Fin de semana rural

Un calvo entrado en años se sienta en una mesa de la terraza donde Francis y yo estamos fumando un habano. Es un gran lector, amo y señor de las letras recónditas y de soberbia erudición; lleva un ejemplar de La mano de Fátima en la mano. Me levanto usando un bastón de oro importado de Etiopía. En voz alta, recito un poema de Bukowski del año 1973, cuando ya gozaba de cierta reputación en Europa. Una chica con acento mejicano que lleva unas gafas de sol falsas deja su conversación para escuchar mi recital. Minutos antes charlaba distendidamente y con histrionismo con sus comensales acerca de las dietas para adelgazar. Con pretensión snob de los años 90 y propia de los países sometidos económicamente a EE.UU no paraba de usar motes en inglés, por ejemplo, biscuits. Nos sirven la comida. Las tradicionales patatas bravas están frías. Usamos el plato como cenicero y luego se lo damos al perro atado a la mesa de la mejicana. Francis tumba la mesa para estar más cómodo. Yo me duermo. Me levanto del suelo cuando ya está oscuro. Francis está a mi lado quemando crack en una cucharita. Estamos rodeados por todos los habitantes del pueblo. Es hora de coger el Range Rover alquilado y regresar a la casa rural posthyppie. Feliz fin de semana en el campo.

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