Intelectualidad como modo de vida

Atravieso el estrecho pasillo que hay entre la barra y unas vitrinas llenas de joyas artesanales y me dirijo al fondo del bar. El espacio consta de siete mesas cuadradas bastante pequeñas, todas de madera. En las paredes hay cuadros de artistas itinerantes. Normalmente no me gustan lo más mínimo aunque, de vez en cuando (especialmente si son fotos), encuentro alguno de interés. Veo de reojo que hay tres mesas ocupadas. Una de las premisas que tenemos las personas con brotes altivos es no mirar a los ojos de la gente que no conocemos, más aún si vamos solos. La actitud suele ser adoptada por las chicas guapas y prepotentes y no hay que ser muy listo para ver que a veces a uno también le puede interesar. Con ello denotamos cierta suficiencia, basada en la máxima de "no necesito vuestra aprobación ni vuestra presencia". 

Una de las paredes es de cristal, y tiene una puerta que da a un patio interior. Me gusta sentarme cerca, pero evito no quedarme en frente del cristal y de espaldas al local, ya que entonces me siento antisocial, extremo en el que tampoco hay que caer.
No he quedado con nadie. En la bolsa llevo "El buda de los suburbios" pero no tengo intención de leer ni escribir. Sólo quiero pensar, tomar un café y fumar.
El impacto que me ha causado leer Encyclopédie y conocer la vida de Diderot con bastante detalle (dentro de lo posible) ha forzado a dedicarme unas horas de mera contemplación. De los enciclopedistas, él fue de los pocos que económicamente pasó tormentos notables. Su preocupación principal como intelectual y escritor era ser virtuoso y, en la medida de lo posible, pasar a la posteridad. "Para mí, pasar a la posteridad, es lo que para un creyente ir al cielo". Con el fin de conseguirlo, dedicó su vida a escribir multitud de ensayos y novelas, además de dirigir la Encyclopédie. 
Su círculo, desde su llegada a París, lo conformaron gente de notable educación y riqueza. Gente para la que, lejos de lo que ocurre ahora, ser rico implicaba mucho más que poseer un buen carruaje y una gran mansión. La cultura era el elemento vehicular de todo su existencia, ya fuera material o personal.
Me encuentro en una situación intermedia entre Diderot y su entorno. No puedo tacharme de rico ni de pobre. Lo más probable es que no pueda alcanzar en vida un saber que ellos a los treinta ya ejercitaban y disfrutaban, con sus pertinentes contraindicaciones. Todos ellos estaban fuera del mundo laboral material, cosa que los sitúa en un plano puramente intelectual. Creo que ahí está la clave de lo que estoy buscando. Me cuesta justificarme a mi mismo el tipo de vida que quiero llevar, queriendo decir con ello que, ¿bajo qué derecho puedo considerarme merecedor de no tocar un tocho o una máquina en mi vida?. Con la especialización del trabajo, nació eficiencia, pero también la desigualdad. Unos deben dedicarse a levantar lujosos apartamentos con el sudor de la frente, y otros a habitarlos y a tocar botoncitos en un ordenador para gestionar su empresa, tumbados en un cómodo sofá. En mi caso, todo gira entorno al arte. Creo que me estoy remitiendo a la moralidad. ¿es moral ser artista?. A simple vista, puede considerarse una estupidez hacerse esta pregunta. Para mi no lo es. Lleva atormentándome mucho tiempo. Como decía, creo que la clave para superar ese tabique es considerar la producción como algo que puede ser material o intelectual. Maldita sea, qué obvio suena. ¿qué legitima pues, vivir sin horarios, sin tantas ataduras, con más margen de libertad, dando vueltas a ideas e historias y posibilidades para representarlas?. Justamente, la producción intelectual. 
Holbach, un barón que simpatizaba con la causa enciclopedista, poseía una amplia mansión fuera de París que albergaba numerosas y agitadas reuniones con las mentes más dotadas y progresistas del momento. De hecho, Diderot aceptó puntualmente retirarse algunas temporadas en el lugar, para airearse y concentrarse en algunos trabajos literarios que requerían toda su atención. Daba largos paseos y pasaba jornadas enteras leyendo y escribiendo. Puede parecer una vida privilegiada, idílica. En cierto modo, lo es, mas me recuerdo a mi mismo que el eje central de todo ello era no tan solo vivir la vida, sino vivirla en torno a la producción intelectual, tan loable como la material. Hoy en día, un trabajador occidental cualificado de una fábrica, puede pasarse un mes de vacaciones tumbado en la playa de un país lejano, en frente del mar y cobijado por un lujoso hotel, sin hacer nada más que eso, tomar el sol. ¿Qué hay de malo en llevar una vida distendida, de lectura, conocimiento y creación artística?. 
La respuesta, según veo por primera vez con claridad, es nada. 
Nada.
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