Flujo de escritura con finalidad comercial

Escribo postrado en un sofá de 3 metros de largo por dos de ancho, con el Mac en las rodillas y, cómo no, Richie Hawtin martillea mis oídos con una sesión para Resident Advisor. Como telón de fondo, una panorámica de un pueblo ordenado y pulcro del paraíso fiscal más cercano, Cartagena del Parlosio. ¿Sobre qué podría escribir hoy? Hablemos de los extraños ritos que practica la gente del Parlosio; por ejemplo, cada día cometen varios asesinatos para tocar muertos con las campanas doradas de la iglesia mongólica. El nuevo becario debe aprender a tocar muertos, dice el cura al ser preguntado por la policía local tras haber causado 4 muertes sin aparente justificación. El cura ya no lleva sotana, con la llegada del verano decide mostrar cara al sol sus michelines, sin ningún tipo de reparo. Es la gracia que Dios me ha concedido, no puedo ocultar mi naturaleza, dice el cura deshinibido. La fricción con los habitantes del Parlosio surge cuando el cura, una vez a la semana, realiza sin sotana una misa para Kids, como el Sónar Kids, allí ocurren cosas, como cuando algunos niños regresan desnudos a casa al cabo de dos o tres días de la misa mongólica.
En lo alto de las montañas aun hay nieve, y algunos caballos cabalgan por las praderas, ya verdes, en un alarde de libertad. Sus penes pendulan libres y recios y zarandean el aire puro montañés. Este es el espectáculo cotidiano que un visitante como yo tiene el placer de gozar en sus escapadas urbanas. Las avispas merodean y trato de cargármelas con una pistola de balines blancos.
-¡NOOOOOO!
Mierda, es Karl Straüss, el manager, me llama desde la Habana.
-¿Qué ocurre?
-Estoy siguiendo tu post en directo, gracias a Chat Roulette, y no paras de desvariar. Los lectores deberían poder apreciar algo de coherencia en tu trabajo. Tu verborrea no da el dinero que necesitamos para contratar la póliza de seguros por sobredosis que me pediste en el primer contrato. Escribe historias, reflexiones, pero deja el flujo de escritura para las jodidas vanguardias de los años veinte.
-¿No te ha gustado lo de los penes de los caballos y su grácil forma de pendular?
-¡Una mierda! ¿Cuanto hace que no relatas una escena de sexo a lo Houellebecq?
-No lo sé, nunca recuerdo el post que acabo de escribir.
-Haz una escena de sexo ahora.
-Vale.
Karl cuelga y me quedo mirando el techo con sus luces estroboscópicas encendidas a plena luz del día, que lo único que logran es crear ciertos destellos que se pierden en la inmensa claridad solar.
Me acerco a ella reclinado en el bastón de oro importado de Etiopía. Llevo un cigarro colgando de la parte inferior derecha del labio, como pegado en un esotérico equilibro.

-Soy una buena persona -digo en voz de falsete obviamente poco cuerda.
- No me jodas, otro pesado, esto de ser menor y vestir con túnica de celibato ya no funciona ni con los más locos.
- Tu túnica de celibato esconde unos senos emergentes de lo más suculentos, son como una montaña de azúcar moreno con ganas de ser lamidos hasta la última caloría. ¿Vienes a mi coche?
- Déjame en paz.
- Te lo repito, pero sin forma de interrogación. Vienes a mi coche. Tengo la Playstation III y el Singstar.
-Esto ya me gusta más, ¿qué más tienes?
- Un niño brasileño que me lía los cigarros y quiere ser futbolista y habla en portugués inventado.
- Esto me suena, lo he leído en alguna parte. Ah, ¡si! ¿No serás un imitador de Vanity? Otro más...
- No, para nada, este tío es un pesado, siempre escribe sobre lo mismo, y a parte últimamente escribe con la técnica let it flow, con lo que no se entiende nada.
-Vamos a tu coche.

La chica entra en el Hummer H2, y finge tomárselo con naturalidad, cuando todos sabemos-usted, querido lector, también lo sabe- que es la primera vez que logra algo material con su belleza.

Me acerco a la jovencita y le beso el cuello, terminando con un mordisco en la barbilla. Tiene un gusto amargo, se ha pasado con el perfume, propio de aquellas que recién comienzan a usarlo y se exceden por una euforia sensual todavía no domesticada. Ella me abraza repentinamente. Me araña la espalda con las uñas, pintadas de fucsia. Me gusta. Aunque se percibe su falta de experiencia, ella procura actuar con máxima seguridad. Me siento a horcajadas sobre su cuello, trato de no ahogarla pero ella tose, especialmente cuando desenfundo el miembro viril y se lo restrego por la frente. Se inquieta, pero comprende que el sexo debe ser algo parecido a esto. Se introduce el miembro en la boca no sin dificultad, y chupa con diligencia y sin hacer muecas. Aprender a mamar es todo un arte, y si se practica con seriedad desde los inicios las mejoras no tardan en llegar. Le agarro las manos y se las pongo en la nuca, su indefensión es excitante. Enciendo la tele y salen unas imágenes de alguna guerra que se libra en Oriente Medio. Es un recurso muy Hanekeano, un pequeño guiño cinematográfico. Follar con la guerra de fondo, no hay nada más basado en hechos reales. Tras la mamada, ella está lo suficientemente cachonda. En un acto de bondad sin precedentes, me acerco a sus caderas e introduzco mis manos en su túnica de celibato, y compruebo que va rasurada, totalmente, así que decido rastrear con mi lengua todas sus zonas erógenas habidas y por haber.
Suena mi iPhone.

-¡¡Vanity!! Soy Karl, enhorabuena, ya era hora, así me gusta, un poco de sexo.
-Lo hago por nosotros, este post ha retomado tu senda comercial, ¿no?
-Exacto, sigue.
-No, me he cansado, ¿qué tal si recupero el flujo de escritura?
-Ni se te ocurra.
-Ok.
Ella gime, se muerde los labios hasta que sangra, y ello le agrada.
Mi sable cargado de vitalidad y pequeños seres inquietos que nadan en un charco blanco y denso, claman por entrar en sus profundos pliegues vaginales. Cumplo con la petición.
Al penetrarla, me agarra los brazos y mira al techo del Hummer H2, mientras por la televisión de plasma suenan disparos y luego se escucha la palabra crisis.
El chófer está leyendo a Bukowski, y toma un güisqui escocés.

El tiempo oscila entre la aceleración, cuando mis sablazos se aceleran, y luego queda en suspense, a la espera de que uno de sus gritos retome el ritmo concatenado y fecundo.
Pasan algunas decenas de minutos, nuestro sudor se funde como dos ríos que buscan la desembocadura final.
Suena el teléfono.

-Hola, llamo de Japón, me llamo Kitsune Mashiki, queríamos publicar algunos de sus relatos en una compilación de autores europeos.
- Sí, me parece bien, sobretodo, paguen vía Paypal y pongan la foto de una zebra en mi perfil.
Seguimos. Sigo dentro de ella, sus tetas emergentes sobrevuelan el inminente coito e impactan contra mi pecho.

Eyaculo recitando unos versos satánicos postmodernos, y emulando una voz gutural que ella recibe a medias porque está demasiado ocupada en tratar de no temblar.

Le propongo jugar al ajedrez, ello ayuda a ver a extraterrestres, le digo.

Se duerme, aprovecho para pintar su cuerpo con pintura roja.
Tras esto, regreso mentalmente al Paraíso Fiscal. Suenan las campanas, alguien más ha muerto. El cura sigue enseñando a su becario. Y Karl está un poco más contento.
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