Hablar de Foucault con tu vecina rubia. Jugar a Bwin en la liga indonesia, y tantas otras movidas tras una noche de merca

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Los años pasan y los usos y costumbres también. Hace menos de una década la gente era capaz de hablar del mismo tema de conversación durante más de 10 minutos. Pero claro, apareció whatsapp y todo se volvió como más difuso y aburrido. Hace tres años, cuando me drogaba de Speed el aterrizaje era otro que el de ahora. Cuando llegaba a casa, a eso de las 12 de la mañana, visitaba a mi vecina rubia y hablábamos de Foucault un rato y luego sacaba la zambomba y ella le sacaba brillo mientras mis pupilas y mi respiración seguían en Pekín, sumergidas en un bazar de tecnología pirata. Luego regresaba a mi apartamento en el Born y subía al tejado a leer manuscritos escritos por mí mismo y gritaba en voz alta: JOOOODER, este tío sí que VALE. Lo publicaremos para la campaña de navidades y junto con el libro regalaremos un recetario de platos veganos. Cuando estaba ya deshidratado por el sol inclemente y aburrido de decidir publicar TODOS mis manuscritos (algunos de página y media a doble espacio) bajaba a mi casa y me conectaba en chats de perracas y estaba machacándome el prepucio hasta las cuatro de la tarde. Luego me quedaba sobado escuchando Digitalism y me levantaba en otra vida. 
Hablar de Foucault con tu vecina rubia.
Ya nada es igual, para bien o para mal. Ahora el Speed me produce una eclosión de maravillosos efectos responsables. Lo primero que hago al llegar a casa es poner incienso y pensar en Berghain. Limpio la cocina con quitagrasas y luego friego los platos, de dos en dos, y bebo un zumo de naranja y también limpio el vaso del zumo. Luego paso el aspirador, especialmente dentro de los ceniceros. Sería más fácil vaciarlos en la basura, pero es mucho más divertido ver una máquina esnifando ceniza. Luego hago una reunión de agentes literarios con mis peluches, conseguidos en ferias de gitanos de manera honesta. 
Este agente literario siempre confía en mí y me ayuda  a limpiar el inodoro.
Terminada la reunión, todos contentos por mi porvenir literario, preparo una "Ruta de los Campeones". Esta tierna ruta consiste en pasear victorioso por todos los baretos del Raval, especialmente los que no cumplen con las condiciones de salubridad, saludando a los clientes, especialmente los carajilleros en el paro, y repartiendo folletos con el busto de Stalin. 
Con esto ya dan las seis de la tarde, momento en el cual toca jugar un poco a la PS Vita por Internet e insultar a todos mis contrincantes con blasfemias quijotescas.
A eso de las siete friego el suelo con la fregona, pensando en el Club der Visionäire. Y bebo un par de litros de cerveza, cuyos vasos limpio a los pocos minutos. Luego me ducho con jabón de Té verde.
Me conecto a mi blog y entonces escribo poemas como los que escribía con doce años, cosas así:
Vaya berzas tiene
mi profe amargada por
un marido con el pene prematuramente
fláccido. 
Los mando a concursos literarios de ambición nacional y luego juego a Bwin en la liga Indonesia.
Hecho todo esto, leo. Leo unas cuatro horas seguidas a Stewart Home, la biografía de Steve Jobs y veo un capítulo de Dexter en alemán.
Para bien o para mal, el día siguiente siempre es soleado.
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