Imagina todo lo que puede calcular tu mente con la pasta y las cosas, a lo loco. Y, ahora, aplícale un generoso 50% de descuento. Se aceptan todo tipo de métodos de pago.

Si las leyes del mercado funcionan como es debido [sic], alguien decide producir algo —ya sea en modo madeinchina o trendyorganic— y, tras un devenir de pasos tanto burocráticos como materiales, lo tiene en las manos y le pone un precio. Un precio que, ojo, automáticamente queda relacionado con todos los precios de todas las cosas de todo el mundo. Creo que aceptamos este proceso cotidiano demasiado a la ligera. Nuestra mente, para ponerse en situación, las pasa incluso más putas de lo que pensamos. Porque hay un hilo de pensamiento que podría llevarte a pensar cuantos paquetes de papel de liar te bastarían para comprar un casco de moto. O cuantas veces tendrías que prostituirte en Las Ramblas para viajar a Indonesia. O cuantos pisos necesitarías para venderlos todos y viajar a la Luna con el tipo de Amazon. O cuantos anuncios tendrías que poner en prensa para que todos los periódicos juntos gastasen tinta valorada en un Porsche Cayenne S. Pero no el Porsche Cayenne normal, sino el S. O cuantas horas tienes que trabajar de futbolista del Real Madrid para conseguir comprar suficiente petróleo para verter en una isla virgen de random y conseguir que el precio de todos los peces muertos sea similar a lo que gana Milena Circense en un concierto en el que, pongamos, el precio de todas las camisetas juntas de todas las tías es casi equivalente al precio de todos los tangas que tiene Inditex en unas 8 tiendas céntricas de una ciudad puntera como random2.

Puedes pasarte toda una vida intentando domesticar a tu mente para que todo este baile de cifras no acabe por montar una rave rural en tu cabeza. Puedes intentarlo. Pero, claro, luego vienen las rebajas.
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