Fair Play

El eslogan de la FIFA, "juega limpio", puede leerse en las vallas publicitarias de todos los campos de fútbol donde se celebra un partido de competición europea, excepto en los que las vallas han sido substituidas por pantallas de publicidad electrónica. Es posible que la FIFA obligue a que su "publicidad moral" no le sea cobrada como a los otros anunciantes, quizá ponerla es más bien uno de los requisitos que deben cumplir los clubes para participar en la competición.

Apostar por el juego limpio parece redundante y va en dirección opuesta a lo que quieren los que sustentan el negocio, los hinchas. Un hooligan inglés no viaja 3000 km. hasta la otra punta de Europa para ver a su equipo jugar como unas nenas, y ver como la estrella de su equipo sonríe y le da unas palmaditas amistosas en la espalda a su rival ante el mínimo roce. No.

De cara a la galería, el juego limpio suena honesto y correcto, pero de cara al negocio no es una buena estrategia de marketing. Precisamente, el fútbol sirve a los fanáticos para desahogar su rabia contenida contra 11 tipos que dan golpes a una pelota con una camiseta diferente (aunque a veces de la misma marca) que los 11 jugadores del equipo su ciudad o pueblo.
La rabia y el insulto, junto con la escasa actividad neuronal que requiere estar 90 minutos gritando y comiendo perritos calientes y pipas saladas, son los alicientes que atraen a decenas de miles de machos cada semana.
No cabe en mi imaginación un partido sin faltas, sin tarjetas amarillas ni expulsiones. La gente abandonaría el campo pasados los primeros 20 minutos.

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