Horizontes quebrados

Todo se ralentizó. La bofetada que atizó mi mejilla me desvinculó del proceder corriente del tiempo, y me sumió en un estado de shock, comparable, sin exagerar, al que sienten las víctimas de un atentado terrorista. Ella seguía gritando pero lo único que llegaba a mis oídos era un tenue hilo de voz. Levanté la vista por encima de su cabeza y la luz del sol me cegó, estaba encarado al amplio ventanal y los destellos se aliaron para reprochar y penetrarme por lo que había hecho.
Presumí un cielo azul y exuberante, ajeno al maremoto de dolor que me arrinconaba. Sus pendientes oscilaban como un péndulo, pero tardaban una eternidad en agotar el recorrido. Un río desbocado de lágrimas recorrió sus sonrojadas mejillas, descendiendo como gotas por un cristal después de una tormenta monzónica. Me mantenía callado, sin reaccionar. La situación había llegado demasiado lejos. Vacilando, retrocedí un paso, cuando en realidad quería abrazarla, mas sabía que un abrazo no cambiaría nada. El destino había hecho su última jugada y ya nada podía enmendarse. Mis piernas flaqueaban, como si hubiera recorrido kilómetros y cruzado valles y montañas bajo las más crudas condiciones. Cuan dificultoso es conquistar a una mujer y qué fácil es perderla, pensé. Noté un súbito dolor en la mejilla, y la acaricié con la mano temblorosa. Ella entendió lo que había hecho, y su rostro se quedó helado, petrificado, y el hilo de voz se detuvo, dando paso a un silencio sepulcral. Cuando las palabras se quedan cortas, tiene que ser la acción la que ocupe su lugar. Por eso nos habíamos querido y compartido tantos y tantos dias viendo atardeceres caer, abrazados y susurrándonos intimidades propias de enamorados joyosos; pero ahora me había golpeado. Sus ojos grandes y oscuros entablaron contacto directo con los míos. Nos quedamos atrapados, mirándonos, y cada uno veía en el rostro del otro el horizonte sin fin de la desdicha, quebrado por la desrtrucción de cualquier esperanza. De nuevo, renació la ternura y la atracción, esta vez perversa y suicida. Ella cerró los ojos, y avanzó hacia mi, apoyó su cabeza en mi hombro, y pude sentir a través de la camiseta el frío y agrio fluir de sus lágrimas que penetraban mi piel, helando y ahogando el omnipresente calor del sol. Nos besamos, con una intensidad desesperada, entre sollozos y gemidos, sabiendo que no había vuelta atrás, y que nuestras lenguas eran, en realidad, afilados cuchillos que se clavaban y desgarraban todo aquello que, tiempo atrás, habíamos construído con inocencia y pasión.

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