Fin de año en un pueblo alquilado. Hola 2013 en el valle del techno de los supervivientes.

Techno rural en un pueblo alquilado. La conquista de 2013 en las montañas.
Mi colega Mike, muerto de frío, encuentra mi nombre en la lista de los 162 participantes de la fiesta rural. Lo tacha, aunque solo tacha Vanity, dejando Dust intacto, como si supiese que voy armado de polvo hasta las cejas. Tiene cara de mala leche, normal, lleva dos horas a -2 grados recibiendo en tropel a los grupos que se han desplazado a este particular enclave de la Catalunya Nord. Si le llamo particular es por varias razones, pero principalmente porque es un pueblo entero alquilado, al final de una carretera alejada de todo, a nuestra disposición durante 24 horas. Lo primero que pensaría una madre es Dios Santo, si a algún mozo le pasa algo, aquí no llega la ambulancia ni en cuatro horas. Lo primero que pienso es, por supuesto, aquí no llega la policía ni los bomberos ni su puta madre por muy gorda que se líe esta noche.
El pueblo, comprado por vete a saber quién y restaurado con gusto arquitectónico que respeta su naturaleza circundante, consta de una plaza con iglesia y unas 10 casas de varias plantas. Parece que todo el mundo ha dejado ya sus bártulos, puesto que llegamos los últimos, y que la peña está comiendo  lo que puede en una sala conectada con una cocina. Todavía no llevo puesta la corbata de corte japonés, negra, pero sí la americana negra sport y la camisa Fred Perry a cuadros minúsculos. Estamos avisados, no hay cobertura en todo el pueblo, así que los whatsapp de borrachera para desear un feliz 2013 pasan a la historia. Instagram, Facebook, incluso la versión móvil de la página porno de Xhamster pasan a mejor vida. Hemos llego en un Audi A4 con Inspector y uno de mis mejores amigos, The Economist, residente en Munich desde antes de la crisis. Fuimos compañeros de batallas cuando estudié Economía, y nos hemos corrido algunas juergas juntos por Ciudad Condal y por Berlín, antes de Berghain.
Entramos en el comedor y está a petar de gente. Primer análisis: una gran mayoría de tipos engominados y con traje y corbata, y quizás un par de docenas de pivones con tacones, maquilladas, de esas que se ponen el tanga de color rojo en busca de mejor ventura para el próximo año.
Hay pa amb tomàquet y pizza rara y con los colegas tratamos de abalanzarnos a codazos a por lo que queda. Voy pisando tacones, más bien a voluntad, se trata de hacerse notar, ni que sea por la vía indecorosa. Veo a mi amiga Theather, una mujer de armas tomar, sonrisa que afilada como el cuchillo más caro de IKEA, y con ojos claros y pelo liso. La presento a mis colegas. Y hablamos.
—Esto está lleno de pijales raros, ¿no crees, Theather?— ella sonríe y me rasga el cuello de la camisa.
—Me la sopla. He venido aquí a ponerme muy ciega. Estas panolis chonitunning ya se pueden poner a bailar la conga, mientras yo estaré en el prado saltando libremente rodeada de caballos.
—Bien jugado—respondo asintiendo mientras acaricio sus pendientes—Yo traigo dos pollos de Speed.
Mi colega Thunder, al que hace dos meses que no veo, se incorpora a la conversación salpicando trozos de pan.
—¡Pues déjalos en la granja! JAJAJAJA.
Es de aquellos colegas expertos en joderte lo que sea, aunque no haya nada especial que joder.
Salen más pizzas de la cocina. Esto necesita una intervención. Si vamos a pasarnos como mínimo 10 horas petándolo, hay que comer. En las mesas hay lambrusco. En peores plazas hemos toreado. O casi.
Me peleo con una chica de vestido azul corto y tacones negros y collar de perlas por un trozo de pizza con salami. Tengo las de ganar, a nivel retórico, sin llegar a las manos.
—Pero, vamos a ver, chica, ¿no está dentro de tus propósitos de año nuevo seguir con esta figuraza que tienes? Estás a tiempo de evitar terminar el año haciendo el cafre. No te pongas cerda de salami, vamos.
Ya con dos trozos en la mano de pizza de salami, la chica con esa cara emoticono que desprende humo de la cabeza, salimos a fumar. Con Theather.
El otro día Theather me mandó un sms:
Estoy hecha mierda. Llevo quince días destrozándome. Pero para 2013 seré buena, muy buena. 

No podemos negar, por otro lado, que está bastante buena.
Cómo luego explico, estas máscaras raras nos las pondremos cuando todo esté en las últimas.
Vamos a las habitaciones a dejar los bártulos, así que pasamos por el coche a pillar las cosas. Hay un perro meando en la rueda. Vaya, un joputa que entra dentro del alquiler del pueblo. No tengo demasiada simpatía por los animales vivos. Agarro un palo y se lo meto en la oreja. El perro, de estos grandes, yo que sé si labrador o algo así, saca los dientes. No me gustan demasiado los animales vivos.
Dejamos los bártulos en la habitación VIP, que no tiene nada de VIP, salvo que más o menos nos conocemos todos. Llevo una birra en la mano y no recuerdo haberla pillado en ningún sitio.
Saco los pollos. El olor del Speed, ese tufo incesante a manzana ácida, acude en procesión hacia mi nariz, que lo recibe esbozando una sonrisa rollo Theather. Y entonces mi amigo The Economist se suma al festín nasal. Me he hecho las clenchas en una especie de mueble de madera para dejar las mantas. Pero la verdad es que este dato es irrelevante. El dato forma, digamos, parte del realismo narrativo convencional, cosa que no me interesa en lo más mínimo, ya que lo importante es la acción y no la movida que la circunda. Es decir, show your tits, don't tell me how big they are. Y la conclusión sería: shake your boobs. Es el realismo literario que toca ahora, no jodamos. 
Llega más gente a la habitación y el festival de sustancias se acrecienta. Suena mi iPhone, así en modo acompañamiento-choni-de-los-parques. Algunos llevan M. Eso es bien, respect, digamos. 
No hay ganas de ir a la sala de baile, ya que nos han filtrado que la música hasta las cuatro irá destinada a satisfacer el paladar de los Cristianos Ronaldos y sus respecivas féminas come pizza salami a escondidas. 
Entra un tipo del que Mike me ha hablado en repetidas ocasiones. Un musico que vive en Amsterdam. 
—¡Hey! ¿Y ese peluco dorado que llevas? ¿Es de verdad?—Llevo puesto el Casio dorado, creo que se refiere a eso.
—Chavalote, qué hay. Es Casio, sí, pero no dorado. No creo que nadie tenga la mente tan enferma como para comprarse un Casio digital de oro. Aunque pensaba que tu crítica iba dirigida a que están pasados de moda. Y tienes razón. Pero para ir a las montañas no he encontrado nada más oxidado que esto. Lo siento.
—No, hombre, no quería decir eso—se excusa. 
—Bueno, por si acaso, ya sabes. Igual que cuando tienes una gorda a menos de un metro. Tienes que tocar el silbato. Nunca se sabe. —sentencio.
Más merca. Creo que lo estamos consiguiendo, estamos consiguiendo pasar el rato. Epic Win.
Hablo con Art, una chica que recién se ha fugado a Luxemburgo a estudiar movidas relacionadas con el diseño gráfico, o por ordenador, muy interesante. Ella es la más experta en el OLA K ASE.
Me comenta todas las variantes. OLA K BAILA. OLA K NESESITA.
me encanta la gente con mucho tiempo libre.
Maravillado, noto como me pica la nariz. Llega alguien con birras. Más birra. Son las 11 y algo. Es hora de ir a la plaza del pueblo. Que ahí hay campanadas on fire. La peña hasta va a comer uvas. Es espléndida la capacidad por autohumillarse que tiene el ser humano. 
En la plaza estamos todos. Hay un show de una buena gente que hace en plan tele noche vieja. Es entretenido, aunque no escucho mucho porque hablo de nuevo con Theather. 
—Nada, Vanity. Que se acabe ya este año. Nunca la había liado tan parda.
—Pero, perdona, ¿no tienes frío con esta fina rebeca? ¿Quieres mi abrigo?
—Eres tan...gentleman. Gracias, te lo agradezco. Luego le das una chupada al M.
—No me lo merezco. 
Y dan las campanadas. El tipo que se ha subido al campanario está algo excitado, quizás ya ciego, porque comienza a aporrear la campana sin ton ni son, a lo loco, y toca como veinte campanadas. La gente seria, los que se toman en serio esto de provocar el vómito para el nuevo año, sin drogas, le lanzan piedras y otros artefactos. El campanero freestyle insulta a la muchedumbre. Dice que somos unos pesados, que si hay cojones que se suba alguien ahí a -5 grados a tocar la campanita. Que nos jodan. Opto por no intervenir.
Me agarran fuerte del brazo. Es Gurú, un experimentado periodista que conocí por las catacumbas de la facultad de periodismo. Un sensei. Con sus ya más de treinta y tantos. Me abraza.
—Eres un genio, Vanity. Pero me han dicho que llevas Speed. No te metas esto, hombre, que te va a dejar el cerebro hecho mierda antes de tiempo. No es plan.
—Gurú, me alegro de verte. ¿Qué tal tu vida?
—Bien, me dijeron que venías. Es fantástico estar aquí en medio de la naturaleza dándolo todo.
—Estás sonando un poco beatnik, amigo. 
—Lo sé, soy poeta. A veces me equivoco.
—En serio, pero la naturaleza está bien. Hay cabras ahí abajo—suavizo el tema.
Vamos de nuevo a las habitaciones VIP, pero ya con un gintonic que hemos pillado en la barra.
Los dos pollos siguen en forma, preparados para ser embestidos de nuevo. Rindo un par de clenchas para The Economist y para mí. Ahora no hay nadie en la habitación, salvo los que veo que llevan un ritmo consumidor parecido al nuestro. El colega que hablaba del reloj está ya tratando de pillar cacho en la pista de baile.
Es fantástico poder drogarte en un dormitorio en el que luego yacerá tanta gente con los ojos cerrados. No conocía esta experiencia. Porque en los campamentos de colonias solo bebía alcohol, que por algo tenía a penas 12 años.
Un entrañable guiño al mamoneo naïf y kitsch.
Me coloco ya la corbata negra de corte japonés. De momento 2013 parece bastante parecido a 2012. Mis objetivos para 2013 son:
1. Ir a Berghain y conseguir aguantar de viernes a lunes escribiendo poemas techno en el iPhone al lado del altavoz principal, cercano a los cuartos oscuros.
2. Volver a Berghain.
3. Drogarme todavía un poquito más.
4. Conseguir mover viralmente el "día sin ropa interior".
5. Pillar un becario para que escriba mi primera novela.
6. Crear una línea de ropa Vanity en un taller ilegal al lado de los almacenes de American Apparel.
7. Leer todavía menos.
8. Aprenderme de memoria el nombre de todos los djs que tengo en la lista de destacados de Spotify.
9. Conseguir una becaria tetuda de 1.90, rubia y sueca, para que me lleve el blog.
10. Dedicarme a contemplar las obras de la Barceloneta todos los domingos tras volver de after.
Reconozco que es ambicioso. Y lo reconozco cuando otra línea fina de merca se cuela por mis fosas nasales. Es como demasiado pronto para ir ciego, pero nunca es tarde para ello.
Y ahora, ya sin temas de conversación y tras terminar el gintonic, volvemos a la sala principal a darlo todo con los Cristianos y las Chicas Hidden Salami.
Bueno, el panorama no dista del de garitos como Costa Breve, en la zona norte-pija de Barcelona. Es de aquella especie de fiestas en que todo, absolutamente todo, es light. Las sonrisas, el tipo de baile, las conversaciones, la música. Digamos que la intensidad y la entrega no están hechas para todos los sujetos humanos. Ellos son felices, a su manera, gozando de un 10% de las experiencias vitales que el delirio te puede ofrecer. Bien amarrados a su identidad light, a sus...bah, da igual, está lleno de pivones Hidden Salami, y eso es bien.
Mis mandíbulas bailan al ritmo de GangBang style y su puta madre, y me coloco las RayBan con el fin de pasar desaparecido el máximo posible. Bueno, en realidad, se trata de intentar meter mano en modo violador profesional mientras me tambaleo ya algo dislocado por los embistes de la manzana ácida.
Me encuentro de nuevo con Art, que ya lleva su ciego como Dios manda. Y aparece un nuevo fichaje, una antigua compañera de periodismo con los labios carnosos, maquillaje excelso en los ojos, pelo medio ondulado oscuro, que me ríe gracias que ni siquiera he hecho. Bailamos agarrados de la mano y me dice: tu gorra te queda genial. No recordaba llevar gorra. Estás muy sexy, continúa.
—No me pongas perraco, que luego pasa lo que pasa.
Ella sonríe y se separa mínimamente de mí. Necesito una copa y tratar de disimular mi amigo bombero de los bajos, que ya se ha levantado de la siesta por si hay que apagar algún incendio.
Pido otra cerveza en la barra. Me encuentro con Mike, dándolo todo.
—Qué hay Mike. Pues nada, aquí, hasta los huevos de servir cubatas.
—Bueno, ya te queda menos para pinchar. ¿Quieres una raya? Ahora no, gracias.
—Feliz año nuevo, dude.
En esas que regreso a la sala principal. The Economist está distraído en una megamaniobra de tratar de ligarse a cuatro tías a la vez, cosa que, obviamente, se le va un poco de las manos. Y del alcohol. Y de las mandíbulas.
Veo a Gurú entre la muchedumbre, es momento de hablar con él. Tiene algún mensaje importante que transmitirme, lo sé.
—Salgamos fuera a por unas clenchas, tengo el lugar perfecto —me ha leído el pensamiento, qué gran mensaje me suelta de entrada.
Salimos al exterior. Contemplo a lo lejos los bosques oscuros, el cielo tapado, y el viento se recrea en mi jeto a base de bien. Gurú ha encontrado como unos pilares planos en la subida de una cuesta. Y en el último de todos, saca su alijo de coca. Joder, qué fina sabe una clencha de coca cuando andas con la tocha destrozada por la manzanita mágica. Vamos a por la segunda. Esto mola. Y hablamos.
—Qué es de tú vida, Gurú.
—Ando muy liado últimamente. He perdido parte de mi trabajo, pero sigo con lo que más me gusta. La poesía y recitar en garitos.
—Es que siempre has sido un grande —me pica muchísimo la nariz y tengo frío.
—La vida es jodida, a veces. Este año, a ver qué tal sale la cosa.
—Quién sabe. Igual tenemos algún hijo bastardo que nos reclama.
—No llames al mal tiempo. ¿Otra raya?
—Qué así sea.
Y, Gurú, con los ojos brillantes y la mirada perdida, me pregunta si creo en el amor. Vaya giros tiene este hombre.
Siempre hay un momento de la noche en el que debes rendirle tributo al Ogro de la Merca.
—Pues no mucho, la verdad. Amo a cierta gente, en un sentido económico y social muy determinado. He amado a algunas mujeres en mi vida. Que suele coincidir con las que más disfrutan con los cachetes intempestivos. Y las que saben besarme incluso cuando tengo las mandíbulas montándose una rave. Pero lo que es el amor, entendido como relación formal sostenida en el tiempo me parece incluso menos interesante que tocar la flauta en un pasillo del metro.
—Ya.
—¿No quieres tener hijos, Vanity?
—Declarados, no.
—Ya.
Cuando regresamos a la sala de baile, ya pincha el primer dj colega que tiene bastante más criterio. Entra un tipo en una carretilla muy on fire. Una carretilla de obras. Se mete una torta y la carretilla rebota por las escaleras que dan acceso a la pista. Me acerco y le doy una patadita en las costillas. Nunca nos olvidemos de la hostilidad ante la gente seudoconocida. Son los peores de todos, en serio. La gente light ya está durmiendo la mona, tras haber sudado un ratico con sus temitas. Son las cinco. Por fin la mesa que quedaba delante de la sala se ha convertido en la merca mesa. La merca mesa es el lugar al que todo colgado como yo acude para prepararse un tema sin necesidad de salir al exterior a joderse el cuello. Ahí hay algunos pollos de M, mi Speed. Cubatas, y algunas chorbas raras que no están mal.
Se pone a pinchar Mike. Está entregado. Pero mete una tralla descomunal. Parece que lleve más Speed encima que todo Catalunya a esas horas. No recuerdo con quién hablo. Pero trato de bailar bastante on fire. Aparece Theather con unas pupilas que cubren media sala y escapan por la ventana.
—¡Hey girl!
—¡Hey boy!
—Sounds like...
—¡Here we go!
Qué buen impacto nos dejaron los Chemicals en aquellos años en que se podían fumar porros en el Razzmatazz.
Nos contorsionamos no sin cierto patetismo etílico. Pero qué risas. Me lío un cigarro mientras se restriega por mi espalda y me acaricia la nuca.
Veo que un nuevo Dj al que no conozco de nada se prepara para meter sus movidas. Eso es bien, a ver qué ocurre. Voy a hablar con él.
—Mozo, feliz año.
—Graciaaaaass.
—¿Qué rollo pinchas?
—Hard techno y techno.
—Pasa del hard techno, no quiero volver a mis dieciocho. Please, métele caña a los temazos techno de lagrimilla. Garnier y lo que te surja, con el ciego que llevamos todos aquí, y si ya empieza a salir el sol, podemos liarla la mar de bien.
—Ok.
De hecho, lo de "todos" es muy relativo, aquí somos cuatro colgados. Como comentaba, ha sido comenzar con el techno y la tropa piruleta se ha ido a sobar de golpe. Así que comenzamos el baile de las máscaras, una especie de caretas de colores que, al ponérnoslas, nos acaban convirtiendo en una panda de salvajes bastante enfermos. 
El dj arranca con un hard techno muy duro. Mi cerebro alcanza ese estado de encefalograma plano con destellos de lucidez más basados en la percepción. Deambulamos por la sala vacía como zombies en proceso de reinserción festiva. El autismo es general, nos vamos cruzando entre nosotros, pegando botes y con la birra en mano y hasta dos cigarros, uno en cada mano. 
Y la música cambia de sopetón, el tío ha pillado el verdadero flow de la historia. La directriz que tiene que marcar este 2013. Melódico, constante, entre imprevisible y anclado en el lastre de un pasado tan obtuso como absurdo. Cae Tribulations, de LCD Soundystem, con una versión que no he escuchado nunca. Luego pasamos a Garnier. Y joder, ahí es cuando me voy cuenta de que el sol está saliendo detrás de las montañas, y que estamos ya a plena luz en la sala llena de mierda. Una delicia.
Vamos a la narco sala. The Economist está muy ciego, hablando como con nueve tías rezagadas a la vez. Tías algo sospechosas, de estas que van con aires que no sabes de dónde sacan ni a quién se lo compran. Quieren sacárselo de encima, The Economist está tan lascivo que ya pueden temblar las cabras del corral. Luego tenemos a un chico sonriente, bajito y muy amable, que siempre me dice que sí cuando le invito a una clencha. Está entregadísimo. Y no paramos de descojonarnos de vete a saber qué. 
Regresamos a la pista de baile. ¿10 a.m? Hay un par de seudochonis infiltrados que son amigos del Dj. En plan gafas de macarreo y sonrisa de sobreti algo pueril. Están algo desconocertados por nuestro salvajismo entregado. Ellos están igual de drogados pero más hechos mierda. Uno de ellos, no sé si en modo parodia, quiere bailar conmigo. Cierro los ojos y grito. Creo que es una buena señal.
En medio del delirio tribal, el dj pincha Kölsch, a modo profético. Allá vamos con Opa.
Y es cierto que lloro con la electrónica, cuando una serie de factores confluyen de manera masiva a mi alrededor. 2013. Me rindo ante la exuberancia y el dominio de este dj fichaje. Ya sobre las 12, me llevo a The Economist a rastras a dar un paseo por el pueblo. Ni un alma, todo quisqui durmiendo la mona. 
The Economist va hablando solo, riéndose estrepitosamente, montando una tangana soberbia. Está encantado con el ciego. Nos sentamos en unas sillas. Tenemos las mandíbulas de campo y playa. Me pongo las RayBan de nuevo. Nos dirigimos a la habitación. También hay gente sobando, claro. Incluso en la zona VIP rural.
Nos acordamos de que en algún lugar ofrecen desayuno. Habrá que poner a prueba el estómago. En peores plazas hemos toreado. Un croissant, y los organizadores ya andan currando de lo serio y ordenando cosas. Hablo con la encantadora novia de Mike mientras The Economist va asaltando a las chorbas que por ahí circulan. Es especialista en monólogos que se convierten en verdaderas inclemencias para los resacosos losers que acaban de levantarse.
Escribo esto en el ventanal de la sala mientras me cae la lagrimilla.
Vaya percal. Ahora toca la vuelta a Barcelona. Por suerte nuestro conductor ha descansado bien, y me siento fino y seguro con su control del volante. Mi mareo es cojonudo, de alto nivel. Nos despedimos de la gente que sí está despierta. 
Me zumban los oídos y mis neuronas tratan si éxito de estimular mi atropellado cuerpo. Es mejor dejar hacer, entrar en el nuevo año empujado por las extrañas fuerzas del combo emocional-lisérgico.
Sale Teather corriendo, en pijama y anorak a darme un abrazo, muy sentido. Y eso que se acaba de levantar.
Suerte que el Audi tiene los cristales traseros tintados.
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