Este fin de semana he perdido dos kilos.

Ahí va un poco de filosofía Vanity para Dummies. Todo es culpa de Sartre y su puta fenomenología, ha mermado mi acidez durante este post barato y naïf, cuya publicación creo que es, de todos modos, necesaria. Luego lo compensaré visitando a una vecina que vive en el Borne y que me ha pedido esta noche que le haga de doctor. Mañana todo estará mejor, más o menos.

Cuando los viejos miran a las obras, o miraban, ya que actualmente no hay -ahora preparan el desayuno a sus hijos de cuarenta años-, en realidad están viendo su tumba erigirse. Esa lápida que almacenará lo que quede de ellos el día en que salgan del sistema productivo de manera definitiva.

El resto, los que somos un poco más jóvenes, hemos tomado, ya en las últimas décadas, la firme voluntad de no llegar a ver las obras o, en caso de su ausencia, cualquier acto de contemplación senil. Por ello, a grandes rasgos, generamos conductas absolutamente faltas de cualquier atisbo de plan. Y, por supuesto, adoptamos una serie de hábitos de consumo cuya dosis autodestructiva es soberbia. Así es cómo interpretamos, leemos la contemporaneidad. Un territorio hostil en el que, reventados por amenazas de todo tipo, desde fantasmas de depresiones pseudoexistentes, a paro, violaciones por parte de calvos gordos, terrorismo, guerras económicas, enfermedades que te revientan en dos días, accidentes de coche, y más cosas raras, nos lanzamos a celebrar la desesperación.

Y esto no tiene, en realidad, nada de malo. Tampoco aporto, obviamente, nada nuevo: el tema de las obras me ha parecido interesante. Los viejos no tenían como objetivo ver las obras cuando fuesen mayores. No tenían ni la menor idea de que acabarían de ese modo. Es decir, tampoco tenían plan, y el resultado fue desolador. Mira, José, hoy han puesto una nueva columna, yo creo que está torcida. El IMSERSO es el mayor club de zombies de la historia financiado por el estado. Y sino, leamos a Houellebecq. Maldito el día en que alguien dijo que el objetivo de todo ser humano es vivir el máximo de tiempo. Los médicos, los filósofos, las madres solteras. Todos quieren vivir mucho tiempo. Llegar a ver las putas obras. Y tampoco es que sea deseable morir, a lo suicida romántico pajillero. No es eso, creo, pero tampoco se trata de dejarse pudrir, o de verse envejecer de manera que solo Punset parece que lo está haciendo bien. Quizás de lo que se trate es de verse morir viviendo. Joder, esta mierda de frases no son mías, puto Sartre. Veamos, de lo que se trata es de vivir bastante ciego, y liarla lo suficiente para hacer tantas memeces que ya no las recuerdas exactamente, y toda tu vida se convierte en un circo desolado, que ha sido ocupado por personajes de serie B que han echado a los niños gordos de la carpa, han traído a unas amigas de la cárcel y han montado una rave con trapecistas en pelotas.

Por suerte, nos quedan temas como este, que saben a gloria un sábado por la mañana, a eso de las, 12, ciego de Speed. En el piso había un gato raro. En el piso viven dos tipos la mar de majos. Y había un tipo que es tatuador y tiene 22 años y andaba to loco, con unos gallumbos de leopardo. Y una tía que a eso de las 9 la llamaron del curro, en su tercer día, pero que había decidido dejar ese mismo momento, sin avisar. Algunas de las clenchas tenían M, yo las intentaba evitar, y tal. Los altavoces eran viejos, de esas minicadenas baratas de los flamantes noventa, con plástico reluciente y pantallitas led por todas partes.

El ambiente distaba de ser desolador. Ahí se estaba produciendo algo, gestando la culminación de una noche delicosa, estábamos aguantando empujados por el deber de hacerlo, el deber de sentirnos más vivos que nunca, de danzar ciegos encima de las obras. Unas obras que no levantan nada, más bien constatan la irremediable destrucción. Y que siga la fiesta. Perdí el resto del sábado, menos la noche que, de nuevo, no es poco. El domingo he seguido viviendo, nada mal, por otro lado.

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