Fair Play II

En el césped, una portería de plástico del Decathlon recibía algún chute puntual. El estado etílico de mis amigos dificultaba la tarea de anotar un tanto. El jardín estaba flanqueado por una piscina de unos 10 metros de largo por 4 de ancho. Un chute de Cristian hizo caer desafortunadamente la pelota dentro de la piscina. Como reacción, pensó que una de las chicas debía lanzarse al agua para recogerla. La propuesta no fue bienvenida, así que entre Cristian y dos más persiguieron a Georgina hasta que consiguieron atraparla. Fue brusco, poco delicado. Pablo le hizo la zancadilla lanzándose por el suelo. La golpeó en la pierna derecha, en la rodilla. Georgina gritó mientras su cuerpo se desplazaba hacia el suelo. El impacto fue amortiguado por el césped. A pesar de ello, su cabeza se empotró. Todos los que estábamos escuchamos el golpe seco de su cráneo, que rebotó debido a la inercia que llevaba. Las otras chicas se quedaron mudas, a la rubia se le escapó el cubata de las manos. Nadie fue a ayudarla. La sangre brotaba desde detrás de su oreja y manchaba su camiseta de color azul celeste. Pablo, satisfecho porque había conseguido derribar a su presa, y fiel a la propuesta de Cristian, no le dio la más mínima importancia al accidente. La levantó con los brazos y se la cargó en la espalda, como un saco de patatas. Su camisa negra de rayas grises se impregnó de sangre.

Decidido, se dirigió hasta la piscina y lanzó a Georgina, su presa, dentro del agua. 
Georgina estudiaba medicina y aún no tenía hecho el testamento. 
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