Graffities con poetas y luego extraños blackouts por la mañana

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Hace cuatro días estabas haciendo de testigo en una boda en una zona rural francesa y, mira tú por donde, ahora estás bien ciego de coca viendo amanecer por tu ventanal ravaleño (08001, BCN). Y no es que la vida dé demasiadas vueltas, sencillamente te has encontrado al dealer en el barrio de Gràcia y te ha mirado con esos ojitos de "lo que tengo en el bolsillo es MUY bueno y NO debes desaprovechar la ocasión." Así que, siguiendo su juego ocular sugestivo, has pillado un gramo y has ido a ver a un colega poeta. Estaba haciendo graffities en su estudio. Cosas raras. Recortes de prensa rosa pegados con pintura blanca y luego aplastadas por chorros de spry. Nada nuevo bajo el cielo. Y ahora, coño, pasemos a la primera persona. Le he importunado y le he preguntado que qué tal.
-Aquí me tienes, pasando el rato- joder, los poetas casi nunca pasan el rato, siempre lo dan todo en todo momento. No hay una experiencia que perder ni un verso que deba quedar pendiente.
-¿Has estado fumando?
-Bastante, ¿por?
-Casualmente, yo también.
Es una conversación en la que el poeta puede pensar que me siento solo, cosa que no es del todo falsa, ni especialmente cierta. Pero tengo una duda y se la comento. Me he sincerado con él.
-Estoy pensando en un momento funesto de mi vida como escritor -comienzo a liar un cigarro, de pie, sacando prosaicamente cada cosa de su respectivo bolsillo-, resulta que una vez una rumana me robó un ejemplar de las dos únicas copias de mi primer libro. Era un compendio de post unido en un Word y con los títulos con tipografía diferente. Creo que eso ahora puede valer dinero. Y en el futuro puede que pague la manutención de sus nietos.
-¿Te robó una rumana?-levanta el pote de spray y del susto se tiñe las perillas de gris.
-No me robó. Era una chica agradable, estudiaba humanidades en su país, y estaba de intercambio. En una fiesta en la que no conocía a nadie acabamos en mi casa y saqué el libro y se lo presté pensando en una mamada posterior. Pero desapareció. Eso sí, me mandó un mensaje diciendo que le había gustado. Que le había hecho reír mucho. El hecho de que la rumana desapareciera me la sudó, pero ya que no me la chupó y que posiblemente ese libro cueste ahora algo de pasta, me siento mal.
-Lo entiendo. ¿Quieres probar con el graffiti? Es en el estado de duda suprema, de inseguridad sobrevenida, cuando la pintada artística emerge, y puedes dar algo bueno de ti mismo.
-Ya. Ok. Pero es que ni tengo dudas ni me siento inseguro. Sencillamente una rumana se ha quedado con algo mío que vale pasta. 
-Tú pinta, a ver qué sale.
Hago lo que me dice hasta que me aburro y recuerdo que mi dealer se ha portado muy bien y entonces comparto la merca con el poeta y todas las dudas con la rumana desaparecen y con otras razas igual de desaprensivas. Pintamos juntos una mierda que el poeta va a colgar en su blog y que yo voy a leer sintiéndome muy identificado y feliz.
Eso ocurría sobre las doce de la noche. De ahí al graffiti firmado por mí vale, pero eso de volver a ser consciente a  las nueve de la mañana, ni idea.
BLACKOUT.
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