Estética de la soledad escrita (II) /Un año después/

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Los sobres de azúcar, arrugados, algunos abiertos, con los granitos derramados por la bandeja granate. El equipo de música reproduce un tenue piano, agudo, solo, y la melodía obliga a ser escuchada y el tímpano debe obedecer. Con el desasosiego de las cámaras, el vaivén sincopado por alcanzar un guión al que aferrarnos, ha pasado un día y medio. Decenas de minutos almacenados en la tarjeta de memoria y en el ordenador portátil. En los dos comedores de la casa, en el salón, en el estudio, en la terraza, cualquier lugar hubiera podido ser la cuna de nuestra grabación. Es coherente pensar que no lo es; no lo ha sido. Pero hemos grabado y trabajado en una dirección, o eso hemos creído hacer. O eso hemos querido creer.
Ahora somos como dos niños despiertos a altas horas de la madrugada, hablando bajo, como si hubiera alguien que no debiera escuchar lo que decimos. Es como si estuviéramos haciendo algo que no debemos. Barcelona está vacía, la clásica escapada de puente ha despojado la ciudad de su habitual ajetreo. Los turistas y los ciudadanos poco acaudalados y/o estáticos son los únicos que mantienen en vigilia sus calles. Lo que estamos haciendo, aquello que responde a dejar la cámara y olvidar las preocupaciones de si conseguimos sacar algo bueno o no, es, sin ser un gesto heroico, un pulso perfumado a la dicotomía de la actividad-quietud. Sin significar nada en concreto,-beber té, hablar, ponernos cómodos, buscar música entre los CD olvidados, dejar paso al silencio, liar un cigarro, mirar por el ventanal, releer algún poema místico- esta nueva actitud pone dulcemente y contra las cuerdas nuestra antigua ansia por crear. Hemos pecado de impulsivos, la soberbia habitual del que tiene muchas cosas que contar y no sabe encontrar los medios adecuados ni generar la situación que dé paso de forma natural a poder explicarlas.
Dejado atrás este tenso día y medio de actividad frenética, recuperamos el pulso a las agujas del reloj. El humo del cigarro asciende y sube como llevado por una corriente de aire inexistente. La lentitud lo envuelve todo. El buen humor regresa del desierto. Y Barcelona clama a la apatía. La primavera se encuentra en otro sitio, parece decir. Pero ya no importa demasiado el qué, ni el cómo, el incienso discute con el humo del tabaco, y nos fijamos en su conversación. Como si no hubiera otra cosa mejor que hacer.
Y así, describiendo la situación, dejando hablar a los objetos por nosotros- al té, a la música, al tabaco, a los cojines, a los sobres de azúcar arrugados- dejo de escribir. Leeré, y quizá sea un buen momento para dejar de pensar cuando saldrá el sol. En voz baja, jugamos una apuesta con él, seguros de que podremos verle cuando deje de esconderse.
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