Estética de la soledad escrita (I)

Mi compañero de piso tiene un examen mañana y cuando llego a casa está hablando con princesa Zelda. Pasa de mi como si fuera un capitalista que ha venido a exigirle los pagos atrasados por haber respirado aire en mi zona-recordemos que es neohyppie-.
Yo también paso de él y me voy por Gracia a celebrar conmigo mismo que la presentación ha ido bien. Éxito de público, ponentes sólidos, buen debate.
Me estoy dando cuenta que en las últimas semanas preciso de soledad. Estar solo, completamente solo y olvidado por todos. Ello, según pienso, es debido a que por fin me ocupo de mi mismo. No necesito estar autoafirmándome con amiguitos ni persiguiendo a culos de bohemias engreídas potencialmente penetrables. Rodeado de libros, miro a mi alrededor y me invade una profunda diferencia para con el exterior. Algo novedoso, poderoso y que le invita a uno a seguir experimentando tal estado.
Que el mundo es, ha sido y será una mierda, es sabido por todos. Que todos necesitamos de él, también. En los matices de la pura dependencia y la absoluta desconexión se hallan el común de los mortales. En occidente, la tendencia es a acercarse al extremo de la hiperconexión, máxima sociabilidad. No quiero hablar más de Facebook (risas).

Joder, no es fácil estar solo. Quiero decir, no es fácil entender que estás solo. Más aún, no es fácil aceptarlo; conlleva dolor (creedme) pero, una vez desvirgados el temor, el dolor y la crudeza, todo ello se convierte en placer, en un excelso placer.

Quizá sea, según como se mire, un premio de consolación.

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