Expertos al borde del abismo

Llevo meses, quizás años, al borde del abismo. Con la constante sensación de que estoy a un paso del caos absoluto y, peor aún, de que no tengo ni idea de cuál será la gota que colme el vaso y mi perdición sea absoluta e irreversible. Podría ser un hackeo de mis dos ordenadores, con la consiguiente pérdida de horas intentando negociar con hackers, comprando bitcoins para pagar el rescate, hablando con colegas que saben del tema, buscando en internet, bloqueando tarjetas de crédito (alarmado por las comisiones que supone sacarte una nueva). Podría ser que petase la caldera de casa, es vieja, quien sabe, mierda, debería comprar una a plazos y cambiarla antes de que explote y mate a los niños de mis vecinos. Podría ser que me quedase sin curro, porque llevo tiempo entregando las cosas tarde, demasiado tarde, incluso para mí autoindulgencia. Podrían ser tantas cosas las que salen mal que solo con pensarlo e intentar controlarlo mis niveles de estrés ya aumentan hasta cotas que no sé cómo coño gestionar a estas alturas.

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Pero hay algo peor que eso: no estoy solo. Comparto mis miserias con mucha gente: compañeros de curro, colegas de la infancia deprimidos, familiares, vecinos, conocidos, documentales, libros. Todo el mundo se pasa horas recordando contraseñas de programas que apenas sabe por qué se han convertido en imprescindibles.

Renovar el carné de conducir, cambiar el aceite de la moto. Dejarse el casco en un bar. Pinchar una rueda. El retrovisor roto. Un control de drogas imprevisto en el que das positivo y te meten en el trullo y te joden la vida.

Al final, todos nos hemos acabado convirtiendo en expertos para vivir al borde del abismo.

Un cargo inesperado de la comunidad de vecinos porque comienzan las obras de mantenimiento de la fachada. Sin querer, al subir la bicicleta en el ascensor, rompes el cristal.Te roban el móvil y te sientes culpable por no haberlo asegurado por la módica cantidad de 10€ al mes, que no tienes. Pero claro, lo que seguro que no tienes son los 400€ que tendrás que pagar por comprar, de segunda mano y con el riesgo que ello conlleva, otro modelo que esté a la altura del que tenías. ¿O era la pantalla lo que se te había roto y ya no estás seguro si era ese el problema real?

Ahí has dado en la palabra clave: problema real. Quizás sea que todavía no has colgado los nuevos cuadros en el comedor de casa, o que deberías cortarte el pelo de una vez y afeitarte del todo, tu pareja te dice que te queda mal y que si no lo haces no pareces un tipo serio. El problema real es que deberías cambiar el armario y sacar ya los pantalones cortos, porque pronto te vas a morir de calor.

El problema real puede ser que se te ha secado el pollo de speed que compraste hace una semana y que odias meterte clenchas con speed seco. Te pica más, te sube menos. ¿Cómo puedes permitirte vivir así con lo que te gusta la droga?

El problema real, en vez de todo eso, es que olvidaste compartir en redes algo crucial que podría perjudicarte de cara a seguir manteniendo unas redes llenas de ideas originales y artículos impresionantes.

¿Cuál es el problema real? El problema real es que no sé cuál es el problema real. El problema es que ya no sé qué es importante y qué no. Si es que hay algo importante en toda esta mierda que doy por sentado que mi cerebro y mi cuerpo deben acarrear todo el puto día, todos los putos días de la semana, todos los putos días del año. Al borde del abismo.

Tras varios días de insomnio, sin saber por qué no duermes ni por qué estás despierto, rebuscando en Netflix algo que no te pete más el cerebro, ni la última serie que no te puedes perder, te encuentras delante de un documental que, ya por si título, te llama la atención: Minimalists.

Resulta que esta peña ha pasado por lo que estás pasando tú, pero encontraron una respuesta que va más allá de lo político, que no pasa por el miedo a la Tercera Guerra Mundial ni por comprar otra mierda más ni por nada que se le parezca. Basta, dijeron Joshua Fields Millburn y Ryan Nicodemus. Minimizarlo todo, reducirlo todo, salvo lo que importa. Porque lo importante no es hacer espacio para tu colección de tazas para el café y que quepan al lado de las del té, sino quizás tirar de tres o cuatro tazas y hacer que el espacio sobre, y no que siempre falte.

La sensación de estar al borde del abismo seguirá ahí mientras continuemos intentando hacer malabares con todo lo que hemos asumido como normal. A la mierda con las actualizaciones, las baterías, los pagos a plazos, las reformas en el hogar, la última novedad, a la mierda con las listas de lo más importante del año, las 10 cosas que deberías hacer para ser feliz, para bailar en un club y no derramar el cubata ni tirártelo por encima. Las 10 cosas para lograr flotar en el Mar muerto y hacerte un selfie al mismo tiempo.

 

 

The minimalists son un par de tipos que llevan gafas de sol y no son monjes ni especialmente radicales en nada. Su historia de vida es especialmente suculenta para cualquier periodista con ganas de aumentar sus visitas en su medio, o para hacerles una entrevista y tratarles con condescencia en plan pobres losers, no pudieron llegar hasta la cima y se buscaron un premio de consolación.

El minimalismo, más allá del de Richie Hawtin, puede aplicarse a cualquier cosa en tu vida: las conversaciones, las posesiones, el consumo de información, de ropa, de viajes, de libros, de gastos, de insultos, de comentarios en las redes sociales, de pajas (tanto físicas como mentales). El minimalismo es tan simple que no es fácil llevarlo a cabo. Porque cuesta liberarse de cosas a las que les hemos dedicado tanto tiempo, tanta pasión, tanto miedo, tanto dinero, tantas ilusiones.

Pero yo paso de seguir viviendo al borde del abismo. La dopamina del rewteet, del like y de Privalia en un especial Black Friday. La dopamina de Vueling con rebajas para vuelos para Semana Santa. La dopamina de las noticias basura hechas por medios que se lucran con cada uno de nuestros clics.

Como periodista, mi primer compromiso, y que por suerte llevo tiempo practicando —y si no he practicadomás es, precisamente, porque todo el resto de movidas me ha arrastrado hasta el abismo— es hacer información relevante, enérgica, determinante. No creo en medios que necesitan machacar a sus empleados ni colaboradores haciéndoles producir más por menos, noticias más breves pero más virales. No creo en las noticias que no son noticias. No creo en el entretenimiento mediático que se justifica a sí mismo por el mero hecho de la cantidad de visitas que recibe.

El abismo está en todas partes, pero se puede apagar. El abismo es una ilusión y una patraña. Quizás nadie sea culpable de su propio abismo, pero sí el responsable de seguir manteniéndolo y perpetuándolo como si no hubiese otra opción ni sepa cómo librerarse de él.

Ya lo decía Undo en versión musical: Disconnect. Pero Disconnect puede aplicarse más allá de tu móvil y de las notificaciones. Puede aplicarse al número de sillas que tienes en casa y al número de amigos que tienes en Facebook y que no recuerdas qué hacen ahí.

El mejor chute de dopamina que he tenido en los últimos meses, quizás años, ha sido decirle adiós al abismo y enfocar los altavoces hacia un inexplorado y virgen camino llamado simplicidad.

Everyone's invited (aunque sea el eslogan de un puto anuncio de Samsung).