ojeras crónicas y muy buen camarero. Nos ha servido quesos y las copichuelas y sigue atendiendo a las mesas. Roses me presenta a más gente de su grupo. Concretamente a una chica algo congestionada. Me confirma las intuiciones:
—Buah, ayer ya me lié en Barna. Vengo sin dormir. Mira, aquí llevo lo que me iba a tomar ahora— saca un sobre de Fluimocil.
Me encanta la gente que se droga y se automedica. Eso es autocontrol e independencia médica. ¿Congestión? ¿Dolor de cabeza? Pues vas a la farmacia primero y luego te pasas por el bar con el delaer-camarero y aquí no pasa nada.
Resulta ser que el camarero ha vendido todo su stock al grupo de Roses, así que me da su móvil y quedo con él a las 17:30 para que me dé mi parte. Serán 3 pollos, porque llamo a la gente que está por llegar y, en efecto, me hacen su pedido y así les ahorro el lío de tener que resolverlo ellos mismos mañana. Marie en concreto me manda un whatsapp super agradecida por hacerle la gestión. Sí, fue a ella la que el año pasado le dieron el tranqumazin.
Abrazos por doquier en este oasis jaranero.
La experiencia de compra ha sido la mar de interesante. He quedado con delaer-barman cerca de su curro y ha llegado puntual y hemos caminado hasta cerca de su casa en la zona lumpen. Iba con un compañero suyo de curro. Estaban toflipaos con el festival al que vamos: «ojalá pudiese ir, pero curro. Siempre curro, leches.». Dice que cuando va con su familia él nunca trae droga encima [sic]. Hablamos de los mineros de Asturias y de un tipo que estaba mirando la tele y durante una manifestación los antidisturbios tiraron pelotas de goma y una de las pelotas rebotó y entró en su casa y le petó la tele. A lo que el tío salió a la ventana, espero a que pasasen unos cuantos burócratas de la represión gubernamental y les tiró la tele a la cabeza. Claro que sí, respondo fascinado, ojo por ojo, diente por diente. Luego entre ellos comentan «buah, es que vivir en Barcelona o Madrid nos petaría el cerebro. Tanta gente y tantos coches. Locura.» Confirmo su juicio de acojone y saco el tema de los guiris y rajo un poco del tema, que siempre queda bien y da que hablar. Llegamos a su lumpencalle. Me espero tomando un café en el bar de la esquina. Preparo el pastizal en el bolsillo y regresa a los 10 minutos. Caminamos juntos calle arriba y me da la movida. Dice que lo ha pesado exacto y que cada uno pesa un gramo exacto. Le doy la pasta y la cuenta tranquilamente en medio de la calle, rollo «aquí no pasa nada, la liga está ganada.»
Nos despedimos en plan colegueo y regreso callejeando, solo, hacia el hostal. Antes de meterme en la portería del Hostal veo el logo de la tienda oficial del Sporting de Gijón. En los altavoces suena Lacuna, de Riley Warren y pienso en que en apenas dos horas comienza oficialmente el JEV y que sí, que Gijón es una ciudad muy abrazable y que el camarero me ha dicho que Oscar Mullheroe vive en la ciudad y que son buenos colegas y que es buen cliente del bar.
Abro la puerta de la habitación, busco la birra almacenada y preparo el libro de Robert Stone. Esta es una de las mejores citas que he encontrado en sus paginas, por ahora:
Let it flow. Jarana Now.
«Cogió uno de cien y examinó el intrincado grabado brillante de los bordes. Entonces, en un impulso, enrolló el billete en forma de tubo, preparó una raya de coca y la esnifó. Perfecto. Se sorbió la nariz y se frotó los ojos. Confianza. Un pequeño subidón para el camino. De pronto se dio cuenta de que en el breve transcurso del día que llevaba despierto había consumido Valium, alcohol y cocaína.
Aquí hace falta un plan, pensó. Un plan y un sueño, algún lugar adonde ir. Los sueños eran cosa seria para Walker, eran vida. Como la sal, como el agua. Savia vital.»

Hijos de la luz, de Robert Stone. (Libros del Silencio, 2013).
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