From Bakalao to Minimal. Mario Crespo & Vanity Dust

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Resulta ser que Mario y yo, aparte de tener en común la escritura, estamos unidos por el techno. Mientras yo metía whisky en el biberón, o escuchaba dance comercial para ligar con las de mi clase, Mario jugaba en la liga de LA RUTA. La Ruta del Bakalao. Ni más ni menos. Un fenómeno muy vivido, que rompió horarios de fiesta, quebró barreras psicodélicas y generó un auténtico boom de la fiesta más trasher, aunque muy poco tratado en nuestro país. Especialmente, como suele ocurrir, en los campos periodísticos y literarios. Fue demonizado mediáticamente pero, en realidad, tiene aspectos necesarios y también es más divertido de lo que puede parecer. Mario y yo somos de dos generaciones diferentes, sin que él sea un pureta y yo un teen, pero hemos vivido con especial intensidad dos períodos distintos. Aquí los juntamos, a ver qué pasa, si suenan bien.
He aquí una fusión de un texto suyo hablando de sus experiencias en La Ruta Destroy, y una aportación mía en la que recreo un fragmento de una rave en el Sónar, el techno del nuevo milenio.
MARIO ON THE DECKS
Valladolid sí tiene circunvalación. La discoteca a la que acudimos, Komplot, está en el área metropolitana, cerca del aeropuerto, en un pueblo llamado Zaratán. Una vez allí, nos dejamos guiar por los coches tuneados. Al llegar al aparcamiento el vello del brazo se me eriza. Nunca había visto un parking tan grande, ni tantos coches desplazados a un evento. Debe haber más de dos mil personas. El cartel merece la pena: Óscar Mulero y Ben Sims mano a mano. Estoy entusiasmado. ¡Guau! Es mi primera rave de este nivel. Mi bautizo de éxtasis. Aguardamos la cola, pagamos el importe, cruzamos el ambigú y nos sumergimos en la oscuridad de la pista. En la barra coincidimos con un grupo de chavales de Valladolid. Óscar no tarda en preguntarle si venden coca. La consume porque tiene que conducir. O eso dice. Yo la detesto, me parece una sustancia inútil para una rave. Los chavales de Valladolid nos remiten a un grupo de sevillanos que, al parecer, suministran todo tipo de estupefacientes. Cristian prefiere alucinógenos. A mí me gustaría probar una de ésas capsulas que son leyenda. Nos dirigimos a uno de los sevillanos. Tiene el pelo corto y una sonrisa permanente en la boca. Nos pide que le acompañemos al coche. Tardamos un rato en encontrar el Audi 80 negro. Me fijo en su  matrícula, es peculiar: SE 2323 ES. Algunos de sus colegas están en el vehículo. Abre la puerta, les dice que va a hacer una venta y les pide que salgan. Óscar, Cristian y yo nos metemos dentro. La música suena a un volumen desorbitado. El sevillano la baja para que podamos entendernos. Nos pregunta qué queremos. Empiezan las disensiones. La unidad que había durante el viaje se ha quedado en el asfalto. Óscar compra coca, Cristian un tripi y yo, por fin, la deseada cápsula. Volvemos al local. El dj residente está a punto de acabar su sesión. El británico Ben Sims va a comenzar su espectáculo.
VANITY DUST DJ SET
Incluso en el Myspace de Mathew Jonson la ubicación de la rave Offsónar no estaba anunciada. Marcaba un “Secret Location”. En un par de foros se especulaba sobre una nave industrial del Poble Nou, o algo así. Evidentemente, Ricardo Villalobos ni lo mencionaba. Al ser cartel oficial del Sónar, tenía que guardar silencio. Me despreocupé de la movida y fui a pasear por el centro de Barcelona, había quedado para tomar unas copas a eso de las doce en el Negroni. A las dos de la noche sonó el móvil. Era K.
-Lo tenemos, tío. ¿Tienes moto?
-Claro, voy ciego, pero no pasa nada. Me la sopla.
-Ok, así pues pásame a buscar por mi casa, nos ponemos a tope y vamos. Solo se podía entrar por lista, vamos tres, Toni nos espera ahí.
-Mola.
Pillé la moto en Plaça Universitat y me puse los auriculares. En aquella época era muy fan de Mathew Jonson, representaba muchas de las cosas que me estaban pasando. Una especie de desgarro emocional sin precedentes, y Marionette, su mejor tema, me elevaba por encima de muchas mierdas.
Llevaba unas bambas negras, pantalones cortos ajustados, una gorra rara y no tenía droga. Pero K sí.
En su piso del Eixample K me esperaba con un par de rayas en el comedor de su casa. Sonaba algo oscuro que pensé que podía ser Maurizio. No había nadie más en casa, salvo un libro de Las partículas elementales de Houellebecq bastante manoseado en un lado del sofá rojo de cuero.
Dos clenchas por cabeza, algunos temazos y, justo cuando los vecinos comienzan a vociferar por el vecindario, moto y a por la secret location. La moto la dejamos en Glòries, fumamos por el camino y paramos en un parque a usar su iPhone como pantalla-clencha.
K mira en el iPhone la última actualización de la fiesta. Está en un edificio abandonado en la zona del Fòrum. Al lado de dos terrenos actualmente en fase de construcción. Viviendas caras para gente hipotecada. Techno del bueno para quien no tiene nada que perder.
La cola es acojonante. La mayoría son extranjeros, y los rejected, la gente que echan por no estar en la lista, forma otra cola improvisada de losers. Vamos directos a la puerta. Toni está ya charlando con los seguratas. K balbucea algo en el oído de Toni. Le deja paso y K dice su nombre y mira el escote de una chica que tiene a su lado. Entramos.
Al subir las escaleras, veo una puerta entreabierta. Despisto a K y a Toni y me meto dentro. Dos chicas en un cuarto oscuro se están enrollando. Una de ellas lleva un tatuaje en la espalda, y la otra tiene el sujetador bajado y los pezones fuera. Les saco una foto. Les digo I’ll come back. Y pienso que este es the place to be
El techno atrona en la planta superior. Tras subir las escaleras de caracol metálicas y recolocar mi miembro viril, alcanzamos la zona de bar. Una barra de cemento improvisada que sirve Heineken. K y Toni ya están con la birra y moviendo las mandíbulas. Es el típico lugar global, podrías estar en Berlín, Londres o en Serbia -sí, hay techno de cojones en Serbia, aunque sea algo más arriesgado-. Aquella extraña sensación que todo el mundo comenta de los aeropuertos, el famoso no lugar, pero subvertido en el oasis del techno. El baño se ha atascado, emanan efluvios. A la gente se la suda, todo el mundo ya baila en la sala principal. Ventanales con los cristales rotos, un equipo de sonido tremendo que parece que en cualquier momento pueda desmoronarse, ceder y romper el cráneo a alguna raver cachonda.
Son las 2 de la noche. Comienza el viaje. Sin billete de retorno. Abróchense la merca. Esperemos a Mathew Jonson en el Duty Free y dejemos a Villalobos para la llegada. Y, si no se puede entrar en el baño por cosas del directo, voy a visitar a mis amigas bolleras en la habitación oscura.
Este punto de suspense, eso es. La sensación de libertad y unexpected stuff antes de. Eso sigue siendo una de las mayores adicciones a la fiesta. No sabes a qué hora terminas, con quién acabas, qué temas vas a escuchar, con quién vas a hablar ni qué nivel de ciego vas a pillar. Los bajos te acompañarán hasta la cama. Un mundo organizado, lleno de pautas, altamente productivo y lleno de podridos competitivos y holgazanes profesionales. STOP. Rejected. Que los beats nos acompañen hasta el próximo viaje.
MARIO’S CLOSING SET
No se puede entender la Ruta Destroy sin las drogas de diseño. La mescalina valenciana, conocida como “Mesca”, fue la droga de la Fiesta, el motor del buen rollo, las relaciones sociales y la fraternidad. Se trataba de unas cápsulas de color verde que no contenían la mescalina extraída del peyote, sino una combinación de MDA, centraminas y dexedrinas. Su marcado efecto psicodélico, la euforia que provocaba en los consumidores y la constante sensación de alegría y felicidad la popularizaron hasta tal punto que el grupo valenciano Los Rebeldes le dedicó una canción cuyo estribillo decía “Yo con mescalina soy feliz”. Su existencia fue efímera. A principios de los noventa todavía era posible encontrar Mescas en el mercado negro, pero a precios desorbitados. Hay varias hipótesis sobre las razones de su desaparición, pero todo  apunta a que fueron las mafias quienes decidieron sacar a la venta sustancias más baratas y más fáciles de producir, como el sulfato de anfetamina, vulgarmente conocido como Speed. Después apareció el Éxtasis, el MDMA, que ya se comercializaba con regularidad en Ibiza y se presentaba en forma de pastillas de colores. El Éxtasis aumentaba la sensibilidad y fomentaba la alegría. Además contenía un compuesto anfetamínico que provocaba insomnio y ayudaba a sobrellevar las largas sesiones de fin de semana. Pero junto al Éxtasis llegó a las salas una suerte de democratización de las drogas. Y se convirtió en un arma de doble filo. El hecho de que la oferta se ampliase provocó la falta de unanimidad en el estado emocional del colectivo. A principios de los noventa el consumo no se realizaba de manera unánime, como ocurría en Valencia con las Mescas, sino que cada consumidor elegía sus propias sustancias, las que creía más adecuadas para esa noche. La cocaína y la heroína, drogas duras que tradicionalmente se consumían en ambientes muy distintos a los de la Ruta, comenzaron a hacer su aparición en las raves. Con tanta mezcla de sustancias, el concepto de Fiesta se desvirtuó hasta llegar al hedonismo, el disfrute por puro placer, sin valores, sin reflexiones, sólo con sensaciones individuales que se alejaban del ego común en el que se había desarrollado la Ruta Destroy. Y así, sin control, la calidad de las drogas fue decreciendo al mismo ritmo que el buen rollo.
Mario Crespo VS. Vanity Dust
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