Gravity Trash. El retorno injustificado a ciertos videojuegos con chicas de buen ver. Houellebecq, un chute muy necesario, de nuevo.

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Nadie se ha fijado en el gato.
Gravity Rush es uno de esos juegos que te retrotraen a un pasado definitivamente perdido. Aquellos años en los que los argumentos eminentemente sencillos y maniqueos eran suficientes para quedarte atrapado delante de la pantalla. Una chorba tremenda, de edad entre los dieciséis y dieciocho, con un extraño poder para alterar la ley de la gravedad. Esa es la idea. Debe cargarse a los malos, muy malos -sin una explicación del por qué de su maldad, como manda el género-, y juntar partes de la ciudad, que los malos han separado estratégicamente, separando a padres de hijos y a familias enteras, extremadamente bien avenidas y antaño felices. El Mal absoluto es el que rompe el perfecto equilibro anterior, y solo un pivón perfectamente proporcionado puede poner orden ¿Acaso alguna gorda ha salvado alguna vez el mundo?
Mi regreso a los videojuegos, en concreto a la nueva y flamante pijada de Sony, la PS VITA, llega al mismo tiempo que mi incremento sustancial de consumo de alcohol, tabaco y, oh sí, drogas. También al aumento de merca musical en mis listas de Spotify. Podría tratar de encontrar una razón verosímil para este regreso nostálgico, aunque mucho me temo que este retorno a mundos épicos y fantasiosos ideados por japoneses bukkakeros y enfermos, pervertidos y millonarios, responde a la necesidad de complejizar todavía más las cosas. 
Ahora estoy leyendo unos siete libros a la vez, de entre los que destaco El mapa y el territorio, de Houellebecq, así como la biografía de Steve Jobs, la correspondencía de Hunter S. Thompson, y otros que no recuerdo pero que, sin embargo, uso cada día para diversas cosas. Al mismo tiempo, escribo para cuatro movidas paralelas, sin tener ni la más remota idea de dónde me está llevando todo ello, ni junto ni por separado.
Libraco.
A eso hay que sumarle mi recién adquirida iguana, que campa a sus anchas por mi terraza y por el tejado comunitario, jodiendo la TDT a menudo, o algo así. Por otro lado, no paro de ir al banco a abrir depósitos por valor relativamente bajo. Cada día intento abrir un par de cuentas a interés fijo, a dos años. La idea es manejar la pasta suficiente para poder, al salir de esta basura cutre de crisis, esta Tercera Guerra Mundial, cuya novedad es la Primera Guerra sin Muertes Físicas por parte de los Estados (con el poco poder que tienen a estas alturas, qué sentido tendría matar a los ciudadanos), poder comprarme de golpe muchas cosas, cambiarme de casa y de coche y sacar una marca de gominas y contratar a un Crisistiano Ronaldo, ya olvidado y sepultado por otro portugués de catorce años y el pene más grande, para que la anuncie.
Todo esto y mucho más, aquí, en las áridas tierras del interior catalán, a base de mi amada Maya Jane Coles, un NetBook obviamente fabricado en China (y no Designed en California, como mi querido iPhone), con todo lo que ello conlleva. Mirando a la granja que está detrás de mi estudio de flamantes dimensiones, detrás de la casa. Más allá de la granja, que por cierto está en desuso, apenas chatarra y matojos salvajes, hay un camino de tierra que se pierde en la lejanía. ¿Y quién pasa por el camino? Payeses cuyo mayor entretenimiento cuando se abre el coto de caza es pasear con su escopeta y cazar conejos. Y ya. A todo esto me planteo si soy feliz, y a qué se debe mi súbita ostentación de bienes materiales. Una psicóloga de pacotilla, fumadora cuando sus amantes más jóvenes la torean, diría que ello brota de fuertes inseguridades o bien, de un origen humilde . Pero le recordaría, tomando una copa con ella y seduciéndola por vicio y sin voluntad de fermentar nada, que nada que ver con eso, que sencillamente el aburrimiento, el tráfico de influencias, la facilidad para gestionar batallas de gallos, te lleva a cosas como escribir. Y como a escribir este texto borracho un sábado y publicarlo mientras la gente mira un partido de fútbol.
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