Esbozo de fin de semana en el campo. Películas edificantes y borrachos bien relacionados

Regresas del campo y te la suda todo, de nuevo. Te cuestionas cómo lleva la gente lo de tener sentimientos, pero para ello deberías ir al Carrefour y preguntar a la choni por Punset, uno de sus viajes a la felicidad o al alma del coñazo. Es curioso, a tan solo un par de décadas, los viajes eran de Acid, y ahora nos entusiasma conocer nuestra psique mejor, tapizada por la ciencia benigna. No la ciencia de  Fukushima, sino la otra, la que habla de qué mierda se activa cuando sonreímos. Como si la una y la otra fueran entes separados. La ciencia, como creo que decía Heidegger o su primo, es lo que ha reventado del todo nuestra superioridad respecto a las cabras y otros seres. De hecho, sin la ciencia seguiríamos siendo igual de gilipollas, pero tendríamos más tiempo libre y los gangbangs en la calle no serían nada del otro mundo. 
He visto dos pelis muy esenciales en el campo. Especialmente, THE HUMAN CENTIPEDE 2
Martin es el protagonista. No tiene una vida fácil. Es gordo y calvo. Pero tiene un sueño. Quiere ser famoso. Para dedicarse a cumplirlo prefiere no entrar en ningún programa de la MTV. No es su rollo. Podría hablar de su sueño -que viene a ser crear el ciempiés humano más grande la historia, conectando ass2mouth on fire, aunque para ello tenga que, digamos, infligir un poco de dolor a ciertas...víctimas-, pero si lo dejo aquí, los que no la hayáis visto, sentiréis unas ganas terribles de verla y luego me estaréis sumamente agradecidos. 
Paseamos con R por el pueblo, contiguo a la casa de campo, de unos 2.000 habitantes. Sin prisa. Yo intentaba recordar el lugar exacto en el que tomar las birras, ideal para comentar con R las jamonas pueblerinas. Resulta que las jamonas son las camareras, que trabajan al mismo tiempo que no hacen nada. Esta actitud es muy de pueblo. Trabajar sin hacer nada. Por ejemplo, tenemos que pedir las birras en la barra, momento que aprovecho para chequear el trasero de la camarera bajita -siempre hay una camarera bajita, gracias a dios-. Ella sonríe, vinculando esta actitud promiscua con la casi evidente propia que, obviamente, no dejo. Fuera hay una gorda maquillada, tomando una Estrella sola, con un móvil vintage y unas cartucheras que no las mueves ni con tractor.
Acomodados de nuevo, birra en mano, un coche realiza unos 100 metros lisos marcha atrás por en medio de la calle. Wild Wild West. Eso es. ¡Eso es! ¿Por qué nos tenemos que complicar tanto la vida?
El suelo de la terraza, de plástico negro antiresbaladizo, huele mal, como a fiesta mayor. En la terraza, el auténtico líder es un hombre de unos sesenta años. Son las ocho de la tarde y va completamente borracho. Pero no está solo, ni con la gorda-tractor, está rodeado de amigos. AMIGOS. Muestran algo de preocupación hacia él, pero le aceptan, le ríen las gracias. Incluso cuando trata de meterle mano a la mujer de uno de los de su mesa, que pasaba a saludar. Lo que en Barcelona sería un indigente, o un alcohólico culo de bar, ahí lo tenemos en hermandad, compartiendo turca y risas con la tropa. He aquí la clave que explica por qué en España no habrá JAMÁS una revolución, ni del proletariado ni de jóvenes rebeldes en paro. Todos sabemos, por muy mal que vayan las cosas, divertirnos.
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